NACIONALISMOS PERIFÉRICOS IBÉRICOS: IDENTIDAD, MÍMESIS E INVERSIÓN SIMBÓLICA
Iberian peripheral nationalisms: Identity, mimesis and symbolic inversion
RESUMEN
El artículo analiza los nacionalismos periféricos españoles —en particular el catalán y el vasco— desde una perspectiva psicopolítica que los concibe como marcos simbólicos de elaboración de percepciones de injusticia y de reafirmación identitaria. Sobre la base de un enfoque teórico-interpretativo guiado por una lógica abductiva (peirceana) de descubrimiento, orientada a construir hipótesis interpretativas capaces de dar sentido a un conjunto de regularidades simbólicas, y afectivo-discursivas, se plantea un modelo hermenéutico tripartito formado por procesos de inversión simbólica, mecanismos de configuración afectiva y efectos psicosociales de alcance colectivo. El análisis muestra cómo determinadas experiencias de subordinación política pueden convertirse en recursos de legitimación y capital simbólico negociador a través de repertorios emocionales ligados a la memoria de la pérdida, la culpa y el trauma elegido. En este sentido, se examina la producción simbólica de la identidad colectiva de los nacionalismos de territorialidad periférica como una mímesis del nacionalismo central y una reproducción invertida de sus lógicas, que sirve a la elaboración compartida del dolor, dolor de alegación histórica, la reivindicación moral y la búsqueda de reconocimiento.
Palabras clave: Nacionalismo periférico; psicología política; autorreparación simbólica; inversión simbólica; trauma elegido; fractura social.
ABSTRACT
The article analyses peripheral Spanish nationalisms—in particular Catalan and Basque nationalism—from a psychopolitical perspective that conceives of them as symbolic frameworks for the construction of perceptions of injustice and the reaffirmation of identity. Based on a theoretical-interpretative approach guided by a (Peircean) abductive logic of discovery, aimed at constructing interpretative hypotheses capable of making sense of a set of symbolic and affective-discursive regularities, a tripartite hermeneutic model is proposed, comprising processes of symbolic inversion, mechanisms of affective configuration, and psychosocial effects of collective scope. The analysis shows how certain experiences of political subordination can become resources for legitimation and symbolic negotiating capital through emotional repertoires linked to the memory of loss, guilt and chosen trauma. In this regard, the symbolic production of the collective identity of peripheral territorial nationalisms is examined as a mimesis of central nationalism and an inverted reproduction of its logics, serving the shared construction of the pain of historical allegation, moral vindication and the quest for recognition.
Keywords: Peripheral nationalism; political psychology; symbolic self-repair; symbolic inversion; chosen trauma; social fracture.
I. INTRODUCCIÓN[Subir]
El presente estudio se inscribe en una perspectiva amplia que combina enfoques institucionales, simbólicos y afectivos para analizar las formas contemporáneas de legitimación del poder aplicadas al nacionalismo periférico. La premisa de partida estriba en que, junto al orden jurídico y administrativo que sostiene al Estado, operan dimensiones emocionales y de imaginario que dotan de sentido a la comunidad política y a su continuidad histórica. El objetivo de este estudio no es dirimir la validez historiográfica, jurídica o normativa de los discursos analizados, sino examinar cómo determinados repertorios discursivos presentes en los casos catalán y vasco contemporáneos reproducen parcialmente mecanismos del legado nacional y, al mismo tiempo, los disputan simbólicamente, elaborando narrativas de lesión histórica y pertenencia que pueden convertir la falta de poder o de reconocimiento en recursos de legitimación. Al margen de la validez objetiva de tales narrativas, ellas remiten a una estructura simbólico-afectiva de desigualdad percibida que articula reconocimiento, emoción y memoria; en este sentido, nos aproximamos al concepto anglosajón de grievance (Capelos et al., 2022; Hinterleitner, 2020), entendido como fuente de legitimación política y cohesión moral.
En las últimas décadas, el resurgir de los nacionalismos periféricos en Europa —y, de manera singular, en España— ha reabierto el debate sobre los vínculos entre identidad colectiva, afectividad política y legitimidad del nivel nacional (Brubaker, 1996; Fusi, 2006; Gardels, 1991; Rivero, 2008; Storm, 2024). En este contexto, el nacionalismo implica una forma de psicología del Estado (Tyrrell, 1996): un modo de sentir, representar y justificar el orden social a través de la emoción y de los procesos inconscientes compartidos (Connor, 2002; Volkan, 1998). Los casos catalán y vasco han mostrado que las reivindicaciones nacionales, además de sustentarse en factores históricos o institucionales, se basan en formas de emotividad política comprensibles desde una hermenéutica de la lesión histórica alegada, dinámicas de inversión discursiva y representaciones del trauma colectivo.
II. NOTAS DE MÉTODO[Subir]
A lo largo de este trabajo, la expresión «nacionalismo periférico» se emplea como término koiné, en sentido comparativo y de coordenadas geográficas, sin presuponer homogeneidad irrestricta entre sus distintas corrientes, fases históricas o formulaciones políticas.
La elección de ambos casos, catalán y vasco, responde a su centralidad histórica y política en la configuración del conflicto territorial en España, así como a la densidad institucional, memorial y simbólica de sus respectivos procesos de nacionalización. En este sentido, Cataluña y el País Vasco constituyen escenarios particularmente adecuados para examinar dinámicas de inversión simbólica, elaboración afectiva de la pérdida y construcción de marcos de legitimación colectiva y capital negociador.
El caso gallego, aun relevante en una comparación más amplia, queda fuera por razones de delimitación del objeto, y lo mismo sucede con formulaciones de contorno más discutido, como los Països Catalans, que no se toman aquí como unidad empírica autónoma.
Sentado lo anterior, se pretende explorar cómo determinados nacionalismos periféricos que llamaremos ibéricos, el catalán y el vasco, articulan su identidad y su legitimidad a través de una cadena causal de tres niveles interdependientes: el ideológico-discursivo, el retórico-afectivo y el psicosocial. En esa estructura se distinguen: (1) los métodos de inversión simbólica, entendidos como operaciones de apropiación y resignificación del repertorio nacional; (2) los mecanismos psicopolíticos de configuración afectiva, mediante los cuales esa inversión se traduce en dinámicas de agravio, reconocimiento, cohesión y antagonismo, y (3) los efectos psicosociales derivados de la sedimentación institucional y memorial de esos repertorios.
La investigación se orienta a partir de dos preguntas. La primera es: ¿de qué modo ciertos repertorios del nacionalismo catalán y vasco contemporáneo convierten experiencias de carencia de poder o de falta de reconocimiento en recursos de legitimación discursivo-simbólica? La segunda es: ¿qué efectos psicopolíticos y psicosociales puede producir esa operación de legitimación sobre la cohesión interna del grupo y sobre la relación entre comunidad nacional, Estado e imaginario político compartido? Algunos de esos repertorios pueden operar como formas de autorreparación simbólica, en la medida en que imitan parcialmente la forma del nacionalismo central para disputarle legitimidad, presentando las heridas históricas como fuente de sentido y la subordinación como deuda moral a reparar.
La relevancia del enfoque reside en llevar el estudio del nacionalismo periférico más allá de sus dimensiones histórica, política o económica —ya sustancialmente abordadas— para llegar a su arquitectura psíquica y afectiva, entendida como una tecnología de regulación emocional de poder y no como mera ideología.
Se adopta un enfoque cualitativo e interpretativo, sustentado en una lógica abductiva, en el sentido peirciano del término (Douven, 2025), que permite formular hipótesis explicativas plausibles a partir de fenómenos que no son trabajados a fondo en los marcos teóricos existentes. Este método epistemológico no se basa en un análisis exhaustivo de la producción discursiva del nacionalismo catalán y vasco de más de un siglo, lo que exigiría un diseño distinto y un corpus delimitado; parte, más bien, de repertorios discursivos y afectivos ampliamente sedimentados en el espacio público y reconocibles en la experiencia política ordinaria, que operan aquí como base heurística para la formulación de hipótesis interpretativas. En este sentido, el argumento pretende identificar regularidades simbólicas plausibles y relevantes, cuya validez se juzga por su coherencia interna, su valor explicativo y su inteligibilidad.
