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        <journal-title xml:lang="es">Revista de Estudios Políticos</journal-title>
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        <publisher-name>Centro de Estudios Políticos y Constitucionales</publisher-name>
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      <article-id pub-id-type="publisher-id">rep.188.02</article-id>
      <article-id pub-id-type="doi">10.18042/cepc/rep.188.02</article-id>
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          <subject>Artículos de Análisis político</subject>
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            <subject>Artículos</subject>
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        <article-title xml:lang="es">TRES APROXIMACIONES TEÓRICAS A LOS DISCURSOS POLÍTICOS: CONCEPTO, SIGNIFICANTE Y ARGUMENTO</article-title>
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          <trans-title>Three theorical approaches to political discourses: Concept, signifier and argument</trans-title>
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        <year>2020</year>
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      <issue>188</issue>
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        <copyright-statement>Copyright © 2020</copyright-statement>
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          <license-p>Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. Transcurrido un año desde su publicación, este trabajo estará bajo licencia de reconocimiento Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obra derivada 4.0 España, que permite a terceros compartir la obra siempre que se indique su autor y su primera publicación en esta revista.</license-p>
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      <abstract xml:lang="es">
        <p>La teoría política parece condenada a discutir periódicamente sobre su propia identidad. Frente al carácter estandarizado de los métodos de la ciencia política empírica, la orfandad metodológica de la teoría política pone en cuestión tanto la forma de trabajar como el lugar que ocupa y debe ocupar esta perspectiva. Siguiendo esta preocupación constante, el presente artículo pretende reflexionar sobre qué estudia la teoría política cuando se dedica al análisis de los discursos políticos cotidianos, en lugar de dedicarse a los estudios normativos o históricos. Para ello, realiza una aproximación a través de las obras metodológicas de Ernesto Laclau, Michael Freeden y Kari Palonen, comparando sus aproximaciones y los objetos de estudio a los que conducen sus distintas perspectivas: el concepto, el significante y el argumento. Así, se mostrará que la ausencia de un método unificado no equivale a arbitrariedad en el estudio, pero que, al mismo tiempo, la teoría política debe revisar constantemente sus propias formas de trabajar.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>The political theory always seems obligated to discuss about its own identity. If political empirical sciences have their own standardized methodology, the political theory, however, does not have clear approaches and methodologies. This absence of method questions both the way of working and the place of political theory inside political sciences. Following this problem, this paper will try to analyse what political theory studies when, instead of focusing in normative or historical studies, it focuses on the analysis of quotidian political discourses. The article will study the methodological works of Ernesto Laclau, Michael Freeden and Kari Palonen, comparing the approaches and their objects of study: concept, signifier and argument. This way, the paper will show that the absence of a clear method is not the same as arbitrariness in the study of political theory, but, at the same time, this discipline must periodically revise its own approaches.</p>
      </trans-abstract>
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        <kwd>Teoría política</kwd>
        <kwd>metodología</kwd>
        <kwd>Laclau</kwd>
        <kwd>Freeden</kwd>
        <kwd>Palonen</kwd>
        <kwd>concepto</kwd>
        <kwd>significante</kwd>
        <kwd>argumento</kwd>
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        <kwd>Political theory</kwd>
        <kwd>methodology</kwd>
        <kwd>Laclau</kwd>
        <kwd>Freeden</kwd>
        <kwd>Palonen</kwd>
        <kwd>concept</kwd>
        <kwd>signifier</kwd>
        <kwd>argument</kwd>
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          <meta-name>magazine-editors</meta-name>
          <meta-value>Juan José Solozabal Echavarria, Joaquín Abellán García, Joaquim Brugué, Carlos C. Closa Montero, Javier Fernández Sebastián, Iván Llamazares Valduvieco, Antonio López Castillo, Javier Tajadura Tejada, Isabel Wences</meta-value>
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          <meta-value>Composiciones RALI, S.A.</meta-value>
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          <meta-name>Cómo citar este artículo / Citation: </meta-name>
          <meta-value>Martínez Rivas, R. y Lanzas Zotes, I. (2020). Tres aproximaciones teóricas a los discursos politicos: concepto, significante y argumento. <italic>Revista de Estudios Políticos, </italic>188, 41-69. doi: <ext-link xlink:href="https://doi.org/10.18042/cepc/rep.188.02" ext-link-type="uri">https://doi.org/10.18042/cepc/rep.188.02</ext-link></meta-value>
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    <sec>
      <title>I. INTRODUCCIÓN</title>
      <p>La identidad de la teoría política sigue siendo debatida entre los académicos. Las dudas sobre la función que ha de tener el teórico político, sobre el objeto y la metodología de la teoría política, sobre su denominación e incluso sobre su carácter científico y, por tanto, sobre su situación dentro de la ciencia política, no solo no han quedado resueltas, sino que se replantean de forma constante. Como una especie de Sísifo, la teoría política parece volver a caer cada vez que avanza, poniendo en duda sus propios estudios. Frente a los estudios empíricos dentro de la ciencia política, que poseen métodos e instrumentos de estudio estandarizados, la teoría política parece cargar con la pesada piedra de reflexionar sobre sí misma. </p>
      <p>Existe un debate nominativo que refleja la controversia sobre cuál es el objeto y la metodología de la teoría política (<xref rid="B41" ref-type="bibr">Wences, 2015</xref>; <xref rid="B21" ref-type="bibr">Grant, 2002</xref>). Algunos autores han contribuido a esta discusión ofreciendo obras metodológicas sobre el objeto de estudio de la teoría política. Quentin Skinner, con la publicación del libro <italic>Los fundamentos del pensamiento político moderno, </italic>dio un giro a las perspectivas clásicas, normativas, de la teoría política. Para el autor británico, la labor de la teoría política no consistía en analizar los grandes textos de la historia de la filosofía o de la creación de sistemas de pensamiento complejos y unitarios, sino de tomar a la vida política como el principal problema que los teóricos de la política debían abordar. Esto implicaba un estudio contextual del trabajo de los teóricos que tuviera en cuenta los debates en los que esos trabajos se enmarcan, así como las intenciones de los autores al escribir sus textos. De esta forma, otorgándole a la teoría política una función menos universal y, por tanto, más contingente, Skinner proponía leer a los teóricos como políticos. </p>
      <p>Este trabajo parte de esa necesidad de la teoría política de reflexionar sobre sí misma, con el objetivo de aclarar cuál es su objeto de estudio. Tras el giro de Skinner, en una perspectiva continuada por otros teóricos, la acción política se convirtió en el centro del análisis de la teoría política: los discursos, debates parlamentarios, artículos de periódico, programas electorales, etc. En definitiva, la teoría política comenzó a ocuparse de aquellos documentos y símbolos que forman parte de la actividad política cotidiana.</p>
      <p>Esta investigación pretende exponer los enfoques metodológicos de tres pensadores que se han preocupado por el estudio de estos discursos políticos: Ernesto Laclau, Michael Freeden y Kari Palonen. La elección de estos tres teóricos se justifica por varios motivos: en primer lugar, se trata de autores importantes dentro del campo de la teoría política; en segundo lugar, en varios de sus respectivos trabajos han mostrado interés en el análisis de los fenómenos políticos y no solo en la discusión filosófica, revelándose sus trabajos como especialmente útiles para este tipo de análisis; y, en tercer lugar, los tres están tras el denominado <italic>giro lingüístico </italic>de la filosofía, pero, al tiempo, forman parte de corrientes de pensamiento distintas.</p>
      <p>Según Freeden, el objeto central de la teoría política es el análisis morfológico de las ideologías, mientras que para Ernesto Laclau se trata del análisis del discurso. Esto, como se verá, lleva a dos objetos de estudio distintos: para el primero, el concepto; para el segundo, el significante. Para Palonen, en tercer lugar, la teoría política no debería fijarse en los teóricos como políticos, como sugería Skinner, sino invertir esa relación y analizar a los políticos como teóricos. Así, colocando los debates políticos en primer lugar, la perspectiva de la historia conceptual de Palonen tendría como su objeto de estudio principal el argumento político (<xref rid="B7" ref-type="bibr">Finlayson, 2012</xref>).</p>
      <p>Al analizar la obra de estos autores, esta investigación reflexionará sobre el quehacer de la teoría política, sus particularidades respecto a otros ámbitos y sus implicaciones metodológicas cuando se centra en el análisis de los discursos políticos. Así, para lograr su objetivo, se realizará, en primer lugar, una exposición de la obra metodológica de los citados autores, explicando sus fundamentos filosóficos y los objetos de estudio en los que concretan sus planteamientos. En segundo lugar, se pondrán en relación los planteamientos expuestos en el primer punto, lo que permitirá conocer la posibilidad de la objetividad en la investigación en teoría política, así como su alcance. En tercer lugar, se profundizará en los objetos de estudio a los que conduce cada teoría, así como los métodos analíticos y las explicaciones que estos pueden ofrecer. Finalmente, se concluirá reflexionando sobre las particularidades del estudio de la teoría política como disciplina, sin limitarse a centrar la vista en el análisis de los discursos políticos.</p>