III. LA PSICOLOGÍA POLÍTICA APLICADA AL ESTUDIO DEL NACIONALISMO[Subir]
En los estudios sobre el nacionalismo han predominado los enfoques sociológicos y estructurales —Gellner, Hobsbawm, Anderson, Smith (García, 2015)—, que explican su emergencia en función de procesos de modernización, institucionalización y construcción cultural, dejando en segundo plano las dimensiones afectivas y subjetivas del fenómeno (Finlayson, 1998). Así, la investigación académica sobre el nacionalismo ha sido parca en análisis psicológico, no solo porque este fue considerado durante mucho tiempo una simplificación reductora o psicologismo (ibid.: 146), sino también porque la tradición psicológica en el análisis político quedó fuertemente desacreditada tras la Segunda Guerra Mundial, debido a su instrumentalización en los regímenes totalitarios. En el contexto posterior, las ciencias políticas privilegiaron enfoques institucionales y racionalistas, relegando las perspectivas subjetivas.
Sin embargo, en las últimas décadas se ha recuperado una mirada psicosocial más reflexiva, atenta a los afectos, la memoria y la identidad, pero también consciente de sus riesgos normativos. En este marco, no aludimos a los procesos cognitivos individuales clásicos de la psicología social norteamericana (actitudes, persuasión, liderazgo), sino a la dimensión simbólica y afectiva de la vida colectiva, donde se configuran las identidades políticas y las legitimidades del poder.
Desde esta perspectiva, Tyrrell (1996) sostiene que el nacionalismo, más allá de entenderse como un fenómeno histórico, político o económico —como proponen Gellner o Hobsbawm—, debe concebirse también como una forma de psicología colectiva. De aquí que sea necesario desarrollar una teoría del nacionalismo centrada en la génesis del sujeto «nacional»: cómo se produce y se mantiene la identificación con la comunidad imaginada, cómo operan los afectos de pertenencia y exclusión, y cómo estos procesos sostienen las narrativas de identidad nacional.
1. La nación como categoría psicosocial[Subir]
La nación es una categoría psicosocial que integra un plano psicológico —procesos de identificación, emociones colectivas e imaginarios compartidos— y otro social —instituciones, símbolos y narrativas históricas—. Según Tajfel (1978, 1982, 1984), constituye una categoría social determinada por los valores y significados prevalentes en una sociedad y por el consenso que los legitima y se construye en la interacción intra e intergrupal mediante procesos que articulan identidad, pertenencia y diferenciación.
En este marco, el nacionalismo incluye un proceso dialéctico entre grupos nacionales (Gurruchaga, 1985; Tyrrell, 1996), basado en la contraposición simbólica entre la nación de pertenencia —a la que se pertenece objetivamente— y la nación de referencia —la deseada o ideal de pertenencia— (Ramírez y Torregrosa, 1992). Este proceso evoluciona desde una nacionalidad latente —orgullo sin movilización política— hasta un nacionalismo activo —movilización por la autodeterminación—, cuya intensidad depende de la legitimidad percibida del Estado y de la estabilidad de la situación nacional.
El nacionalismo funciona simultáneamente como estructura cognitiva (una manera de organizar el mundo social), en la que la adscripción comunitaria nacional es elemento fundamental de la identidad social (Klandermans, 1997; Melucci, 1995), y como estructura afectiva (una fuente de placer, orgullo y hostilidad). Gracias a esta doble dimensión, el nacionalismo puede transformar objetos ordinarios —como el idioma, la bandera o el deporte— en símbolos cargados de valor emocional.
2. Endogrupo y lesión simbólica [Subir]
Las emociones colectivas constituyen un componente relevante de la identidad nacional que va desde formas de identificación cívica relativamente inclusivas hasta modalidades más intensas de autoafirmación simbólica. En la psicología del nacionalismo suelen percibirse, de manera general, dos grandes orientaciones: por un lado, las aproximaciones naturalizadoras, que tienden a explicar la nación a partir de supuestos ligados a la raza, el territorio o la herencia cultural, atribuyéndole incluso una suerte de «personalidad» colectiva (García, 2015); por otro, las aproximaciones críticas, desarrolladas sobre todo tras las guerras mundiales, que han examinado el nacionalismo como un fenómeno susceptible de activar dinámicas de prejuicio, exclusión o proyección agresiva.
En este trabajo, estas aportaciones no se emplean como descripciones cerradas de todo nacionalismo ni, desde luego, como signo de patologización colectiva, sino como instrumentos analíticos para iluminar la dimensión afectiva del vínculo nacional y de la reafirmación simbólica, mediante los cuales una comunidad elabora una imagen positiva de sí y reacciona defensivamente cuando ésta se percibe cuestionada.
Autores como Reich (1974), Fromm (1957) y Adorno et al. (1950) subrayaron que determinados procesos de identificación colectiva pueden cumplir funciones compensatorias frente a experiencias de inseguridad, frustración o pérdida de control. Más adelante, Volkan (1997, 2013) desarrolló el concepto de «narcisismo de grupo grande» para describir formas de vinculación emocional con una imagen idealizada de la comunidad, especialmente sensibles a la percepción de lesión simbólica o falta de reconocimiento. En una línea afín, cierta psicología social ha estudiado distintas formas de autoestima grupal dependiente de la validación externa, mostrando que determinadas modalidades de sobreatención al propio grupo pueden asociarse, en algunos contextos, con respuestas defensivas, hostilidad intergrupal o actitudes de sospecha sistemática (Federico et al., 2023; Golec de Zavala et al., 2009; Kosterman y Feshbach, 1989).
Ahora bien, la pertinencia de estas categorías para el análisis del nacionalismo periférico no puede darse por supuesta ni trasladarse mecánicamente desde la literatura general. Su utilidad radica en ofrecer un marco heurístico para examinar si, y en qué medida, algunos repertorios discursivos y memoriales presentes en los casos estudiados articulan la pertenencia nacional en términos de lesión, falta de reconocimiento, necesidad de validación o reafirmación simbólica.
El enfoque de Langman (2006) amplía esta perspectiva al entender el nacionalismo como un proceso de identificación y proyección colectiva, en el que la nación puede incorporarse al ideal del yo personal y convertirse en objeto de inversión afectiva. Sin embargo, esta formulación tampoco debe leerse en términos unívocos: la identificación nacional puede sostener vínculos de solidaridad, continuidad cultural y responsabilidad cívica, sin derivar necesariamente en formas cerradas de autoidealización o antagonismo.
En el ámbito hispano, el estudio de la nación y los nacionalismos se ha desarrollado principalmente desde la historia política, la sociología y la teoría política. Sin embargo, en los últimos años se han consolidado aportaciones valiosas para una lectura atenta a la memoria colectiva, las emociones políticas y los procesos de identificación simbólica. En esta dirección, Archilés et al. (2022) han subrayado la centralidad de la historia, la memoria y la nación en la España democrática, mostrando hasta qué punto los relatos sobre el pasado forman parte de la disputa por los marcos de legitimidad en el presente.
En el caso vasco, los trabajos de Martínez (2022) sobre la memoria de la Guerra Civil en el nacionalismo vasco muestran cómo determinadas narrativas del pasado pueden contribuir a organizar el sufrimiento colectivo como principio de continuidad identitaria. Del mismo modo, las aportaciones reunidas por Castells y Molina (2022) permiten observar que la violencia, la memoria y su elaboración pública operan como recordatorios del pasado, y también como matrices de interpretación moral y política del presente.
Los procesos de nacionalización, además de comprenderse en términos doctrinales o institucionales, se entienden a partir de prácticas cotidianas de inscripción simbólica, pedagogías de la pertenencia y formas de expresión banal de la nación. En este punto, el volumen editado por Quiroga y Archilés (2018) sobre nacionalismo banal en España ofrece una aportación decisiva, al mostrar cómo la nación se reproduce en hábitos, símbolos, rutinas y marcos de reconocimiento cotidianos. Particularmente útil en este orden resulta la aportación de Molina y Quiroga (2017) sobre los procesos de nacionalización en Cataluña entre 1980 y 2015, ya que permite observar cómo la construcción de pertenencia colectiva se apoya en mecanismos institucionales y culturales de sedimentación identitaria que trascienden la formulación explícita de programas políticos.
En una dirección complementaria, Núñez (2023) ha insistido en la necesidad de evitar una lectura estática o autosuficiente del caso vasco y ha recordado que la configuración simbólica de la identidad nacional no se reduce a una lógica interna cerrada, sino que se nutre también de comparaciones, transferencias y marcos más amplios de legitimación.
A la vez, una lectura psicopolítica del nacionalismo periférico requiere prestar atención, además de a la memoria y a la identidad, a la dimensión emocional explícita de ciertos repertorios militantes o discursivos. En este punto, trabajos como los de Martínez (2022) sobre la memoria de la Guerra Civil en el nacionalismo vasco y los de Castells y Molina (2022) sobre violencia, memoria y elaboración pública del pasado en el caso vasco muestran cómo el sufrimiento y su inscripción memorial pueden convertirse en recursos de cohesión e interpretación colectiva.
3. La estrategia de transmutación simbólica[Subir]
Determinados repertorios del nacionalismo catalán y vasco contemporáneo elevan su condición de subordinación a emblema de superioridad moral, negando el imaginario nacional mediante su reproducción irónica: invierten sus códigos para disputar su legitimidad central. Esta operación responde a una lógica de autorreparación simbólica, en la que la falta de reconocimiento, la injusticia (Gamson, 1992; Gamson et al., 1982) o la deprivación relativa fraternal (Gurr, 1970; Runciman, 1966) se transforman en fuentes de autenticidad y movilización política (Klandermans et al., 1999).
Desde la perspectiva psicosocial, esta dinámica puede leerse como una comparación intergrupal compensatoria, en la que el grupo revaloriza su posición jerárquica, convirtiendo la debilidad política en virtud ética. La teoría de la identidad social de Tajfel (1982) explica que la autoestima colectiva se preserva mediante la reconfiguración valorativa de las categorías sociales.
Como advierte Tyrrell (1996), esta transvaloración traduce al plano afectivo las funciones de legitimación que el Estado ejerce institucionalmente. Así, el nacionalismo periférico simula la estructura nacional para apropiarse de su aura de soberanía. En esta línea, Sabucedo (1988, 1989) y Ramírez y Torregrosa (1992) lo describen como un nacionalismo reactivo, construido en la tensión entre la nación de pertenencia y la nación de referencia. Brubaker (1996) y Laclau y Mouffe (1985) completan esta lectura. Para Brubaker, el nacionalismo actúa mediante una reificación simbólica, donde las categorías de práctica —como «la nación»— adquieren eficacia performativa y producen los colectivos que aparentan describir, si bien este constructivismo resulta excesivamente nivelador e ignora usos de la nación sin contraste histórico.
De este modo, los símbolos centrales del discurso nacional —«pueblo», «nación», «democracia»— pueden ser desplazados y recodificados por actores periféricos, invirtiendo el eje de legitimidad política (Molina y Quiroga, 2017; Ucelay-Da Cal, 2003). La inversión simbólica designa, en suma, ese movimiento discursivo de reapropiación que transforma los signos del poder y posibilita la creación de nuevas identidades colectivas.
4. Regulación emocional colectiva[Subir]
La autorrepresentación victimista puede operar como un recurso de ventaja política, en la medida en que condiciona la respuesta del adversario y lo expone a ser percibido como desproporcionado o incluso abusivo. En ese marco, la posición de víctima refuerza la legitimidad de las propias demandas y contribuye también a desarmar simbólicamente al oponente y a reequilibrar la asimetría del debate.
A través de esta narrativa, algunos sectores del nacionalismo establecen una identidad moral compartida. El sentimiento de agravio transforma emociones negativas —frustración, impotencia o resentimiento— en emociones moralmente positivas como orgullo y dignidad. El individuo obtiene con ello valoración moral por pertenencia, no por conducta, y la adhesión emocional al grupo neutraliza toda autocrítica.
Los comportamientos de lealtad —símbolos, manifestaciones, uso de la lengua, participación en ritos conmemorativos— actúan como mecanismos de coherencia cognitiva; estas prácticas refuerzan la percepción de consistencia interna y funcionan como expiaciones simbólicas que validan la rectitud del individuo sin exigir revisión profunda del relato.
El sistema se completa con un horizonte redentor —la independencia o la restitución plena de soberanía— que canaliza la frustración y otorga sentido al presente. La expectativa de una reparación futura cumple una función homeostática que reduce la ansiedad colectiva y ofrece al grupo una forma de inmortalidad simbólica.
Todo ello configura un circuito emocional autorregulado en el que el daño atribuido al otro genera orgullo compensatorio.
IV. MÉTODOS DE INVERSIÓN SIMBÓLICA[Subir]
El análisis de las estrategias de inversión simbólica permite comprender cómo los nacionalismos periféricos reconfiguran los signos de subordinación para convertirlos en fuentes de legitimidad. A través de un trabajo discursivo sobre los lenguajes, los símbolos y las narrativas del Estado, estos movimientos resemantizan los marcadores de dependencia —histórica, cultural o política— transformándolos en pruebas de autenticidad y continuidad identitaria, eliminando toda jerarquía real o simbólica entre centro y periferia. Este apartado analiza seis operaciones de esa inversión: mecanismos discursivos mediante los cuales la condición subordinada se convierte en argumento de soberanía.
1. Mímesis funcional con inversión discursiva en los nacionalismos periféricos españoles[Subir]
Los conceptos de mímesis e inversión discursiva describen el doble movimiento característico de los nacionalismos periféricos: por un lado, la imitación estratégica de los códigos políticos, institucionales y retóricos del Estado (mímesis funcional); por otro, la alteración de su sentido para construir una legitimidad propia (inversión discursiva). En términos interpretativos, la mímesis reproduce la forma del discurso dominante —lenguaje jurídico, rituales, símbolos—, mientras que la inversión reorienta su valor y dirección de significado. Determinados repertorios de los nacionalismos catalán y vasco, además de resistir al centro, reflejan e invierten algunos de sus signos y lenguajes de legitimidad. Este proceso genera un efecto ambivalente, pues al mismo tiempo que imitan la estructura del poder cuestionado, acceden a sus lenguajes de legitimidad, reescribiéndolos y transformando la dependencia y la diferencia en autenticidad y autoridad moral.
A partir de la noción de «nacionalismo como categoría práctica» de Brubaker (1996) —según la cual el nacionalismo es, además de ideología, un modo de operar políticamente mediante lenguajes, símbolos y dispositivos de identificación—, cabe interpretar que los procesos de nacionalización subnacional en España reutilizan, al menos en parte, repertorios simbólicos, institucionales y discursivos ya consolidados por el nacionalismo central (Conversi, 1997; Keating, 1996). En este sentido, los nacionalismos periféricos pueden ser antagónicos en sus fines políticos y, sin embargo, converger parcialmente en las formas a través de las cuales producen comunidad, memoria y legitimidad.
Esta apropiación puede entenderse como una mímesis funcional: reproduce formatos legitimadores característicos del nacionalismo central —construcción de comunidad, sacralización de orígenes, codificación moral del conflicto—, pero reorienta su carga semántica hacia una narrativa nacional alternativa. Sin pretensión de exhaustividad histórica, esta dinámica puede observarse con especial claridad en dos dispositivos simbólicos de fuerte capacidad condensadora: la institución de un día nacional propio y la reinterpretación de determinados episodios bélicos como escenas fundacionales de resistencia. Estos motivos no agotan el repertorio nacionalista, pero permiten ilustrar de forma especialmente nítida la lógica de apropiación formal e inversión semántica aquí propuesta.
En esta inversión especular, el centro nacional aparece como instancia dominadora y la periferia como sujeto resistente. En términos de Tajfel (1982), el grupo preserva su autoestima mediante una comparación antagonista con un «otro» agresor; un mecanismo próximo a la escisión descrita por Volkan (1998). Laclau (2005) permite leer este proceso como articulación antagonista, en la que la identidad se constituye reocupando y resignificando el campo hegemónico. Así, más que inventar desde cero una gramática nacional, ciertos discursos nacionalistas reordenan materiales simbólicos reconocibles para presentar a la comunidad como lesionada, moralmente legitimada y políticamente diferenciada.