    </sec>
    <sec>
      <title>II. EXPOSICIÓN DE LOS ENFOQUES DE LACLAU, FREEDEN Y PALONEN</title>
      <sec>
        <title>1. Ernesto Laclau: discurso y análisis del discurso</title>
        <p>Ernesto Laclau fue un teórico político argentino cuya obra goza de gran repercusión mundial por sus análisis posmarxistas y por su estudio del populismo, ambos desarrollados a lo largo de una dilatada carrera académica. Quizá la publicación de <italic>Hegemonía y estrategia socialista, </italic>junto a Chantal Mouffe en 1985, sea el acontecimiento que inaugura la exitosa carrera de Laclau, convirtiéndole en uno de los teóricos políticos más relevantes y leídos de las siguientes décadas. En ese libro, Laclau y Mouffe parten de la centralidad del discurso, que bebía de las lecturas estructuralistas de Saussure y del <italic>giro lingüístico </italic>de Wittgenstein, para inaugurar una nueva manera de leer lo político, más preocupada por el lenguaje, al tiempo que realizaban una crítica del esencialismo de la tradición marxista. </p>
        <p>Así pues, para Laclau y Mouffe no hay una realidad extradiscursiva, sino que «todo objeto se constituye como objeto de discurso en la medida en que no hay objetos al margen de las condiciones discursivas necesarias para su surgimiento» (<xref rid="B28" ref-type="bibr">Laclau y Mouffe, 2001: 145</xref>). Dicho de otra forma, es a través del discurso como los objetos toman sentido. No se trata de negar la existencia de un mundo exterior al pensamiento y al discurso, sino de señalar que esa realidad se hace aprehensible solo a través de su estructuración en un campo discursivo. Sin embargo, para los autores ningún sistema de significación puede suturarse, tampoco el discurso, moviéndose estos en la tensión entre la interioridad de la significación y el exterior que lo subvierte. Así pues, el discurso está también sujeto a esa exterioridad, que Laclau y Mouffe denominan «campo de la discursividad» y que «determina, a la vez, el carácter necesariamente discursivo de todo objeto y la imposibilidad de que discurso alguno consiga una sutura última» (<xref rid="B28" ref-type="bibr">2001: 151</xref>). De esta forma, si el discurso mismo no puede completarse, habría que comprenderlo como «un intento por dominar el campo de la discursividad, por detener el flujo de las diferencias, por dominar el centro» (<italic>ibid.: </italic>152).</p>
        <p>El objetivo de Laclau y de Mouffe en <italic>Hegemonía y estrategia socialista </italic>es la construcción de un concepto de hegemonía que permita una radicalización de la democracia. Pero, para construir ese concepto, los autores necesitan un cuerpo teórico previo, dominado por la categoría de articulación. Siguiendo a Howarth y Stavrakakis (<xref rid="B23" ref-type="bibr">2000</xref>), los conceptos fundamentales del análisis del discurso son articulación, discurso, punto nodal y significante vacío. Para Laclau y Mouffe, la articulación es una práctica que «establece una relación tal entre elementos que modifica la identidad de estos» (<italic>ibid.: </italic>151). Pero si la definición de toda realidad como discursiva implica que no hay forma social que sea necesaria y si la transición de los elementos —diferencias no articuladas discursivamente— a los momentos —las posiciones ya articuladas— nunca se completa, ¿cómo es posible ninguna identidad? </p>
        <p>El reto para Laclau y Mouffe es, entonces, definir el discurso de manera que la crítica de la totalidad, de la sociedad, no implique una totalización de los elementos como si estos estuvieran previamente constituidos. Para salvar esta dificultad, la categoría de articulación necesita del concepto de punto nodal. El punto nodal sería, así, el punto discursivo privilegiado que permitiría fijar un sentido que operara el paso de los elementos a los momentos. Dicho de otro modo, el punto nodal no es una realidad positiva y plena de significados, sino un punto gracias al cual pueden adquirir posición de sujeto una serie de elementos aislados, que se reconocen por su relación con el punto nodal. Pero la imposibilidad del cierre de la sociedad implica que ese punto nodal no puede fijar de una vez para siempre el sentido del discurso, sino que se mueve en una indeterminación que crea de forma constante nuevas diferencias y equivalencias. En este sentido, lo social constituido por el punto nodal es siempre una realidad articulada, cuya necesidad es la de crear identidades relacionales, siempre en movimiento y puramente contingentes. Articulación, entonces, sería una operación de «construcción de puntos nodales que fijan parcialmente el sentido; y el carácter parcial de esa fijación procede de la apertura de lo social, resultante, a su vez, del constante desbordamiento de todo discurso por la infinitud del campo de la discursividad» (<italic>ibid.: </italic>154).</p>
        <p>El punto nodal que permite la fijación de un sentido sería un «significante vacío» (<xref rid="B25" ref-type="bibr">Laclau, 2005a</xref>), esto es, un significante que opera dentro del sistema de significación y que es irrepresentable. Que sea vacío no implica que carezca de significado, pues entonces estaría fuera del ámbito del discurso y no sería más que ruido, sino que es irrepresentable, pero significable discursivamente. No obstante, si se trata de un vacío, ¿cómo puede dar forma a una identidad? La manera de hacerlo sería mediante una operación retórica denominada catacresis; esto es, una operación por la que se nombra algo con un término figurativo que no puede ser sustituido por otro real. En última instancia, la catacresis sería algo más que una operación retórica; sería el fundamento de la retórica y, por tanto, del discurso y del conocimiento del mundo. De esta forma, el significante vacío sería el punto nodal que fija el sentido del discurso mediante una operación retórica —quizá <italic>la </italic>operación retórica— denominada catacresis<sup><xref ref-type="fn" rid="F1"/></sup>.</p>
        <p>Sin embargo, no todos los significantes forman parte de la cadena de significados, ya que algunos permanecen como elementos, esto es, como diferencias no articuladas discursivamente. Estos elementos, que Laclau y Mouffe denominan significantes flotantes, pertenecen al «campo de la discursividad», a lo externo al discurso que muestra la imposibilidad de suturarlo y de fijar un centro. Para Laclau, son «expresiones de la ambigüedad inherente a toda frontera y de la imposibilidad de adquirir cualquier estabilidad definitiva» (<xref rid="B26" ref-type="bibr">Laclau, 2005b: 43</xref>) y son, además, condición necesaria para hablar de una articulación hegemónica. Esta no solo necesitaría significantes flotantes, sino también «su posible articulación a campos opuestos» (<xref rid="B28" ref-type="bibr">Laclau y Mouffe, 2001: 179</xref>); esto es, la hegemonía necesita antagonismo e inestabilidad en la frontera que divide los campos. </p>
        <p>Se habla de hegemonía para describir la «operación por la que una particularidad asume una significación universal inconmensurable consigo misma» (<xref rid="B25" ref-type="bibr">Laclau, 2005a: 95</xref>). Así, se ven dos dimensiones de la hegemonía: en primer lugar, la desigualdad de poder y la posibilidad de que un grupo convierta sus propias demandas en demandas de la sociedad. En segundo lugar, solo hay relación hegemónica si se escapa de un núcleo universal que fije la relación social. Hay hegemonía porque necesidad y contingencia se rechazan mutuamente. A estas dos, Laclau (<xref rid="B24" ref-type="bibr">2004</xref>) añade otras dos dimensiones: hegemonía como producción de significantes particulares que puedan asumir la representación universal, y hegemonía como operación que se extiende en un terreno de «generalización de las relaciones de representación como condición de la constitución de un orden social» (<italic>ibid.: </italic>63). La hegemonía solo puede realizarse en un mundo en el que las estructuras de poder tienden a descentralizarse, de manera que, para que los elementos puedan ser articulados como momentos, necesitan ser sobredeterminados, constituidos en un orden simbólico que vaya más allá de su particularidad.</p>
        <p>Así pues, para Laclau la hegemonía es la forma de la política en el mundo contemporáneo. La lógica de la hegemonía entendería la política como un proceso creativo, catacrético, mediante el cual una particularidad constituye una totalidad inexistente e imposible de suturar. Esa particularidad está encarnada en un significante vacío, un punto nodal que fija un sentido respecto al que los momentos discursivos se reconocen. El significante, entonces, y su capacidad para significar de manera hegemónica, sería el objeto de estudio del análisis político para Laclau.</p>
      </sec>
      <sec>
        <title>2. Michael Freeden: el análisis morfológico de las ideologías</title>