Puede verse esta lógica, por ejemplo, en la centralidad de días nacionales como la Diada o el Aberri Eguna, así como en la resignificación de episodios históricos de conflicto como marcadores rituales de pertenencia y legitimidad (Conversi, 1997; Molina y Quiroga, 2017). Mientras la historia nacional española elevó la Guerra de la Independencia a escena fundacional de soberanía frente al invasor (Álvarez, 2001), el nacionalismo catalán convirtió 1714 en emblema de pérdida de autogobierno y resistencia colectiva, proyectando retrospectivamente sobre una guerra dinástica una semántica nacional posterior (Conversi, 1997; Ucelay-Da Cal, 2003). En el caso vasco, determinados relatos retrospectivos de continuidad histórica han proyectado sobre episodios diversos una semántica de resistencia y singularidad política (Conversi, 1997). En ambos casos, la resistencia funciona como operador de legitimidad, si bien lo relevante aquí no es la equivalencia histórica entre episodios, sino la homología formal entre sus usos políticos de la memoria.
2. Negación de coautoría histórica: el borrado retrospectivo de la participación compartida[Subir]
La idea de nación —como recordó Ernest Renan en su célebre conferencia de 1882— se construye tanto sobre la memoria como sobre el olvido: «El olvido y, yo diría incluso, el error histórico son un factor esencial de la creación de una nación» (Renan, 1957: 83). En los nacionalismos periféricos españoles, este principio adquiere una función discursiva específica, la negación de coautoría histórica, es decir, el borrado retrospectivo de la participación activa en la construcción del Estado español moderno.
En este proceso, descrito por Enric Ucelay-Da Cal (2003) como una «invención de la no-colaboración», la disidencia se proyecta retrospectivamente hacia el pasado para construir una identidad homogénea y resistente. Se elabora así un relato de desimplicación histórica en ciertos repertorios que transforma la presencia en ausencia y la corresponsabilidad en subordinación. El enfoque consiste en reinterpretar el significado político de los hechos, desplazando las zonas de colaboración hacia un campo de coerción o engaño.
El objetivo es la fronterización simbólica: construir un pasado que fundamente la distancia actual. Los hitos de la historia compartida se silencian o se desplazan hacia el margen narrativo. En el caso catalán, la participación popular en la antes mencionada guerra de la Independencia (1808-1814) —uno de los momentos más amplios de movilización colectiva contra un enemigo común— apenas tiene relevancia en el relato nacionalista contemporáneo, que privilegia en cambio la caída de Barcelona en 1714 como símbolo fundacional de pérdida y victimización (Conversi, 1997). En el relato vasco, la implicación en la monarquía hispánica, el papel de sus élites en la Administración imperial o el mantenimiento de privilegios forales pueden diluirse en ciertos casos para construir una continuidad de resistencia en vez de lo que antes fue blasón de una gloria participada.
El resultado de esta operación es una identidad deshistorizada, en la que la comunidad se define más por lo que no fue que por lo que efectivamente fue. La negación de coautoría funciona como un ejercicio de purificación narrativa que suprime las ambigüedades históricas para producir una genealogía moralmente unívoca, condición necesaria para la posterior afirmación soberanista.
La negación de coautoría histórica constituye, por tanto, una primera operación de inversión simbólica, que, mediante el borrado retrospectivo de la participación compartida, desactiva el pasado común como espacio de legitimidad. Sin embargo, en este vacío narrativo, una vez despojada la historia de su condición colaborativa, se abre paso una segunda operación, la de desacreditación del origen, más ambiciosa y moralmente cargada.
3. Estrategia de emancipación por desacreditación del origen: el juicio moral fundacional[Subir]
La negación de coautoría actúa mediante el borrado retrospectivo, mientras la desacreditación del origen lo hace mediante un juicio moral sobre la fundación del Estado. Siguiendo a Hobsbawm (1990), podría considerarse una forma de «invención de tradición», un mecanismo de creación de legitimidad en el presente a través de la desautorización del pasado inmediato.
Este tipo de estrategias conforma lo que podría denominarse un nacionalismo de exclusión retrospectiva, en el que la nación emergente, para renegociar su relación con el Estado, procura invalidar el origen de éste como base de legitimidad. Como señala Keating (2001), cuando no es posible impugnar jurídicamente la existencia del Estado, se impugna su fundamento moral y simbólico. Así, los nacionalismos periféricos reinterpretan su papel histórico mientras ponen en cuestión la propia genealogía del Estado-nación español, presentándolo como una construcción ilegítima, impuesta o ajena a la voluntad de las comunidades ahora demandantes de soberanía.
Esta operación se apoya en una lógica identitaria profunda, pues como advierten Calhoun (1997) y Castells (1997), las identidades colectivas tienden a reforzarse en oposición más que en continuidad. La desacreditación del origen permite establecer una diferencia absoluta, dotando al proyecto independentista de un valor moral. La independencia se concibe como una restitución histórica más que como una ruptura. El nuevo sujeto nacional aparece así como heredero de un derecho usurpado, cuya recuperación adquiere un sentido ético y reparador.
En el contexto español, este patrón se observa en la tendencia de los discursos nacionalistas catalán y vasco a impugnar la legitimidad fundacional del Estado a través de la reinterpretación de sus orígenes. La monarquía hispánica —que en su momento articuló pautadamente un sistema plural de fueros, pactos y autonomías— ha sido presentada en determinados discursos como el inicio de una centralización opresiva, y las experiencias de colaboración política o fiscal se reescriben como signos de dominación (Guibernau, 1999). De este modo, la disputa sobre el pasado común tiende a centrarse en su sentido más que en los hechos en sí.
4. Producción de una memoria negativa de la nación matriz como marco de identidad alternativa[Subir]
La negación de la coautoría histórica y de la impugnación del origen común se acompaña lógicamente de otro elemento estructurante, como es la construcción de una memoria política negativa de la nación matriz, dentro de un relato histórico que la presenta como una fuente continua de agravios, dominación y negación identitaria. En esta lógica, el pasado es reconfigurado como un repertorio de ofensas que justifica el distanciamiento presente. Como advierte Jan-Werner Müller (2002), los movimientos políticos tienden a manipular la memoria colectiva para conferir legitimidad moral a sus proyectos actuales, lo que en este caso se traduce en la elaboración de un relato victimista frente a la nación de origen. Del mismo modo, tal como plantea Nora (1984), la memoria organizada actúa como un mecanismo de construcción identitaria que, al seleccionar y magnificar los recuerdos de dominación, otorga cohesión a una identidad nacional alternativa sustentada precisamente en la negatividad hacia la antigua metrópoli.
De este modo, la identidad nacional se afirma tanto en el afecto hacia «los nuestros» como en el odio hacia «los otros no conflictivos». A través de la construcción de «otros constitutivos», o exogrupos (Young, 2000), la propia identidad se fortalece al marcar distancia con un otro que representa todo lo que se quiere dejar atrás. Ello configura una economía emocional que consolida la lealtad interna y convierte el conflicto político en un enfrentamiento moral (Langman, 2006). Con la construcción de un enemigo externo o interno se puede proyectar hacia fuera la agresión reprimida y sostener la cohesión interna del grupo. En términos de Volkan (1998), el nacionalismo elige sus traumas, experiencias históricas de humillación, derrota o victimización que se mitifican y reactivan en distintos momentos, funcionando como emblema de unión.
En esa línea, este proceso genera un escenario donde dos relatos sobre el mismo pasado conviven en tensión dentro de un mismo marco jurídico-político. Así, la historia de España es resignificada en el discurso nacionalista como una secuencia de imposiciones y fracasos democráticos, desde la abolición de los fueros hasta la Constitución de 1978, pasando por el franquismo y la transición. En los casos catalán y vasco, esta memoria organizada funciona a través de cronologías de represión (1714, 1939, 2017), efemérides selectivas y silencios estructurales sobre momentos de integración con el Estado (Gurruchaga, 1985). El objetivo es producir una narrativa coherente con el presente político del nacionalismo periférico, más que reconstruir el pasado en su complejidad.