        <p>Michael Freeden es, en la actualidad, quizá el más importante estudioso de las ideologías. Para este pensador inglés, fuertemente influenciado por la escuela de Cambridge y por el giro lingüístico propiciado por Wittgenstein, todo el mundo está comprometido en política. A pesar de las diferencias de intensidad, sofisticación o frecuencia, todos estamos preocupados por la relación con la autoridad, por la jerarquía, por los problemas sociales y por su urgencia o, de alguna forma, manejamos ideas sobre el bien común. Sin embargo, para Freeden la teoría política ha carecido de habilidad para interpretar y analizar esta forma de pensamiento cotidiano sobre la política, principalmente por su forma de abordar el fenómeno. Esta forma ha estado dominada por dos aproximaciones fundamentales: en primer lugar, por la perspectiva normativa de la filosofía política, preocupada por prescribir aquello que debe ser o por una clarificación conceptual ideal —por ejemplo: ¿qué es la justicia?—. En segundo lugar, la teoría política ha estado dominada por la historia de las ideas, área dedicada al estudio del pensamiento político a lo largo del tiempo. Según el pensador inglés, estas dos aproximaciones a lo político habrían dejado, a pesar de sus éxitos, un vacío importante a la hora de explicar el pensamiento político producido en el día a día de la política, vacío que debería ser llenado por la teoría política. En este sentido, Freeden comprende la teoría política como una disciplina, distinta a las anteriores, cuya principal función es el estudio del pensamiento político actual; se trataría de una disciplina con un objeto de estudio doble: pensar políticamente —<italic>thinking politically</italic>— y pensar sobre la política —<italic>thinking about politics</italic>— (<xref rid="B16" ref-type="bibr">Freeden, 2008</xref>).</p>
        <p>Así pues, la primera de las dimensiones que estudia la teoría política coincide con una actividad de la que nadie escapa: pensar políticamente. Para Freeden (<italic>ibid.</italic>), este pensar políticamente significa pensar sobre las colectividades en cinco sentidos: a) la distribución de la importancia —el valor, la urgencia, la prioridad— de las políticas públicas y de los distintos componentes de la vida social; b) la forma en la que se construye una buena vida junto a los demás —que no necesariamente implica cooperación—; c) las razones de los gobernantes para justificar la aceptación de su poder; d) la forma en la que se articula el disenso y la cooperación, la estabilidad y la inestabilidad en el interior de una comunidad, y e) los intentos por triunfar sobre otras de pensamiento político y por regularlas.</p>
        <p>Si bien todo el mundo piensa políticamente, la segunda de las dimensiones de la teoría política, el pensar sobre la política, es vista como un área de estudio algo más reducida. Pensar sobre la política es pensar la forma en la que los distintos argumentos y visiones sobre las colectividades se ordenan y priorizan, o la forma en la que describen, prescriben e interpretan el mundo (<italic>ibid.</italic>). Esto es, pensar sobre la política es pensar las ideologías. Para Michael Freeden las ideologías son «configuraciones de significados despolemizados de conceptos políticos» que «se caracterizan por una morfología que dispone conceptos nucleares, adyacentes y periféricos» (<xref rid="B11" ref-type="bibr">1996: 76-77</xref>). Las ideologías son la forma en la que se expresa el pensamiento político, pero también un tipo de pensamiento político creativo que influye en la toma de decisiones y en la creación de marcos de pensamiento (<xref rid="B12" ref-type="bibr">Freeden, 2003</xref>). Todo pensar políticamente es pensar ideológicamente, porque son las ideologías las que hacen aprehensible el mundo mediante la estructuración y ordenación de los conceptos.</p>
        <p>Así, los conceptos son el punto central del análisis de las ideologías, pero esos conceptos no tienen un sentido único y claro, sino que, como señala Gallie (<xref rid="B20" ref-type="bibr">1956</xref>), son esencialmente disputados, pues hay una competición permanente por establecer su sentido. De esta forma, la teoría política se encuentra con una dificultad: la indeterminación, inconclusividad, ambigüedad y vaguedad del lenguaje político (<xref rid="B14" ref-type="bibr">Freeden, 2005</xref>). Dicho de otro modo, el lenguaje y la práctica de la política pueden ser leídos de maneras muy diversas —ambigüedad—, al tiempo que son inevitablemente contingentes —indeterminados—. De esta indeterminación se sigue que un argumento político no puede darse nunca por cerrado, de forma que el adversario quede «noqueado» irreversiblemente. No hay punto final del lenguaje político, sino que este permanece inconcluso. Esta dificultad marca, para Freeden, el devenir de la teoría política, pues su definición de ideología no pierde de vista el carácter abierto del lenguaje político —y, en última instancia, del lenguaje—. Dicho de otro modo, ante la imposibilidad de ofrecer una definición clara, perfectamente determinada y anclada de los conceptos en un fundamento político, la ideología se presenta como un tipo de discurso político que relaciona los conceptos políticos y, mediante su inclusión en determinados grupos, fija un significado para esos conceptos (<xref rid="B12" ref-type="bibr">Freeden, 2003: 55</xref>).</p>
        <p>Los conceptos, entonces, pueden tener múltiples significados, pero no pueden tenerlos todos a la vez, pues cada definición particular excluirá al resto de definiciones (<xref rid="B7" ref-type="bibr">Finlayson, 2012</xref>). Esto se debe, en primer lugar, a la existencia de una serie de constreñimientos culturales que impiden que ciertas definiciones de determinados conceptos sean útiles para las ideologías. No hay que perder de vista que la ideología es una forma de pensamiento que debe ser comunicable y fácilmente abrazable por un determinado público (<xref rid="B12" ref-type="bibr">Freeden, 2003: 128</xref>). La forma en la que el lenguaje es «consumido», por tanto, es tan importante como la forma en la que es producido (<xref rid="B16" ref-type="bibr">Freeden, 2008: 202</xref>). En este sentido, las ideologías están siempre alojadas en determinados contextos que favorecen su creación, su consumo y que influyen en su evolución. Pero, en segundo lugar, además de estos constreñimientos culturales, los significados que los conceptos adquieren en las ideologías vienen marcados por —en palabras de Freeden (<xref rid="B12" ref-type="bibr">2003</xref>)— las cuatro «pes»: proximidad, prioridad, permeabilidad y proporcionalidad.</p>
        <p>La proximidad hace referencia a la imposibilidad de entender el uso de un concepto de forma aislada. Es necesario analizar ese concepto junto al resto de conceptos que lo rodean. La permeabilidad, por su parte, indica que las ideologías no manejan conceptos e ideas mutuamente excluyentes, sino que esos conceptos e ideas tienen muchos puntos de intersección. En cuanto a la proporcionalidad, se refiere al espacio y a la fuerza con la que una determinada ideología expone sus conceptos. Finalmente, la prioridad, que es quizá la más importante de estas cuatro «pes», indica que el significado de cada concepto político de una ideología depende de su localización —priorización— en el núcleo o en la periferia de esa ideología.</p>
        <p>Así, en la citada definición de ideología de Freeden (<xref rid="B11" ref-type="bibr">1996</xref>) se pueden encontrar tres tipos de conceptos: nucleares, adyacentes y periféricos. Los conceptos nucleares son los conceptos claves e ineliminables de las ideologías, aquellos que se considera que una ideología debe tener y que morfológicamente no podrían ser desplazados sin que esa ideología dejara de ser lo que es. Por ejemplo, en el caso del liberalismo, se trataría del concepto de libertad, porque el estudio sistemático de los liberales indica que el concepto de libertad no podría ser trasladado a la periferia. Los conceptos adyacentes son los que rodean al concepto nuclear, restringiendo su capacidad para ser interpretado de formas diversas y dirigiendo su interpretación en una dirección. Se trata de conceptos-categorías que son culturales y lógicamente necesarias para la supervivencia de una ideología. En el caso del liberalismo, los conceptos de democracia y autogobierno serían adyacentes al núcleo, por el tipo de recorrido histórico del liberalismo. Finalmente, los conceptos periféricos son los que consiguen que la ideología pierda su carácter abstracto mediante su colocación en un contexto histórico y cultural determinado. Algunos de estos conceptos están muy ligados al concepto nuclear —en el liberalismo, por ejemplo, la lucha contra la censura—, mientras que otros pueden no serlo. No obstante, no hay que interpretar estos tres niveles como fijos, pues la evolución ideológica puede conducir a un desplazamiento de los conceptos desde el núcleo hasta la periferia. Se trata de un proceso fluido.</p>
        <p>En conclusión, para Freeden (<italic>ibid.</italic>) la teoría política se encargaría fundamentalmente del análisis morfológico de las ideologías, esto es, de grupos de conceptos organizados y distribuidos, que van desde el núcleo de la ideología hasta la periferia de la misma y que despolemizan su significado.</p>
      </sec>
      <sec>
        <title>3. Kari Palonen y el estudio de los políticos</title>
        <p>Kari Palonen<sup><xref ref-type="fn" rid="F2"/></sup> es un académico finlandés fuertemente influenciado por las teorías de Max Weber, Quentin Skinner y Reinhart Koselleck, que ha dedicado gran parte de sus escritos al estudio de la historia conceptual y el análisis de la retórica. Uno de los conceptos que han ocupado su atención ha sido precisamente el concepto de política. Para el finlandés, se ha producido un «cambio de horizonte» en el estudio de la política (<xref rid="B31" ref-type="bibr">Palonen, 2000</xref>), ya que esta ha pasado de estudiarse en tanto que disciplina a pensarse en tanto que fenómeno.</p>
        <p>La concepción de la política como espacio fue el eje de numerosas teorías de los siglos <sc>xix </sc>y <sc>xx, </sc>que interpretaban la política en términos casi naturalistas. Sin embargo, hay que tener en cuenta que, aunque los hechos relacionados con las fronteras espaciales no han sido alterados en profundidad, su significación política está cambiando continuamente. No obstante, para Palonen (<italic>ibid.</italic>), el uso de metáforas espaciales casi naturales o de naturalizaciones metonímicas para referirse a la política —como área, dominio, reino, campo, sector o esfera— deben ser contemplados como intentos de reducir el elemento contingente de la política, que constituye su propia razón de ser. Por tanto, la extendida distinción entre esfera pública y privada resulta práctica para distinguir lo político de lo no político, pero no debe ser interpretada como una medida objetiva para demarcar lo político. La identificación del criterio de lo político con la distinción entre lo público y lo privado descansa sobre una visión esencialista de los conceptos como «reflejos de la realidad». Sin embargo, «los conceptos y las clasificaciones son siempre invenciones humanas, y como tales siempre podrían ser de otra forma. Los conceptos no pueden extraerse de la naturaleza o ser juzgados simplemente por su correspondencia con la realidad. Las propias figuras de «naturaleza» y «realidad» son construcciones» (<italic>ibid.: </italic>15). Así, en el siglo <sc>xx </sc>la política se convirtió en un concepto discutido y las controversias sobre ella dejaron de versar sobre los problemas de demarcación entre lo público y lo privado, produciéndose el segundo desplazamiento de la política como espacio a la política como actividad. </p>
        <p>Conceptualizar la política como actividad requiere dos condiciones: hacer de la política un concepto en el sentido de abstracción de toda cualificación sobre los agentes, el asunto subjetivo y la dirección de la actividad; y comprender la actividad como algo que puede ser sujeto a conceptualización. La primera condición «presupone que estemos preparados para hablar de la “política en general”, no como un fenómeno universal, sino como política abstraída de sus determinantes de contenido, significado y evaluación. No se requiere la esencia de una cosa específica, sino un criterio para el uso de un concepto abstraído de sus expresiones particulares» (<italic>ibid.: </italic>19). Por otro lado, la principal dificultad de la segunda condición es la posibilidad de conceptualizar lo contingente sin reducirlo:</p>
        <disp-quote>
          <p>Entender la política como una actividad presupone que uno no intente basar la política en fuentes externas, superiores o inferiores, sino intentar comprenderlas desde dentro, explicando las experiencias de actuar políticamente. Las mejores plasmaciones de la política como actividad se pueden encontrar en las propias explicaciones de los políticos, los trabajos de los periodistas o <italic>literati </italic>a los que no les preocupa describir la política en términos metafóricos» (<italic>ibid.: </italic>20).</p>
        </disp-quote>
        <p>De esta forma, ¿cómo hablar de la contingencia de la acción sin reducirla? Para Palonen, Max Weber hizo esto posible al convertir la contingencia de un mal necesario —la fortuna— en un medio de inteligibilidad. El concepto weberiano de oportunidad es el punto de partida para entender y explicar las acciones humanas en general, y las políticas en particular. La situación del agente, para Max Weber, es la oportunidad de elegir entre distintas posibilidades de actuación, todas ellas consideradas como realizables, como puntos de partida de la inteligibilidad de la acción, mientras que los resultados son producto de oportunidades en conflicto no controlables por nadie. Así, lo posible para el agente es más real que la propia realidad. Por ello, la conceptualización de la política como actividad contingente consiste en temporalizar el entendimiento de la política. Que la política sea contingente y controvertida significa que siempre resulta posible actuar de otra forma: siempre hay alternativas, oportunidades para actuar de forma diferente, cuyo resultado es inesperado.</p>
        <disp-quote>
          <p>Metafóricamente, la política puede verse como un juego, como si fuera una forma simbólica de organización de la vida estructurada por distintas reglas. […] ver la política como una acción humana significa enfatizar su relación intrínseca con la contingencia, como el político siempre enfrenta un horizonte de posibilidades, sin saber con antelación cuáles podrán ser las consecuencias y resultados de sus actos, ya que siempre dependen de otros actores involucrados y sus movimientos (<xref ref-type="bibr" rid="B42">Wiesner <italic>et al., </italic>2017: 227</xref>).</p>
        </disp-quote>
        <p>Como parte de este cambio de horizonte en el estudio de la política, Palonen, junto con Skinner, se ha centrado en el estudio de la retórica, «las prácticas humanas de persuadir a otros a aceptar o rechazar ciertas cuestiones de la agenda, introducir nuevas cuestiones en la agenda, o eliminarlas sin rechazarlas formalmente» (<xref rid="B35" ref-type="bibr">2017: 100</xref>). La apelación a la retórica conlleva una forma de comprender la práctica política ligada a un debate racional, ya que toda argumentación tiene componentes retóricos, y de ahí la invocación al poder de la persuasión y el conjunto de supuestos compartidos por una determinada audiencia que hacen posible un intercambio comunicativo. </p>
        <p>La invención de argumentos o la construcción de nuevas alternativas es un paso clave de la retórica, y su relevancia yace precisamente en la idea de encontrar alternativas ante distintas situaciones (<xref ref-type="bibr" rid="B42">Wiesner <italic>et al., </italic>2017</xref>). Los argumentos no son las reivindicaciones realizadas por los agentes políticos, sino las razones que dan a otros para coincidir con y actuar según esa reivindicación (<xref rid="B9" ref-type="bibr">Finlayson, 2014</xref>). De esta manera, estudiar los argumentos a través de la retórica permite comprender el mundo político y las ideologías de los agentes, en la medida en que se pueden identificar patrones argumentativos, tipos de reivindicaciones o las figuras con las que se representan. La ideología es, por tanto, no solo un conjunto de proposiciones, sino un tipo de recurso argumentativo, una fuente de lugares comunes retóricos que pueden adaptarse a distintos casos (<xref rid="B8" ref-type="bibr">Finlayson, 2013</xref>).</p>
        <p>En términos retóricos, el debate es una parte inherente al género deliberativo de la política. El análisis retórico supone el estudio de un debate que usa los mecanismos retóricos como categorías interpretativas. Con su método, Palonen integra la redescripción retórica de Skinner con la temporalización de Koselleck de los conceptos, enfatizando los ritmos del cambio conceptual (<xref rid="B18" ref-type="bibr">Freeden, 2016</xref>). Palonen ha centrado su atención, de esta forma, en los propios debates parlamentarios, ya que considera que es en los parlamentos soberanos donde se lleva a cabo la discusión política, que constituyen el escenario óptimo de la <italic>disputatio </italic>(<xref rid="B33" ref-type="bibr">Palonen, 2008</xref>). </p>
        <p>De todo esto se sigue la importancia de los agentes políticos para la comprensión de la propia política. Para Palonen (<xref rid="B32" ref-type="bibr">2005</xref>), la comprensión de los agentes de su propia situación es una condición indispensable de inteligibilidad de las actividades políticas. Por tanto, existe una distancia entre la vida política y la teoría política como un asunto en el que se pueden adoptar dos direcciones. Los teóricos políticos están obligados a comprender la situación y la lengua de los agentes políticos en su propia teoría. Por otro lado, «los agentes políticos deben reconocer la teoría política como una parte relevante de su actividad» (<italic>ibid.: </italic>357). El finlandés señala la influencia de Skinner a la hora de estudiar no solo las definiciones de política, sino las descripciones performativas de este fenómeno, es decir, el estudio de cómo actuamos cuando actuamos políticamente. </p>
        <p>Por otro lado, Skinner señaló en <italic>Los fundamentos del pensamiento político moderno </italic>que había que comprender a los teóricos como políticos, pero Palonen añade también que es necesario comprender a los políticos como teóricos. Así, el finlandés, concibiendo de forma explícita a los políticos como un «tipo histórico ideal en el sentido weberiano» (<italic>ibid.: </italic>359), considera que la acción teórica de los políticos se refiere a la lectura política de las situaciones a las que se enfrentan cuando actúan políticamente. Una primera dimensión de la competencia de los políticos consiste en su habilidad para discernir distintos tipos de situación. Una segunda dimensión, por otro lado, tiene que ver con la imaginación debatiente —<italic>contestational imagination</italic>—, que hace referencia a la habilidad de los políticos para relacionar sus juicios con los de sus adversarios, de tal forma que puedan llegar incluso a suscribir el análisis de sus oponentes. Además, un político está más preparado que los demás para reconocer las paradojas inherentes a una situación, y cuenta con un tiempo limitado, algo crucial para la propia retórica (<xref rid="B32" ref-type="bibr">Palonen, 2005</xref>). </p>
        <p>En definitiva, para Palonen, el estudio de la política como actividad implica el análisis retórico de los debates, los discursos y los documentos que se emplean en la vida política. Este análisis permite, en última instancia, acceder a aquellos argumentos políticos que subyacen a todos estos debates, lo que constituye el objeto de estudio de la teoría política. Como se ha indicado, los argumentos son las razones que un agente político le ofrece a otro para persuadirle de una determinada reivindicación. En este punto radica la importancia que Palonen otorga a los políticos como agentes que actúan políticamente, sopesan alternativas siempre contingentes y, por tanto, pueden ser concebidos también como teóricos políticos.</p>
      </sec>
    </sec>
    <sec>
      <title>III. COMPARACIÓN DE LOS ENFOQUES</title>
      <p>En el punto anterior puede observarse que diferentes enfoques teóricos conducen a objetos de estudio diversos. El objeto de estudio, entonces, no es independiente de la forma en que el investigador se aproxima a este, ya que cada enfoque construye un objeto de análisis diferente y se relaciona con este de una forma particular. En este apartado, se van a comparar los distintos enfoques presentados en el punto anterior, con el objetivo de explicar qué tipo de relación tienen estos con sus objetos de estudio. </p>
      <p>Para ello, se estudiará en primer lugar el problema de la objetividad en Laclau y en Palonen, mostrando cómo cada análisis conduce a una concepción diferente de esta. En segundo lugar, se explorará el alcance del análisis teórico estudiando la diferencia entre la categoría de discurso de Laclau y de ideología de Freeden. Por último, se compararán las categorías de acción e ideología en Palonen y Freeden, respectivamente.</p>