Este tipo de memoria negativa del Estado funciona como marco identitario en negativo: los valores que se atribuyen a la nación alternativa (libertad, tolerancia, modernidad, democracia, diversidad) se contraponen a los valores atribuidos a la nación matriz española (autoritarismo, uniformismo, atraso, centralismo). Así, en especial, la identidad nacional catalana se ha reconfigurado en parte como autoimagen moderna y progresista frente a una imagen proyectada de España como anticuada y represiva. Esta memoria alternativa se traduce en políticas públicas (como las de memoria histórica regional), en marcos educativos diferenciados, en representaciones mediáticas segmentadas y en la oficialización de relatos de «continuada resistencia».
5. Lógica del reconocimiento diferenciado como motor de construcción nacional periférica[Subir]
Un componente clave del discurso nacionalista es la demanda de reconocimiento como comunidad política diferenciada. Esta demanda se enmarca en lo que Taylor (1994) denominó la «política del reconocimiento», es decir, la necesidad de que las identidades colectivas sean afirmativamente reconocidas como legítimas y autónomas, más allá de una mera tolerancia. Desde esta perspectiva, el reconocimiento puede entenderse tanto en su dimensión simbólica e identitaria como en su vertiente de reivindicación de estatus (Fraser, 2000), es decir, como el anhelo de ser reconocido como una nación plena, con igual dignidad, capacidad de agencia y soberanía narrativa, y no como una parte subordinada de una nación mayor.
En el contexto español, esta lógica se ha intensificado desde la transición democrática, el reconocimiento constitucional de «nacionalidades y regiones» (art. 2 de la Constitución de 1978) ha sido interpretado de manera ambivalente y asimétrica. Así, para los nacionalismos periféricos catalán y vasco, la falta de un reconocimiento político simétrico ha llevado a una percepción de «infraidentidad», de pertenencia a una colectividad cuyo estatus nacional es degradado o ignorado por el Estado. Este sentimiento de desajuste simbólico ha sido uno de los principales factores que alimentan el nacionalismo (Requejo, 2005).
En este sentido, la construcción nacional periférica se convierte en una respuesta tanto a la opresión como a la insuficiencia de reconocimiento. Esta lógica del reconocimiento, más allá del ámbito institucional o legal, se extiende a la memoria histórica, la representación mediática, los rituales públicos y los sistemas educativos, todos ellos campos donde se produce y reproduce el sentido de pertenencia colectiva. Así, el nacionalismo periférico, junto a competencias y recursos, exige la creación de un marco interpretativo alternativo, donde su historia, lengua y símbolos ocupen un lugar central, sin subordinarse a un relato nacional central. En términos más estructurales, este proceso se puede interpretar como una forma de «nacionalismo postsoberano», en la medida en que, junto al control territorial, exige una soberanía simbólica: el derecho a definir sin subordinación los propios referentes históricos, culturales y políticos.
6. Independencia como restitución moral: entre ruptura institucional y continuidad identitaria[Subir]
Para el nacionalismo, el pasado nacional es menos un objeto de análisis histórico que de consagración narrativa. Como señala Anderson (1991), las comunidades políticas buscan imaginarse como eternas, aun cuando sean de formación reciente. Los nacionalismos periféricos se apropian de este principio para dotarse de profundidad temporal, pues la legitimidad es incompleta si se trata de una fundación ex novo, por lo que se prefiere presentarla como recuperación o restitución.
En su discurso político, la independencia se concibe como la restauración de una continuidad identitaria interrumpida, pero es un proyecto de futuro que aporta capital simbólico para el presente. Según la teoría del reconocimiento moral, la identidad colectiva requiere un marco de validación pública (Taylor, 1994), de ahí que surja una retrospección legitimadora que vincula justicia con memoria y legalidad con lealtad histórica.
A partir de narrativas fundacionales selectivas —relatos que filtran el pasado para construir una continuidad moral que justifique la transformación institucional del presente (Smith, 2003)—, la independencia se presenta como reparación simbólica y reconexión con una soberanía preexistente. En este marco, busca restaurar una soberanía supuestamente usurpada, transformando una decisión institucional contemporánea en una reivindicación moral con raíces históricas.
La independencia aparece como acto de autovalidación identitaria, donde la comunidad ya no necesita intermediarios para definir su estatus político. Sin embargo, esta lógica encierra una aporía fundamental, pues la pretendida continuidad soberana fue en realidad fragmentaria, ambigua y negociada en contextos imperiales, monárquicos o constitucionales. El mito de la continuidad opera como instrumento de movilización simbólica, no como fruto de un interés historiográfico.
V. MECANISMOS PSICOPOLÍTICOS DE CONFIGURACIÓN AFECTIVA COLECTIVA[Subir]
El estudio de los mecanismos psicopolíticos revela cómo los nacionalismos periféricos traducen sus estrategias simbólicas en dinámicas emocionales de cohesión y control. A través de la configuración afectiva, estos movimientos generan una identidad colectiva sostenida en la lealtad emocional y la confrontación moral. Este apartado identifica y analiza siete formas de influencia que transforman el discurso nacionalista en un dispositivo de movilización y adhesión simbólica.
1. Seducción simbólica y dramatización del agravio[Subir]
En los estudios de psicología política, la seducción simbólica opera mediante relatos que transforman el agravio en un recurso de movilización. Los movimientos nacionalistas evocan y escenifican el pasado a través de la construcción de monumentos, la conmemoración de fechas y la repetición de himnos y coreografías cívicas que generan una experiencia emocional compartida. Estas prácticas trascienden la mera evocación del pasado para producir adhesión afectiva, reactivando el vínculo entre identidad y herida (Brubaker, 1996; Volkan, 1997).
La lógica victimal, en este sentido, funciona como una tecnología de pertenencia. Sin la evocación ritual del daño, el grupo pierde su centro de gravedad simbólico. La dinámica no se orienta únicamente a la demanda de justicia, sino también a la reproducción de la emoción del agravio, que opera como capital moral y como frontera identitaria (Federico et al., 2023).
A través de estas liturgias del dolor, el recuerdo del perjuicio se convierte en un dispositivo de cohesión que define quién puede hablar en nombre de la nación y quién queda fuera de su imaginario moral. La discrepancia o el distanciamiento son percibidos como traición o indiferencia ante el sufrimiento colectivo (Eidelson y Eidelson, 2003). De este modo, la cohesión comunitaria puede apoyarse más en la memoria del agravio que en horizontes compartidos de futuro, generando una dinámica afectiva que limita el diálogo y favorece la reiteración emocional del pasado.
2. La fabricación de realidades: memoria y distorsión compartida[Subir]
La idea nacional se sostiene en regímenes de representación que otorgan coherencia emocional y legitimidad histórica a la comunidad (Tyrrell, 1996). La llamada «herida nacional» se configura como marco simbólico organizador, y es continuamente renovada por discursos, rituales y pedagogías colectivas.
Desde una perspectiva psicosocial, algunos movimientos nacionalistas pueden operar como sistemas relativamente cerrados de sentido, en los que la reconfiguración simbólica del pasado contribuye a preservar la coherencia del relato colectivo (Hare, 1991). La reiteración de determinados mitos históricos, junto con la deslegitimación de perspectivas externas, puede favorecer dinámicas de cierre interpretativo y de validación endogrupal, dificultando la confrontación plural de memorias y marcos de percepción.
Además de una dimensión estratégica, esta dinámica responde a una necesidad de coherencia interna, mantener la ilusión de continuidad moral y el control de la memoria colectiva. En ese proceso, la historia pasa de operar como espacio de interpretación a funcionar también como campo de gestión emocional, en el que el pasado se administra como un recurso político de legitimación presente.
3. La dramatización del trauma como frialdad afectiva y emoción colectiva superficial[Subir]
La fuerza emocional del nacionalismo se nutre del trauma narrativo colectivo, es decir, de la internalización de heridas históricas que son reinterpretadas como fundamento moral de la comunidad. Este proceso convierte el trauma en un mito redentor, donde el sufrimiento pasado legitima la unidad y la pureza del grupo, al tiempo que mantiene viva una emocionalidad de agravio frente a los «otros» (Langman, 2006).