      <sec>
        <title>1. El problema de la objetividad. Catacresis y paradiástole</title>
        <p>Uno de los problemas que abordan estos autores es el de la <italic>objetividad </italic>en el conocimiento del mundo, tema que, lejos de ser en exclusiva un problema epistemológico, influye en la manera de pensar y comprender la política. Este es, de hecho, uno de los problemas clásicos de la teoría social, que ha dado lugar a multitud de debates y obras clásicas, como las de Max Weber (<xref rid="B40" ref-type="bibr">2017</xref>), Peter Novick (<xref rid="B30" ref-type="bibr">1988</xref>) y Lorraine Daston y Peter Galison (<xref rid="B4" ref-type="bibr">2007</xref>). </p>
        <p>Para Laclau, en primer lugar, el discurso demuestra que la objetividad es un tipo de relación entre objetos conceptuales imposible: </p>
        <disp-quote>
          <p>¿No hay ciertas «experiencias», ciertas formas discursivas, en las que se muestra, no ya el continuo diferir del «significado trascendental», sino la vanidad misma de este diferir, la imposibilidad final de toda diferencia estable y, por lo tanto, de toda «objetividad»? La respuesta es sí; esta «experiencia» del límite de toda objetividad tiene una forma de presencia discursiva concreta: el antagonismo (<xref rid="B28" ref-type="bibr">Laclau y Mouffe, 2001: 164</xref>).</p>
        </disp-quote>
        <p>Así pues, la objetividad tiene sentido entre objetos conceptuales o reales que <italic>ya son </italic>y que, por tanto, mantienen entre sí relaciones objetivas. Se trata, entonces, de identidades plenas. El antagonismo, por el contrario, para Laclau y Mouffe, muestra la imposibilidad de constituir esas identidades plenas, porque la presencia del otro implicaría que «yo no pueda ser una presencia plena para mí mismo» (<italic>ibid.: </italic>168). El antagonismo constituiría los límites de toda objetividad, «que se revela como objetivación, parcial y precaria» (<italic>ibid.: </italic>168); es decir, muestra a lo social como una objetividad fallida, como una imposibilidad de sutura última que el mismo lenguaje no puede aprehender (<xref rid="B27" ref-type="bibr">Laclau, 2014</xref>). Así pues, el antagonismo, que constituye a los sujetos en torno a un límite, aquello que implicaría su no-ser, revela la incapacidad del lenguaje de conocer y hacer aprehensible lo social, que se revela entonces como metáfora.</p>
        <p>Esta visión posestructuralista difiere de la explicación que Kari Palonen ofrece, de la mano de Max Weber, de la objetividad. La diferencia no estriba aquí en una consideración total y/o preexistente de lo real por parte de Palonen, pues su análisis también se podría considerar posfundacional, como se ha expuesto anteriormente, sino en la posibilidad de definir la objetividad como algo más que una imposibilidad. Así, para Palonen «no hay «objetividad como tal», porque no hay ideas o pensamientos que puedan existir independientemente de las perspectivas de los académicos que los presentan», pero se puede hablar de la objetividad de «la lucha entre las perspectivas en referencia a sus interpretaciones de la realidad» (<xref rid="B34" ref-type="bibr">2009: 531</xref>). La objetividad, entonces, no es algo que posea un individuo de forma aislada, sino un proceso, una relación no solo entre el académico y su ámbito, sino también entre los propios académicos. Así, según Palonen (<xref rid="B34" ref-type="bibr">2009</xref>), Weber negaría que la subjetividad fuera el polo opuesto de la objetividad, señalando que, en realidad, la subjetividad es condición de la objetividad, en la medida en que es una relación entre puntos de vista distintos. En definitiva, según esta perspectiva, la objetividad no es el final de un debate académico, sino la discusión imparcial y abierta de miras.</p>
        <p>Ambos autores constatan la existencia de un problema a la hora de estudiar lo social, porque no hay objetos de estudio preexistentes a los que el analista deba aproximarse, sino que estos son construidos por él. Sin embargo, mientras que para Laclau esto se traduce en la imposibilidad de la objetividad, que solo sería posible con objetos que <italic>ya son, </italic>para Palonen la objetividad sería posible, pero entendida como relación entre puntos de vista distintos. Por tanto, el <italic>ya son </italic>de los objetos, para Palonen, serían las relaciones en las que los propios analistas se mueven: no un <italic>a priori </italic>objetivo, sino puntos de vista que ya han sido desarrollados y de los que parten los investigadores.</p>
        <p>Esta concepción de la objetividad como un determinado tipo de relación en la que se exponen diferentes argumentos sostiene la siguiente tesis de Palonen (<italic>ibid.</italic>): hay más objetividad en los debates parlamentarios que en los debates académicos. Al contrario que en el parlamento, en la academia no hay un proceso establecido que permita darle voz a distintas opiniones que argumenten <italic>pro et contra. </italic>Este <italic>fair play </italic>parlamentario permite neutralizar los privilegios de conocimiento de un grupo en favor de la deliberación y la discusión. De esta manera, Palonen, interpretando a Weber, concibe la objetividad como un proceso retórico de discusión imparcial en el que distintas posturas pueden participar para aportar conocimiento sobre su objeto de estudio.</p>
        <p>En esta explicación Palonen (<italic>ibid.</italic>) realiza, y él mismo lo reconoce, una operación retórica estudiada por Skinner (<xref rid="B38" ref-type="bibr">2007a</xref>) de importancia singular: la paradiástole. Para este último, la paradiástole es un movimiento retórico que realiza una redescripción del contenido normativo de un determinado concepto. En sus propias palabras: </p>
        <disp-quote>
          <p>Se puede decir que la esencia de esta técnica no solo consiste en reemplazar una descripción evaluativa concreta con un término rival que sirva para ilustrar la acción de una forma no menos plausible, sino que además sirve, al mismo tiempo, para situarla en una perspectiva moral opuesta. Lo que se busca es persuadir a la audiencia para que acepte la nueva descripción (<xref rid="B37" ref-type="bibr">Skinner, 2002: 183</xref>).</p>
        </disp-quote>
        <p>Así, para Skinner la paradiástole no es el simple cambio de una palabra por otra, sino una operación por la que se reclama un nuevo significado para un concepto, significado contradictorio con el anterior, como en la transformación de un vicio en una virtud. El ejemplo más evidente de este tipo de operación está en la obra de Maquiavelo y en su resignificación de los vicios morales en virtudes políticas.</p>
        <p>Para Palonen, la paradiástole es una figura fundamental en la retórica política que permite renombrar y reinterpretar un concepto. Se trata de una operación retórica que, por su carácter discursivo y por su capacidad para ofrecer nuevas interpretaciones de un concepto, es compatible con su definición de objetividad. Así, se puede considerar que las figuras retóricas utilizadas por Laclau y por Palonen, la catacresis y la paradiástole, sirven para comprender su postura ante las posibilidades de la objetividad. </p>
        <p>Para Laclau, la objetividad sería imposible porque el antagonismo revela el carácter objetivador, parcial y precario de todo intento de objetividad. El antagonismo es el límite del lenguaje, «en la medida en que el lenguaje solo existe como intento de fijar aquello que subvierte el antagonismo» (<xref rid="B28" ref-type="bibr">Laclau y Mouffe, 2001: 168</xref>). Así, el antagonismo es a la sociedad lo que el campo de la discursividad al discurso, en la medida en que aquellos exceden a estos e impiden el cierre de una totalidad. Sin embargo, para Laclau y Mouffe la lógica del discurso es precisamente el intento de dominar el centro y constituir la totalidad. A esa relación entre lo necesario y lo imposible da respuesta la catacresis como figura que nombra figuradamente un objeto que no puede ser sustituido por otro real y que, entonces, constituye una realidad imposible. De esta forma, la teoría del discurso de Laclau implica una determinada visión de la objetividad y un tipo de retórica que vaya en consecuencia.</p>
        <p>No obstante, la definición de catacresis de Laclau la convierte en <italic>la </italic>figura retórica por excelencia, en la retoricidad misma. De alguna forma, la catacresis sería la esencia última del lenguaje. Así, la paradiástole sería una figura catacrética, en la medida que también otorga un nombre y constituye una realidad. No obstante, si catacresis y paradiástole han sido definidas como figuras retóricas diferentes, deberían implicar lógicas políticas distintas. Una tentativa de respuesta sería señalar que, dado que la catacresis se refiere a una realidad inexistente —no percibida—, tiene un carácter creador, mientras que la paradiástole es una figura redescriptiva. Sin embargo, esta última realiza un desplazamiento en el significado de un término que implica la creación de un concepto. Y, a su vez, la operación catacrética no puede realizarse con un significante que no significara nada, pues entonces no podría volverse hegemónica. Por tanto, la operación catacrética también necesita rearticular un significante ya existente para constituir una realidad hasta ahora inexistente.</p>
        <p>La diferencia entre ambas debe buscarse en la frontera entre el <italic>nosotros </italic>y el <italic>ellos. </italic>Mientras que la paradiástole es un movimiento con el que un término enemigo se reconvierte en uno amigo, la catacresis crea la frontera. Así, la catacresis y la hegemonía tendrían que ver con la irrupción de una cadena de equivalencias, con la creación del sentido que unifica a los elementos en momentos, mientras que la paradiástole se daría, en términos de Laclau, dentro de relaciones hegemónicas. No obstante, las relaciones entre ambas figuras no son siempre claras y bien definidas.</p>
        <p>En definitiva, la paradiástole redescribiría conceptos que <italic>ya son, </italic>contribuyendo a una concepción más compleja de la realidad política. Si la objetividad es una relación entre el investigador y el objeto de estudio, la paradiástole es una forma de complejizar los conceptos políticos, una forma de discusión que amplía el horizonte de los conceptos. La catacresis, por su parte, implicaría la imposibilidad de la objetividad, porque se concibe como la figura retórica que crea la misma realidad social. Así pues, en las figuras retóricas destacadas por cada uno, Palonen y Laclau dejan entrever sus propias perspectivas sobre la posibilidad de la objetividad en las ciencias sociales.</p>
      </sec>
      <sec>
        <title>2. Discurso e ideología. Hegemonía y despolemización</title>
        <p>Como se señaló anteriormente, para Laclau no hay realidad al margen del discurso en la medida en que todo objeto se constituye dentro de unas condiciones discursivas que permiten su surgimiento. Por otro lado, para Freeden la ideología se refiere en exclusiva al pensamiento político, de manera que su concepción de la ideología debería caer dentro de la definición de hegemonía de Laclau, como una subcategoría. No obstante, Freeden señala que la «ideología es una forma de discurso, pero no se contiene por completo en la idea de discurso» (<xref rid="B12" ref-type="bibr">2003: 106</xref>). Hay, pues, una diferencia entre discurso e ideología que tiene influencia en el análisis político. Por este motivo, en este punto se va a analizar la diferencia entre discurso e ideología, pero centrándose en la diferencia entre hegemonía y despolemización.</p>
        <p>Los conceptos de hegemonía y de despolemización se refieren ambos a la fijación de un determinado sentido. De hecho, para Norval (<xref rid="B29" ref-type="bibr">2000</xref>) la relación teórica entre Laclau y Freeden debe buscarse en este concepto. No obstante, en el caso de Laclau, y del posmarxismo en general, la hegemonía tiene un significado mucho más profundo.</p>
        <p>La teoría de la hegemonía forma parte de la teoría del discurso de Laclau y, por tanto, comparte los elementos propios del discurso: el carácter necesariamente discursivo de los objetos y la imposibilidad de que un discurso consiga una sutura. De esta forma, es el discurso el que crea la realidad nombrándola y, en ese hecho de nombrar, entran en juego dos lógicas distintas: la lógica de la equivalencia y la lógica de la diferencia (<xref rid="B25" ref-type="bibr">Laclau, 2005a</xref>). Estas lógicas no pueden anularse entre sí, de manera que la articulación de los elementos en una cadena de equivalencias supondrá la creación de otras diferencias. No obstante, los juegos de equivalencias y diferencias vienen marcados por la operación hegemónica. La particularidad crea una universalidad que no existe mediante la articulación de los elementos en torno a un sentido que surge de aquella particularidad hegemónica. Pero si esa particularidad, ese punto nodal, puede articular a los elementos, no es porque se encuentre en un punto privilegiado, sino por su «exceso de sentido» (<xref rid="B28" ref-type="bibr">Laclau y Mouffe, 2001: 185</xref>). La hegemonía, entonces, es un tipo de relación política en la que una particularidad pretende convertirse en universal que, por imposible, se desarrolla al precio de crear un antagonismo, una frontera. En este sentido, las lógicas hegemónicas, aunque sean contingentes, necesitan borrar las huellas de su propia contingencia, haciéndose pasar por necesarias.</p>
        <p>En este punto se encuentran la despolemización y la hegemonía. La articulación de los elementos en momentos crea un sentido para estos que se hace pasar por necesario. De la misma forma, las ideologías ordenan los conceptos y, en esa ordenación, marcan el sentido de los mismos. Este sentido no puede fijarse de una vez para siempre, debido a las peculiaridades del lenguaje, pero sí permite que no todas las contestaciones posibles sean efectivas (<xref rid="B13" ref-type="bibr">Freeden, 2004</xref>).</p>
        <p>En uno de sus últimos libros, Freeden (<xref rid="B17" ref-type="bibr">2013</xref>) estudia una forma concreta de la despolemización que, precisamente, queda muy cerca de la hegemonía: la «arrogancia de la política». Esta arrogancia no es sino un aspecto de la conducta humana por la cual el político se arroga la capacidad de actuar ante un problema concreto. Se trata, en palabras del presidente Truman, de que «el problema acabe aquí» —<italic>the buck stops here</italic>—, en la mesa del presidente. Para Freeden, esta idea, especialmente presente en conceptos como los de soberanía, autoridad y legitimidad, tiene como rol principal cerrar el debate mediante limitaciones temporales y espaciales —como las fronteras físicas— del mismo. Esto quiere decir que, a pesar de que ese problema llegue hasta el presidente sin haber sido resuelto, tiene su fin temporal como problema en la acción del presidente, quien debe tomar una decisión al respecto. De esta forma, el final del debate y la designación de responsabilidades permiten la actuación del presidente. No obstante, lo central para Freeden no es la acción de decidir, sino los marcos de pensamiento que conducen a esa acción y que la hacen inevitable. En este sentido, decir que el problema acaba aquí significa, en realidad, que el problema empieza aquí; «la finalidad se refiere a la reversión al punto de inicio, más que el trabajo de finalización: no a la finalidad del fin o las soluciones, sino a la finalidad de la iniciación» (<italic>ibid.: </italic>94). Para Freeden, lo importante es, partiendo de la distinción entre pensar sobre la política y pensar políticamente, analizar los conjuntos de conceptos despolemizados que denomina ideologías y que guían a los políticos en su forma de pensar políticamente, específicamente a los «filtros ideológicos a través de los cuales los entendimientos de lo político reflejan diferentes mapas sociales y de valores en las mentes de aquellos que, allá donde residen seres humanos, luchan con la naturaleza de lo político» (<italic>ibid.: </italic>312).</p>
        <p>A pesar de sus similitudes, la hegemonía y la despolemización de los conceptos tienen profundidades diferentes, que nacen del ámbito al que se aplican. Así, mientras que la hegemonía se aplica al discurso y, por tanto, a la construcción de lo social, la despolemización se refiere a las ideologías, a la morfología de las mismas. El propio Freeden lo señala en el centro de su análisis sobre la arrogancia de los políticos, es decir, allí donde hegemonía y despolemización parecen tocarse: «El objetivo aquí no es la construcción de la realidad a través del discurso, sino la realidad paralela del discurso en sí. El lenguaje <italic>es, </italic>sus connotaciones <italic>son, </italic>y tenemos que explicarlos para comprender el pensamiento político» (<italic>ibid.: </italic>119).</p>
      </sec>
      <sec>
        <title>3. El problema de la política como actividad. Acción e ideología</title>
        <p>Por otra parte, como se ha indicado, tanto Freeden como Palonen enfatizan la importancia de la práctica política, frente a la antigua historia de las ideas, que se había desentendido de los problemas políticos concretos. Ambos autores se preocupan por la historia conceptual y se inspiran en la vertiente de la escuela de Cambridge de Skinner (<xref rid="B5" ref-type="bibr">Fernández Sebastián, 2013</xref>). Sin embargo, si bien coinciden en la importancia que le otorgan a los conceptos políticos y a su evolución, el propio Freeden (<xref rid="B18" ref-type="bibr">2016</xref>) señala que sus enfoques metodológicos presentan discrepancias en su objeto de estudio: Palonen se preocupa por la acción y Freeden por la ideología. </p>
        <p>Como se ha indicado, el principal interés teórico de Palonen yace en la denominada política como actividad. Si los políticos son a su vez teóricos, y es necesario estudiarlos como tales, es imprescindible conocer los argumentos que ofrecen dentro de la actividad política porque son los que dotan de contenido a los conceptos. De esta forma, en la medida en que contraponen distintas interpretaciones argumentativas de un concepto, producen un cambio de significado en el mismo, introduciendo un nuevo estrato de significado, como diría Koselleck, y siendo los principales artífices del pensamiento político.</p>
        <p>Sin embargo, para Freeden esta perspectiva olvida la distinción entre pensar políticamente y pensar sobre la política. Para Freeden, los políticos no son teóricos, sino pensadores, y piensan en la medida en que lo hacen políticamente. Es decir, los políticos cuando actúan están pensando políticamente, no pensando sobre la política. Precisamente por esto, los políticos no son necesariamente los agentes más preparados para comprender las paradojas inherentes a una situación, como defiende Palonen, sino que puede haber ciudadanos que participen en el juicio de situaciones políticas con más conocimiento que los políticos. Además, a menudo los parlamentos «disfrazan profundas conformidades bajo una pantalla de excitación, pasión y actuación teatral» (<italic>ibid.: </italic>127).</p>
        <p>Por otro lado, volviendo a la distinción entre la acción y el pensamiento, el principal punto de divergencia entre los dos autores se encuentra en el cambio conceptual. La política de Palonen es una actividad marcada por la contingencia, es decir, es una actividad en la que hay una multitud de alternativas, un horizonte de posibilidades en el que el político se desenvuelve. Esta contingencia característica de la política también se plantea a los propios conceptos políticos, puesto que en la actividad política se produce un constante cambio de las prácticas de nombrarlos y significarlos. El estudio de la retórica consiste precisamente en el análisis de cómo la actividad política afecta al contenido de los conceptos. Por eso, Palonen se centra en el estudio de la actividad. </p>