Esta emoción es utilizada instrumental y superficialmente —«frialdad afectiva»— a través de dramatizaciones sistemáticas de agravios que sirven para mantener el estado de alerta y cohesión interna del movimiento, mientras dificultan cualquier proceso de reconciliación o empatía con la narrativa del sujeto colectivo español. Los rituales no buscan tanto un procesamiento auténtico del trauma histórico como consolidar un relato emotivo que movilice la solidaridad interna y mantenga viva la percepción de victimización (Eidelson y Eidelson, 2003). Según Volkan (1997), al evocar colectivamente un agravio, refuerzan vínculos internos y marcan nítidamente la frontera con el «otro». Bell (1992) añade que la repetición ritual crea una «experiencia emocional compartida» que legitima políticamente al colectivo y refuerza su identidad sobre la base de la ofensa perpetua.
En el caso español, pueden observarse dispositivos memoriales —como exposiciones, conmemoraciones o intervenciones monumentales vinculadas a la represión franquista— que organizan públicamente el pasado mediante recursos visuales, espaciales y narrativos orientados a producir una experiencia emocional de duelo, gravedad y resistencia (Archilés et al., 2022; Halbwachs, 1992; Nora, 1984). Desde esta perspectiva, el acto conmemorativo funciona como una escenificación ritualizada del sufrimiento colectivo, articulada mediante formas relativamente estables de condensación simbólica y repetición pública (Bell, 1992; Müller, 2002).
4. El Yo colectivo como absoluto moral[Subir]
Determinados repertorios nacionalistas articulan un discurso que presenta sus reivindicaciones como exigencias éticas prioritarias, por encima o al margen de otros condicionamientos legales y políticos. La teoría de la identidad social explica cómo los grupos desarrollan normas internas rígidas o sistemas de valores autodefinidos como universalmente respetables (Tajfel y Turner, 2001). Estos sistemas pueden fortalecer la percepción de que toda concesión o compromiso supone una renuncia al principio moral que fundamenta la identidad colectiva.
Según Staub (1989), este sentimiento de superioridad moral actúa como una barrera psicológica que bloquea la empatía hacia el «otro» y legitima la imposición unilateral de las propias demandas. Se transforma así la identidad grupal en un ego colectivo que absolutiza su mandato ético, de forma que cualquier disenso se interpreta como inmoralidad o corrupción.
En el caso catalán, especialmente en el ciclo soberanista reciente, la autodeterminación ha tendido a presentarse en determinados repertorios como una opción política revestida de exigencia democrática y moral. En ese marco, las salidas transaccionales o las fórmulas de acomodación dentro del orden constitucional pueden aparecer como formas de renuncia o subordinación, lo que refuerza la deslegitimación del disenso interno y de las propuestas de soberanía compartida (Guibernau, 2013; Molina y Quiroga, 2017; Requejo, 2005).
5. Impulsividad e irresponsabilidad política[Subir]
La saturación emocional de largo plazo, tras mucho tiempo de avances reivindicativos de lenta progresión, acaba produciendo el tránsito del control al desborde emocional, en el que la política del cálculo cede ante la lógica afectiva de la confrontación. En ciertos episodios de alta confrontación, algunos sectores del movimiento nacionalista pueden formular exigencias de máximos y, ante determinadas resistencias o bloqueos, retraerse del espacio de negociación. Esta dinámica puede proyectar una lógica de todo o nada que convierte el diálogo en un escenario de validación simbólica más que de resolución política.
Diversos estudios sobre movilización política señalan que los actores que adoptan tácticas de «alta confrontación» tienden a alternar periodos de diálogo con retiradas bruscas; un patrón de acción que pone en riesgo la estabilidad del proceso democrático (McAdam et al., 2001; Tarrow, 2011). Este comportamiento puede entenderse como una estrategia emocional y comunicativa orientada a mantener la tensión y la imprevisibilidad frente al adversario y reforzar la narrativa de agravio y resistencia.
En el caso de los nacionalismos periféricos españoles, el proceso que culminó en la convocatoria y celebración unilateral del referéndum independentista catalán de octubre de 2017 ejemplifica esta dinámica. Tras años de negociaciones y promesas de diálogo, el gobierno autonómico catalán optó por un acto unilateral sin acuerdo ni cobertura legal dentro de los canales constitucionales, lo que provocó una crisis político-institucional de gran calado (Guibernau, 2013; Hechter, 2001). Esta alternancia entre apertura nominal al diálogo y decisiones unilaterales refuerza la percepción de que las demandas nacionalistas son irrenunciables y, al mismo tiempo, cuestiona la estabilidad y la previsibilidad del sistema político español.
6. Memoria del sufrimiento y dificultades de reconocimiento intergrupal[Subir]
Determinados movimientos nacionalistas pueden articular relatos históricos que seleccionan y enfatizan episodios de sufrimiento —reales, reinterpretados o reelaborados— como vehículos de identificación emocional interna y de diferenciación afectiva respecto del otro político. En este sentido, Eidelson y Eidelson (2003) señalan que las «ideologías de conflicto» pueden favorecer creencias excluyentes que dificultan la empatía intergrupal, en la medida en que el énfasis en la propia experiencia de daño refuerza la percepción de que el otro carece de legitimidad moral para invocar categorías como la justicia o la reparación. De manera semejante, Staub (1989) describe procesos de deshumanización que pueden emerger en contextos de enemistad prolongada, donde el adversario es representado como incapaz de sufrir de forma auténtica, lo que facilita la justificación de conductas hostiles sin la misma inhibición ética.
Estas memorias colectivas no constituyen meros depósitos de hechos pasados, sino construcciones sociales que contribuyen a reforzar la cohesión grupal mediante la movilización de emociones compartidas (Halbwachs, 1992). Cuando esa memoria se organiza en función de objetivos políticos o estratégicos, puede convertirse en un recurso retórico que otorga centralidad al sufrimiento propio y dificulta el reconocimiento de experiencias ajenas o de la complejidad histórica de los procesos en cuestión (Volkan, 1997).
En los casos de los nacionalismos periféricos españoles, esta dinámica puede reconocerse, con intensidades y formulaciones diversas, en determinados dispositivos memoriales, conmemorativos y pedagógicos que organizan el pasado en torno a experiencias de pérdida, violencia, opresión o falta de reconocimiento. En el caso vasco, estudios como los de Martínez (2022) y Castells y Molina (2022) muestran cómo la memoria de la Guerra Civil y la elaboración pública de la violencia pueden convertirse en matrices de interpretación moral y política del presente, reforzando formas de cohesión basadas en la centralidad simbólica del sufrimiento propio. En el caso catalán, la aportación de Molina y Quiroga (2017) permite observar cómo ciertos procesos de nacionalización y pedagogías de la pertenencia favorecen marcos interpretativos autocentrados, en los que la experiencia histórica de agravio adquiere una especial densidad identitaria. Cuando esto sucede, la memoria histórica puede operar, además de como recurso de cohesión interna, como un marco que dificulte formas más amplias de reconocimiento recíproco y de elaboración compartida del pasado (Archilés et al., 2022).
7. Colaboracionismo instrumental bajo retórica de ruptura[Subir]
En distintos momentos, algunos nacionalismos periféricos, aunque en el plano discursivo proclaman la ruptura con el Estado central, han mantenido en la práctica políticas de cooperación táctica mediante apoyos parlamentarios a partidos de ámbito nacional, a cambio de concesiones simbólicas, competenciales o financieras (Guibernau, 2013; Hechter, 2001). Estas alianzas transaccionales reproducen una forma de simbiosis emocional y funcional, en la que el vínculo con el Estado —aun negado en el discurso— se convierte en fuente de legitimidad y beneficio.
Conforme a Olson (1965), estos «bienes selectivos», expresados en inversiones autonómicas o promesas de transferencias competenciales, operan como incentivos materiales que aseguran la participación de las élites regionales, incluso cuando ello contradice la retórica de pureza soberanista. Este intercambio instrumental revela una lógica de explotación relacional, donde la relación centro-periferia se gestiona mediante una utilización estratégica del vínculo.
Tal dinámica erosiona la confianza del sujeto colectivo español en la coherencia moral del discurso nacionalista, al evidenciar que tras la fachada de confrontación persiste un intercambio encubierto de favores orientado al beneficio partidista (Eidelson y Eidelson, 2003). La cooperación táctica aparece así como una estrategia de aprovechamiento simbólico, un modo de mantener la dependencia afectiva y material del Estado mientras se refuerza la narrativa de agravio y pureza ideológica.