        <p>Sin embargo, para Freeden esta perspectiva confunde dos actos distintos de performatividad que actúan paralelamente: la acción y el pensamiento ideológico. Para el autor inglés, los conceptos no solo cambian debido a causas externas o al uso que se les da en la actividad política, sino que tienen una contingencia endémica a su estructura interna. Es decir, «la contingencia se aplica no solo a lo que los conceptos hacen y a lo que se les hace, sino a lo que son y en lo que consisten» (<italic>ibid.: </italic>129). Dicho de otra forma, los conceptos pueden evolucionar por cómo se usan y se interpretan, pero existe una dimensión paralela que estudia qué hay en la creación ideacional de un concepto que puede explicar su propensión a cambiar, con independencia de que ese cambio se produzca o no. Existirían, de esta forma, dos dimensiones: una dimensión externa que afecta al contenido de los conceptos a través de la acción política, y es aquella de la que se ocupa Palonen; y una dimensión o morfología interna del propio concepto que supone una «explicación de la selección contingente que tiene que hacerse cuando concepciones incompatibles de cada concepto son confrontadas, incluidas, excluidas y dotadas de distinto peso en cualquier versión articulada del concepto» (<italic>ibid.: </italic>129). Así, lo que cambia cuando los conceptos evolucionan no es solo el tiempo, el lenguaje y la retórica, sino la ordenación y el cambio de peso de los entendimientos sociales y los paradigmas de la experiencia humana. Por todo esto, para Freeden la acción y el pensamiento son actos distintos, y es necesario cambiar la pregunta de Palonen sobre cómo actuamos cuando actuamos políticamente, por una pregunta más completa: cómo pensamos cuando pensamos políticamente. </p>
        <p>En relación con esto último, Freeden señala que la contingencia tal y como la entiende Palonen, desde el punto de vista del agente político, no debe confundirse con la identificación académica de la propia contingencia. Es decir, los actores políticos no siempre perciben sus decisiones como contingentes porque necesitan crear una pantalla de despolemización para poder actuar y no verse abrumados por la parálisis de la permanente conciencia de la contingencia. Por ello, la contingencia y la polémica no pueden ser toleradas permanentemente dentro del ámbito mental y cultural de los usuarios del lenguaje político y de ahí la importancia de la despolemización. </p>
        <p>El mejor ejemplo de ello es, de nuevo, la arrogancia de la política, es decir, la asignación de la capacidad para establecer límites al debate y fijar la posibilidad de la acción desde esos límites. Son las ideologías las que muestran las pautas de pensamiento en las que se establece la acción y las que permiten que la decisión sobre las políticas públicas de un país las decida el presidente de ese país y no el del país vecino, por ejemplo. No obstante, podría señalar Palonen, en el momento de tomar esa decisión el político actúa, también, pensando en la recepción de la misma y en los debates que pueda provocar. De esta forma, el debate, anticipado en la mente del decisor en el momento de decidir, contribuye a neutralizar la pura decisión técnica en favor de una decisión retórica y política (<xref rid="B34" ref-type="bibr">Palonen, 2009: 539</xref>). Para Freeden (<xref rid="B17" ref-type="bibr">2013</xref>), no obstante, la búsqueda de la justificación no sería un ejercicio político, sino ético e ideológico, esto es, una consecuencia de la arrogación política. </p>
        <p>Sea como fuere, lo interesante es que tanto la historia conceptual como el análisis morfológico de las ideologías pueden aportarse distintas perspectivas la una a la otra. La primera puede aportar una conciencia profunda de la variabilidad del tiempo y de la disposición a buscar fuentes más amplias de análisis. La segunda puede aportar a la primera la comprensión de que, en el campo de los conceptos políticos, estos cambian a través del tiempo y del espacio mutando internamente, lo que permite concentrarse en las estructuras variables de los componentes que los constituyen (<xref rid="B19" ref-type="bibr">Freeden, 2017</xref>).</p>
      </sec>
    </sec>
    <sec>
      <title>IV. LO POLÍTICO EN LA TEORÍA POLÍTICA: SIGNIFICANTE, CONCEPTO, ARGUMENTO</title>
      <p>Como se ha señalado, diferentes enfoques teóricos conducen a distintos objetos de estudio. A su vez, esta relación entre los enfoques y los objetos tiene implicaciones sobre la posibilidad de un conocimiento objetivo de lo social, así como sobre el alcance de su explicación y sobre si esta abarca todo lo social o se limita a lo político. En cualquier caso, estos tres enfoques metodológicos de análisis de los discursos políticos muestran la complejidad del estudio de la política desde un punto de vista teórico.</p>
      <table-wrap specific-use="rules" position="anchor" orientation="portrait" id="T01" content-type="ww">
        <table>
          <thead>
            <tr>
              <th colspan="1" rowspan="1"/>
              <th colspan="1" rowspan="1">
                <bold>Ernesto Laclau</bold>
              </th>
              <th colspan="1" rowspan="1">
                <bold>Michael Freeden</bold>
              </th>
              <th colspan="1" rowspan="1">
                <bold>Kari Palonen</bold>
              </th>
            </tr>
          </thead>
          <tbody>
            <tr>
              <td colspan="1" rowspan="1">
                <italic>Enfoque teórico</italic>
              </td>
              <td colspan="1" rowspan="1">Análisis del discurso</td>
              <td colspan="1" rowspan="1">Análisis morfológico de las ideologías</td>
              <td colspan="1" rowspan="1">Historia conceptual</td>
            </tr>
            <tr>
              <td colspan="1" rowspan="1">
                <italic>Principal objeto de estudio</italic>
              </td>
              <td colspan="1" rowspan="1">Significante</td>
              <td colspan="1" rowspan="1">Concepto</td>
              <td colspan="1" rowspan="1">Argumento</td>
            </tr>
            <tr>
              <td colspan="1" rowspan="1">
                <italic>Categorías importantes</italic>
              </td>
              <td colspan="1" rowspan="1">Catacresis, hegemonía</td>
              <td colspan="1" rowspan="1">Despolemización, ideología</td>
              <td colspan="1" rowspan="1">Paradiástole, acción</td>
            </tr>
          </tbody>
        </table>
        <table-wrap-foot>
          <p><italic>Fuente: </italic>elaboración propia.</p>
        </table-wrap-foot>
      </table-wrap>
      <p>La teoría del discurso de Laclau convierte al significante en el objeto principal de estudio de la política, de manera que el trabajo del análisis del discurso será descubrir las convenciones que producen los significados en unos contextos determinados, investigando cómo esos significados cambian y cómo se identifican los agentes sociales con ellos. Siguiendo a Howarth (<xref rid="B22" ref-type="bibr">1998</xref>), pueden señalarse dos áreas de investigación directamente relacionadas con esta teoría del discurso: la formación y disolución de las identidades políticas y la lógica de la articulación hegemónica —ambas, formas de dominación y resistencia—. Javier Franzé, por ejemplo, ha analizado la trayectoria del discurso de Podemos, partiendo de</p>
      <disp-quote>
        <p>el criterio para analizar la relación entre el discurso de Podemos y el orden político existente no es de contenido, basado en el programa o la ideología, sino en la forma en que se plantea la relación entre sus fines políticos —demandas, valores— y el orden existente. La clave está en cómo el discurso representa el orden dado: si este constituye un obstáculo insalvable para alcanzar los propios objetivos o no; si ese orden es otro existencial con el cual no se puede convivir políticamente o si la convivencia es posible y cabe un compromiso con él (<xref rid="B10" ref-type="bibr">Franzé, 2017: 223</xref>).</p>
      </disp-quote>
      <p>En este sentido, el análisis del significante no tiene como objetivo conocer la intención del discurso, sino comprender la forma en la que este se relaciona con el orden hegemónico, señalando cómo se forman las identidades políticas y cómo se articulan estas entre sí. Para realizar este tipo de estudios, la teoría del discurso maneja dos técnicas principales: la genealogía, planteada por Foucault, que examina la construcción histórica y política de la objetividad social, mostrando su contingencia y su posibilidad de disolución, y la deconstrucción, teorizada por Derrida (<xref rid="B22" ref-type="bibr">Howarth, 1998</xref>). No obstante, cada trabajo ejecutado con la perspectiva del discurso deberá desarrollarse con cierta libertad, atendiendo a las particularidades de su objeto de estudio.</p>
      <p>Por su parte, el análisis morfológico de las ideologías tiene como objeto de estudio principal el concepto. Basta con exponer la definición de ideología de Michael Freeden —configuraciones de significados despolemizados de conceptos políticos que se caracterizan por una morfología que dispone conceptos nucleares, adyacentes y periféricos— para captar la importancia que el concepto tiene en su aproximación. Este autor distingue entre pensar políticamente y pensar la política. Las distintas características del pensar políticamente —las que incluyen el pensamiento sobre las colectividades— deberían plantearle al teórico político la siguiente pregunta: «¿qué pasa por la mente de la gente cuando piensa sobre la política?» (<xref rid="B16" ref-type="bibr">Freeden, 2008: 205</xref>). Para Freeden, esta debería ser una de las principales preguntas de la teoría política, pues, en caso de ignorarla, se estaría abandonando un campo amplísimo en el seno del pensamiento político.</p>
      <p>Por otro lado, el análisis morfológico de las ideologías concuerda con lo que Freeden llama pensar sobre la política, esto es, el análisis de los conceptos encontrados en los grandes textos filosóficos, en los escritos políticos y los programas de los partidos, en los debates parlamentarios, en los periódicos, en la literatura popular —panfletos, incluso novelas, poesía etc.—, las conversaciones diarias y las producciones fílmicas. Para estudiar este material, el teórico político debe tener en cuenta una diferencia epistemológica fundamental entre él y el objeto estudiado; incluso aunque se estudie el desarrollo de un concepto en un gran autor, el objetivo del análisis morfológico de las ideologías es revelar y decodificar una forma de pensamiento, no discutir, defender o criticar posiciones intelectuales. </p>
      <p>De esta forma, Freeden critica la creencia existente entre algunos filósofos políticos de que no se puede realizar un buen estudio de un mal pensamiento político. El objeto de la buena filosofía, piensa Freeden, es distinto del de la buena teoría política, que analiza cómo los conceptos se ordenan y se relacionan entre sí. En este sentido, la buena teoría de las ideologías debería estar atenta a la retórica y a la evolución ideológica de los discursos, además de <italic>testar </italic>a las ideologías. Este test analizaría la capacidad de una ideología para realizar los fines y las funciones que se propone (independientemente de su valor moral); su habilidad para relacionarse con los constreñimientos culturales con los que opera, en especial de cara a legitimar o deslegitimar una ordenación particular de conceptos; si logra ejercer un poder persuasivo argumentativamente que transforme o preserve determinadas prácticas políticas; la capacidad de su discurso de ser atractivo, tanto racional como sentimentalmente, y su habilidad para dar sentido a los procesos políticos (<xref rid="B16" ref-type="bibr">Freeden, 2008</xref>).</p>
      <p>Por otra parte, Kari Palonen, junto con otros autores que estudian la retórica, se centra en el estudio del argumento —entendido como un tipo particular de acción pública basada en el ofrecimiento de razones—. Si «lo distintivo de la política no es la presencia de creencias, sino la presencia de creencias en contradicción unas con otras, no son las decisiones sobre posibilidades de acción, sino la disputa sobre las decisiones y posibilidades de acción» (<xref rid="B6" ref-type="bibr">Finlayson, 2007: 552</xref>), es necesario comprender aquellos argumentos y persuasiones que emplean los actores políticos en estos debates. En cierto sentido, esto es similar a la precisión de Skinner: «Si queremos entender cualquiera de los textos, debemos ser capaces de ofrecer una explicación no solo del significado de lo que se dice, sino también de lo que el escritor en cuestión pudo haber querido decir al decir lo que dijo» (<xref rid="B39" ref-type="bibr">2007: 91</xref>). Así pues, para Skinner, al contrario que para Laclau, conocer la intención del agente político es fundamental para el análisis teórico. De hecho, es a través de la retórica y de los argumentos como se producen las transformaciones de los conceptos que estudia la historia conceptual.</p>
      <p>La historia conceptual de Palonen o Skinner, con sus diferencias, presta una cuidadosa atención a las conexiones entre el contexto, el lenguaje y la intención, conceptualizando los textos políticos y las declaraciones como formas de acción que pueden explicarse al situarse en el contexto lingüístico. El estudio del argumento implica prestar atención a los actos lingüísticos, teniendo en cuenta sus procesos y acciones, estrategias e intenciones. Así, el estudio de los aspectos retóricos de la política no debería limitarse a los estudiosos de la retórica o el análisis del discurso. Al contrario, los estudios de caso son importantes para entender la vida política en sí misma (<xref ref-type="bibr" rid="B42">Wiesner <italic>et al., </italic>2017</xref>). En relación con esto, para Palonen (<xref rid="B32" ref-type="bibr">2005</xref>) cualquier documento puede contribuir al pensamiento político, ya sea académico, periodístico, parlamentario, un texto secundario de un autor, etc., ya que es el enlace entre las polémicas y las controversias y puede proveer las indicaciones sobre qué debería estudiarse en la teoría política.</p>
      <p>El estudio del argumento no se limita al estudio de los documentos, sino que el argumento también implica el uso de determinadas imágenes. La imagen, así como la «actuación artística» —<italic>peroratio</italic>— (<xref ref-type="bibr" rid="B42">Wiesner <italic>et al., </italic>2017: 74</xref>), es retórica y performativa. En este sentido, la imagen como tal es una forma de persuadir al receptor y de crear una realidad. Esta performatividad de la imagen puede aprehenderse en el uso de los símbolos políticos, en la distribución de los parlamentarios en las cámaras legislativas y de los ciudadanos en las asambleas, así como en los medios de comunicación. Los símbolos representan, porque «suplen» a aquello que hacen presente, pero, para que ese suplir sea efectivo, es necesario «que el pueblo crea en el símbolo» (<xref rid="B36" ref-type="bibr">Pitkin, 2014: 135</xref>). Son, en este sentido, una forma de argumentación que a veces queda oculta en el trabajo del teórico político, pero que está en el centro de la conformación de las comunidades políticas.</p>
      <p>En definitiva, el análisis retórico sitúa en primer plano la intersubjetiva y dinámica formación y reforma de los argumentos y los elementos en los que estos se componen. Observa, además, la diseminación de los conceptos, las palabras y las ideas mostrando cómo se emplean en las instituciones, siendo destruidos y redefinidos, examina la genealogía de las formas, cómo el sentido común es constituido y alterado, e identifica los patrones repetidos del argumento político (<xref rid="B2" ref-type="bibr">Atkins y Finlayson, 2016</xref>). </p>
    </sec>
    <sec>
      <title>V. CONCLUSIONES</title>
      <p>En conclusión, esta investigación ha realizado un desarrollo teórico a través de la aproximación a tres enfoques de análisis de los discursos políticos: el análisis del discurso de Ernesto Laclau, la historia conceptual de Kari Palonen y el análisis morfológico de las ideologías de Michael Freeden. La aproximación realizada permite, por un lado, señalar la falta de un método unificado de teoría política y, por otro lado, identificar varias de las tareas que puede realizar esta disciplina cuando estudia los discursos políticos. Esta investigación funciona, entonces, como una reflexión metodológica y como un manual en el que fijarse para encontrar formas de analizar los problemas políticos.</p>
      <p>Como se ha visto, a la hora de analizar los discursos políticos realizados por los agentes políticos, es posible centrar la vista en el significante, en el concepto o en el argumento. Sin embargo, sea cual sea el enfoque que se emplee o el objeto que se estudie, existe la obligación para el teórico político de definir bien los procesos con los que se trabaja: cuáles son el problema y la pregunta de investigación, cómo y por qué se define un determinado concepto, qué fuentes se utilizan para su análisis y cuál es el objetivo del trabajo. Se trata, entonces, de una particular atención que supla a la ausencia de un método estandarizado de teoría política.</p>
      <p>Aunque esta investigación se haya limitado al análisis de los discursos políticos desde un punto de vista teórico, también ha permitido comprender que la teoría política como disciplina estudia un lenguaje vago, inconcluso, indeterminado y ambiguo y lo hace, además, rodeada de desacuerdos radicales en torno a las preguntas fundamentales del pensamiento político. De esta forma, la teoría política como disciplina, que es un modo de conceptualizar y reflexionar sobre la política, se encuentra con un objeto de estudio impreciso que le obliga a repensar siempre su forma de actividad. Esta crisis de identidad de la teoría política, que llevó a grandes teóricos a preguntarse incluso por su existencia (<xref rid="B3" ref-type="bibr">Berlin, 1961</xref>), es inevitable ante la orfandad metodológica de sus investigadores, que tienen que revisar constantemente sus formas de aproximación a los fenómenos políticos. No obstante, esta necesidad de revisar constantemente sus planteamientos es la garantía de la objetividad en la disciplina, en la medida que esta objetividad no sea un estudio aséptico de su objeto que conduzca a definiciones últimas e incontrovertibles, lo que sería imposible, sino «la honestidad intelectual», que «devenía así incompatible con el anhelo de una certeza absoluta y la búsqueda de ilusiones de toda índole» (<xref rid="B1" ref-type="bibr">Abellán, 2015</xref>).</p>
      <p>De esta forma, la disciplina de la teoría política debe estar atenta a sus propios puntos ciegos, debe estudiar dejando claro qué es lo que estudia y cómo define los conceptos y los problemas políticos, si bien debe saber que estas definiciones están siempre abiertas, que son esencialmente contestables. La capacidad de los teóricos para leer y desgranar los textos puede dejar algunos puntos sin atender, como el uso de las imágenes en política, que es hoy un reto para la teoría política (<xref rid="B15" ref-type="bibr">Freeden, 2006</xref>), pero son precisamente estas dificultades las que permiten a la teoría política avanzar en sus análisis, tendiendo puentes entre el conocimiento de la ciencia política positiva y de la filosofía política.</p>
    </sec>
  </body>
  <back>
    <fn-group>
      <fn id="F1">
        <p> Los conceptos de punto nodal y significante vacío en la obra de Laclau no tienen siempre una distinción clara. Para análisis más profundos, ver Howarth (<xref rid="B22" ref-type="bibr">1998</xref>).</p>
      </fn>
      <fn id="F2">
        <p> Algunas de las obras metodológicas de Palonen son de difícil acceso para investigadores en lengua castellana. Sin embargo, sus desarrollos han sido continuados por varios de sus discípulos, por lo que, en ocasiones, esta parte incluirá referencias a continuadores —directos e indirectos— de su obra, así como a trabajos no estrictamente metodológicos.</p>
      </fn>
    </fn-group>
    <ref-list>
      <title>Bibliografía</title>
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          <year>2017</year>
          <source>Debates, Rhetoric and Political Action. Practices of Textual Interpretation and Analysis</source>
          <publisher-loc>London</publisher-loc>
          <publisher-name>Palgrave MacMillan</publisher-name>
          <comment>Disponible en: <uri>https://doi.org/10.1057/978-1-137-57057-4</uri>
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