VI. LESIONES COLECTIVAS PERCIBIDAS Y SUS EFECTOS[Subir]
El análisis de los efectos de las lesiones colectivas permite identificar las consecuencias emocionales y sociales derivadas de la fractura percibida. La reiteración del agravio y la polarización simbólica generan una memoria traumática compartida que debilita la confianza, erosiona la cohesión y fragmenta el imaginario común. Este apartado examina cómo esas dinámicas de deseo de contrapartida por el daño recibido y de culpa configuran una herida colectiva que afecta a la estabilidad psíquica y moral del cuerpo social.
1. Trauma emocional continuado[Subir]
La reiteración constante y la puesta en escena de ceremonias conmemorativas construyen en el sujeto colectivo del nacionalismo un estado de ansiedad crónica y sensación de amenaza permanente que remite a las características del trauma prolongado (Herman, 1992). Al igual que las víctimas de un abuso sostenido presentan hiperactivación del sistema de alerta (vigilancia excesiva, reacciones desproporcionadas ante estímulos neutros), la población expuesta de forma continuada a discursos que enfatizan la victimización desarrolla comportamientos de hipervigilancia social, es decir, desconfianza difusa hacia instituciones y grupos no identificados con la percepción de agravio (Erikson, 1976).
Este estado de estrés colectivo se traduce en trastornos indirectos tales como insomnio social (dificultad para «desconectar» de la discusión pública sobre la supuesta ofensa histórica), irritabilidad generalizada y tendencia a interpretar cualquier señal política como una nueva agresión. Nuevamente, Volkan (1997) denomina «trauma elegido» al mecanismo por el cual un grupo mantiene activo un recuerdo doloroso para dar sentido a su identidad; sin embargo, esta «elección» impide el procesamiento adaptativo del suceso y perpetúa un ciclo de reexperimentación traumática, comparable al flashback en individuos traumatizados (Herman, 1992).
En el contexto español, la dramatización anual de episodios como la Guerra Civil o la supresión de los fueros no solo reactualiza el pasado, sino que condiciona el estado de ánimo colectivo, pues cada conmemoración funciona como un detonante emocional que reactiva la herida en lugar de facilitar un espacio de resolución o memoria compartida (Volkan, 2001). De este modo, la colectividad interioriza una vulnerabilidad psicológica que se manifiesta en un sentimiento permanente de inestabilidad, lo que mina la resiliencia social y dificulta la construcción de un relato común.
2. Distorsión cognitiva masiva[Subir]
La memoria colectiva es una construcción social maleable, susceptible de «amnesias selectivas» que favorecen la unidad interna de un grupo a costa de distorsionar el relato histórico compartido (Halbwachs, 1992). Cuando esta dinámica se instrumenta sistemáticamente —al modificar libros de texto, señalizar solo determinados hitos en el espacio público o reinterpretar fechas clave— se genera una confusión masiva sobre la «verdad» de los acontecimientos pasados. Por su parte, Lewandowsky et al. (2012) señalan que la exposición repetida a información errónea refuerza la creencia en falsedades, incluso después de que se haya demostrado su inexactitud.
En última instancia, la distorsión cognitiva masiva socava los cimientos mismos del debate público, ya que, al no existir un terreno mínimo de acuerdo factual, cualquier discurso político puede ser retratado como «otra manipulación», lo que fomenta el escepticismo radical y la polarización extrema. Tal como advierte Sunstein (2009), cuando las sociedades dejan de priorizar la distinción entre lo verdadero y lo falso, desaparecen los espacios de conversación racional, precipitando un ciclo de fragmentación y radicalización donde imperan las emociones y las creencias incuestionables.
En el caso español, ejemplos como la proliferación de manuales escolares autonómicos que enfatizan la opresión «unilateral» de Madrid —sin contextualizar el papel de las regiones en la construcción del Estado moderno— o como ciertas cartografías políticas que trazan fronteras simbólicas imprecisas actúan como instrumentos de desorientación y disonancia para el sujeto colectivo español. Éste queda expuesto, por un lado, a relatos oficiales que hablan de colaboración mutua y, por otro, a versiones que presentan la historia únicamente en términos de victimización. Este choque genera desconfianza en cualquier narración histórica y la sensación de que «todas las versiones son discutibles» como recurso para una equidistancia pacificadora.
3. Herida moral histórica e inducción de culpabilidad[Subir]
Los nacionalismos periféricos despliegan estrategias discursivas que buscan inducir una culpa colectiva en el sujeto español, configurando al Estado como responsable moral de agravios históricos cuya reparación se plantea como una obligación permanente. Esta dinámica responde a lo que Volkan (1997) denomina síndrome de culpa compartida, un mecanismo mediante el cual los grupos asumen la necesidad de expiar faltas pasadas —reales o imaginarias— a través de concesiones políticas y simbólicas reiteradas. En el contexto español, dicha lógica se institucionaliza, con el objetivo de generar un imperativo moral que naturalice la idea de deuda, mediante resoluciones parlamentarias, informes de comisiones de la verdad o programas educativos que insisten en la «responsabilidad histórica» de Madrid.
Desde una perspectiva psicológica, la internalización de la culpa funciona como una forma de adaptación ante contextos prolongados de tensión y dominación. Herman (1992) muestra cómo las víctimas, al no poder modificar las condiciones de poder, transforman la culpa en un modo de supervivencia emocional. Algo semejante ocurre en el plano político: la opinión pública y las instituciones centrales adoptan una postura de penitencia colectiva, legitimando cada concesión —ya sea fiscal, competencial o simbólica— como un acto de reparación histórica. Este proceso erosiona la autoconfianza y consolida un clima moral en el que cualquier crítica al modelo descentralizador o al «reconocimiento diferenciado» se interpreta como una ofensa ética.
A largo plazo, la culpa crónica puede derivar en un patrón de inhibición colectiva. Staub (1989) advierte que el resentimiento prosocial, aunque de inicio fomente la empatía y la cooperación, acaba generando pasividad y autosilenciamiento cuando se prolonga sin resolución. De este modo, la culpa histórica se transforma en un instrumento de control emocional y simbólico que reproduce la asimetría y el proceso de desintegración entre periferia y centro.
4. Fractura del vínculo social[Subir]
La fragmentación del imaginario común equivale a la ruptura del tejido relacional que sostiene la solidaridad colectiva. Halbwachs (1992) ya señaló que la memoria compartida actúa como el pegamento simbólico que mantiene cohesionados a los grupos; cuando se multiplican narrativas autonómicas inconexas, se desvanece el «suelo» común sobre el que pueden edificarse proyectos colectivos, aunque obviamente ese es el efecto buscado. En el caso español, la coexistencia de relatos históricos divergentes —cada uno con sus propias conmemoraciones, currículos y símbolos— debilita la percepción de pertenencia a una misma comunidad política.
Esta desarticulación de la memoria colectiva se traduce en lo que Putnam (2000) describió como la erosión del capital social, es decir, el deterioro de la confianza, la reciprocidad y las redes de interacción que permiten la cooperación en bienes públicos. Los relatos excluyentes generan así un círculo vicioso de desconfianza interregional: a menor interacción, menor conocimiento mutuo, y, por tanto, menor disposición a la colaboración.
En paralelo, Norris (1999) vincula la pérdida de confianza política con la sensación de que las instituciones ya no representan una identidad compartida. Cuando las regiones construyen «infraestructuras simbólicas» propias —sistemas educativos, tribunales de memoria o celebraciones oficiales—, cada comunidad se percibe como guardiana de una verdad particular, mientras las instituciones centrales se tornan ajenas o incluso hostiles. Este fenómeno desemboca en una forma de anomia sistémica (Durkheim, 1984), caracterizada por el debilitamiento de las normas comunes y la pérdida de legitimidad de los marcos integradores.
En consecuencia, se reduce la interacción entre territorios, aumenta la desconfianza cultural y la diversidad de símbolos «nacionales» deja de operar como puentes emocionales para convertirse en marcadores de diferencia. La «anfractuosidad» resultante del espacio sociopolítico dificulta la acción colectiva a escala nacional y potencia la fragmentación y polarización identitarias.
5. Desgaste institucional[Subir]
La alternancia entre confrontación retórica y pactos oportunistas ha erosionado la credibilidad institucional y reforzado la percepción de que los mecanismos democráticos carecen de eficacia real. Como advierte North (1990), las instituciones solo se sostienen sobre la base de la confianza y de expectativas estables; cuando los actores interrumpen negociaciones sin causa aparente, o pactan en la sombra contradiciendo sus propios discursos, socavan esa confianza y generan un déficit de legitimidad que acelera el deterioro institucional.
En contextos de alta conflictividad étnico-territorial, Tilly (2003) subraya la importancia de las «coberturas institucionales» —normas no escritas, pactos tácitos, códigos de contención— cuya ruptura pone en duda la eficacia del Estado y refuerza la idea de una política guiada por intereses clientelares más que por el bien común. A ello se suma la pérdida de capital social institucional, entendida como merma de reputación, imparcialidad y previsibilidad (Fukuyama, 2014), un daño casi irreversible.
En el caso español, las crisis derivadas de referéndums no sancionados y pactos autonómicos opacos consolidan la impresión de que la política ha dejado de responder a un contrato social coherente para transformarse en una realpolitik de cálculo cortoplacista de las élites, lo que alimenta la desafección ciudadana y la abstención (Tormey, 2015). Este desgaste institucional se manifiesta en tres fenómenos principales: escepticismo creciente hacia partidos y Parlamentos, percibidos como instrumentos de poder antes que guardianes del bien común; aumento de la litigiosidad política, con recursos constantes al Tribunal Constitucional, tribunales o instancias europeas; y emergencia de espacios paralelos de decisión, como comisiones de la verdad autonómicas o mesas bilaterales, que sustituyen los cauces institucionales convencionales.
En conjunto, la repetida ruptura de reglas no escritas y el oportunismo pactista minan la solidez del Estado, reducen su capacidad de gestión del conflicto y fomentan una espiral de desconfianza que agrava la polarización territorial y la crisis de la democracia representativa.
6. Desmotivación cívica[Subir]
La exposición prolongada a discursos polarizadores y a la percepción de que el espacio público se halla fuertemente atravesado por lógicas de agravio, confrontación y desconfianza puede contribuir a una disminución del compromiso político y social en determinados sectores de la ciudadanía. La participación cívica depende, entre otros factores, de la percepción de eficacia política —esto es, de la creencia de que la acción individual puede influir en los resultados— y de la confianza en las instituciones y en los demás ciudadanos. Cuando esa confianza se erosiona, pueden aparecer formas de desafección, retraimiento o desvinculación respecto de distintas modalidades de participación (Dalton, 2008; Norris, 1999; Putnam, 2000; Verba et al., 1995).
La caída del capital social —confianza intergrupal, redes de colaboración y normas de reciprocidad— suele asociarse a una menor participación en organizaciones comunitarias, foros deliberativos y otras prácticas de implicación cívica (Putnam, 2000). En el caso catalán, estudios recientes han mostrado que la intensificación de la polarización afectiva durante los años del procés se relacionó con un deterioro de los sentimientos en forma de irritación, desconfianza y mayor distancia respecto del espacio público, mientras que otras investigaciones han apuntado también a efectos relevantes sobre la confianza intergrupal (Criado et al., 2018; Medina, 2021). En el caso vasco, la bibliografía reciente sugiere menos una apatía electoral generalizada que una relación más contingente con la democracia y sus instituciones, particularmente entre las generaciones más jóvenes (Txapartegi et al., 2025).
VII. LA SECUENCIA TRIPARTITA: MÉTODOS DE INVERSIÓN, MECANISMOS PSICOPOLÍTICOS Y EFECTOS[Subir]
El modelo hermenéutico desarrollado en este trabajo se articula en una cadena causal tripartita (ver gráfico 1) que explica cómo el nacionalismo periférico transforma la subordinación política en superioridad moral mediante tres niveles interdependientes: la inversión simbólica, los mecanismos psicopolíticos y los efectos psicosociales.
Gráfico 1.
Cadena causal tripartita entre métodos de inversión simbólica, mecanismos psicopolíticos de configuración afectiva y efectos psicosociales

Fuente: elaboración propia.
En primer lugar, los métodos de inversión simbólica actúan sobre los repertorios de legitimación del Estado. Los nacionalismos periféricos reproducen la gramática simbólica del poder central —sus rituales, su lenguaje institucional y sus narrativas históricas— para reorientar su sentido moral. Así, aquello que en el discurso nacional representa autoridad o unidad se resignifica como opresión o usurpación, generando una mímesis invertida o una copia estructural con signo afectivo contrario. En suma, cuanto mayor es la dependencia de los símbolos nacionales como materia de resignificación, mayor es la necesidad de diferenciación moral y emocional del nacionalismo periférico.
En segundo lugar, los mecanismos psicopolíticos traducen esa inversión simbólica al plano emocional. Los discursos reinterpretados movilizan afectos colectivos en torno a tres ejes: agravio, orgullo y esperanza redentora. La lectura catalana de 1714 o la vasca de los fueros abolidos son ejemplos de «traumas elegidos» que dotan de sentido y cohesión al grupo. La eficacia emocional del nacionalismo depende, así, de su capacidad para transformar el daño histórico en recurso moral, es decir, de generar la autoestima colectiva a través del resentimiento compartido.
La división política es también fractura psíquica y moral. La paradoja resultante es que la estabilidad emocional del nacionalismo depende de mantener viva la herida; el conflicto se convierte en un modo de existencia. Así, a medida que la memoria del agravio se transforma en eje moral, el grupo necesita preservar la fractura para sostener su unidad interna.
VIII. CONCLUSIONES[Subir]
El análisis realizado permite sostener, en términos hipotético-interpretativos, que determinados repertorios de los nacionalismos periféricos españoles pueden entenderse como formas de autorreparación simbólica del yo colectivo, articuladas en torno a una lógica de inversión que transforma experiencias de subordinación o de falta de reconocimiento en recursos de legitimación.
El modelo tripartito propuesto —métodos de inversión simbólica, mecanismos psicopolíticos y efectos psicosociales— constituye una arquitectura interpretativa que explica la persistencia y regeneración simbólica del nacionalismo periférico. Más que una cadena causal, se trata de una dinámica relacional en la que los tres niveles se coimplican en la producción de sentido político. Desde esta perspectiva, el nacionalismo periférico, además de una mera reacción a una desigualdad estructural, es una tecnología emocional del poder que reconfigura las relaciones de reconocimiento y pertenencia dentro del Estado.
Teóricamente, el trabajo ofrece una contribución a la psicosociología política del nacionalismo, al integrar enfoques habitualmente dispersos entre la sociología histórica, el psicoanálisis social y la teoría del discurso. Su originalidad reside en desplazar la atención desde las estructuras objetivas hacia las dinámicas afectivas que sustentan la legitimidad simbólica, completando así las interpretaciones clásicas de raíz sociológica.
Metodológicamente, la adopción de una lógica abductiva en el sentido peirciano ha permitido construir hipótesis interpretativas derivadas de patrones simbólicos y discursivos observables, cuya validez se establece mediante la coherencia y la plausibilidad teórica. Este enfoque entiende los procesos analizados como atribuciones de sentido, más que como causalidades lineales, pero creando la base para futuras verificaciones empíricas comparadas.
En cuanto a las limitaciones, la aportación del artículo debe entenderse como una propuesta de inteligibilidad teórica cuya validación empírica más fina exige desarrollos posteriores de alcance comparado y un trabajo sistemático sobre materiales discursivos, institucionales y memoriales vinculados a distintas etapas y agentes, también más allá de los casos catalán y vasco.
En síntesis, las narrativas de agravio pueden cumplir una función doble: por un lado, contribuyen a la articulación de la identidad colectiva al ofrecer una lectura compartida del conflicto; por otro lado, suponen una dinámica de legitimación compensatoria en la que la insistencia en el daño, la desigualdad o la falta de reconocimiento opera como mecanismo de acumulación de capital negociador. En contextos de interacción política sostenida, esta elaboración permite presentar determinadas demandas como respuestas proporcionadas a una situación alegada de desequilibrio, y no únicamente como expresiones de interés o de estrategia.