LA TEORÍA POLÍTICA DEL FASCISMO EN NICOS POULANTZAS: APORTES, LÍMITES Y DEBATES CONTEMPORÁNEOS
The political theory of fascism in Nicos Poulantzas: Contributions, limits, and contemporary debates
RESUMEN
Este artículo propone una relectura crítica de la teoría política del fascismo desarrollada por Nicos Poulantzas en Fascismo y dictadura. La III Internacional frente al fascismo (1970), situándola en el contexto de los debates contemporáneos sobre la relación entre estructuras sociales, dinámicas estatales, ideología y movilización política. Se argumenta que la principal contribución de Poulantzas no radica únicamente en su explicación del fascismo histórico, sino en haber formulado tempranamente el problema de la autonomía relativa de lo político frente a las interpretaciones economicistas e instrumentalistas dominantes en el marxismo de su época. A partir de una reconstrucción de sus principales categorías analíticas, el artículo examina tanto los aportes como los límites de su enfoque. En particular, se sostiene que, pese a su ruptura con el reduccionismo económico, la teoría poulantziana tiende a integrar la dinámica del fascismo dentro de una lógica funcional relativamente unificada, lo que dificulta captar la interacción contingente entre relaciones de clase, actores estatales, culturas políticas, procesos ideológicos y experiencias históricas concretas. Mediante un diálogo crítico con autores como Fraenkel, Broszat, Mann, Hall, Traverso, Jessop, Mosse, Griffin, Gentile y Costa Pinto se muestra cómo los desarrollos historiográficos posteriores complejizaron el análisis del fascismo incorporando dimensiones institucionales,culturales, simbólicas y geopolíticas. Se concluye que la obra de Poulantzas conserva una relevancia teórica significativa, no como explicación exhaustiva del fascismo, sino como una intervención fundamental en el debate sobre la articulación entre estructura, agencia y autonomía política.
Palabras clave: Fascismo; Nicos Poulantzas; teoría del Estado; autonomía política; estructura y agencia; ideología política.
ABSTRACT
This article offers a critical reassessment of Nicos Poulantzas’s theory of fascism as developed in Fascism and Dictatorship: The Third International and the Problem of Fascism (1970), situating it within contemporary debates on the relationship between social structures, state dynamics, ideology, and political mobilization. It argues that Poulantzas’s most significant contribution lies not only in his interpretation of historical fascism, but also in his early formulation of the problem of the relative autonomy of the political sphere against the economic reductionism and instrumentalist approaches that dominated much Marxist thought at the time. Through a reconstruction of his main analytical categories, the article examines both the strengths and limitations of his framework. It contends that, despite breaking with economic determinism, Poulantzas’s theory tends to subsume the dynamics of fascism within a relatively unified functional logic, thereby limiting its capacity to account for the contingent interaction between class relations, state actors, political cultures, ideological processes, and concrete historical experiences. Engaging critically with authors such as Fraenkel, Broszat, Mann, Hall, Traverso, Jessop, Mosse, Griffin, Gentile, and Costa Pinto, the article shows how subsequent historiographical developments have enriched the study of fascism by incorporating institutional, cultural, symbolic, and geopolitical dimensions. It concludes thatPoulantzas’s work retains considerable theoretical relevance, not as a comprehensive explanation of fascism, but as a key intervention in the debate over the articulation of structure, agency, and political autonomy.
Keywords: Fascism; Nicos Poulantzas; state theory; political autonomy; structure and agency; political ideology.
I. INTRODUCCIÓN[Subir]
El estudio del fascismo continúa ocupando un lugar central en las ciencias sociales y la teoría política contemporánea. Lejos de constituir un fenómeno exclusivamente circunscrito al período de entreguerras, las transformaciones recientes de las democracias liberales, el ascenso de nuevas derechas radicales y autoritarias y la persistencia de discursos nacionalistas y xenófobos han renovado el interés por las condiciones que hacen posible la emergencia de movimientos políticos capaces de combinar movilización de masas, crisis de representación, radicalización ideológica y reconfiguración autoritaria del Estado. Este renovado interés ha impulsado importantes debates teóricos sobre la naturaleza del fascismo, sus condiciones de posibilidad y las relaciones entre estructura social, acción política, ideología y formas estatales.
Dentro de este campo de discusión, la obra de Nicos Poulantzas ocupa un lugar singular. En Fascismo y dictadura. La III Internacional frente al fascismo (1976 [1970], en adelante FD), Poulantzas desarrolló una de las interpretaciones marxistas más sofisticadas del fenómeno fascista. Frente a las lecturas economicistas predominantes en amplios sectores de la tradición comunista, intentó reconstruir la especificidad política del fascismo mediante una teoría del Estado que otorgaba centralidad a la noción de autonomía relativa. Desde esta perspectiva, el fascismo no era concebido como un mero instrumento de una fracción de clase ni como una simple reacción a las crisis económicas, sino como una forma específica de Estado de excepción surgida en el contexto de una crisis de hegemonía del bloque en el poder y orientada a la reorganización autoritaria de las relaciones de dominación capitalistas.
La importancia de esta intervención teórica ha sido ampliamente reconocida. Sin embargo, la recepción posterior de Poulantzas ha estado marcada por una tensión persistente. Por un lado, numerosos autores han destacado el valor de su crítica al instrumentalismo y su esfuerzo por comprender la autonomía de las formas políticas. Por otro, diversas corrientes historiográficas y teóricas han señalado los límites de una explicación que, pese a sus innovaciones, tendería a reinscribir la dinámica del fascismo dentro de una lógica funcional vinculada a la reproducción de las relaciones de clase. Los debates desarrollados posteriormente por autores como Fraenkel, Broszat, Mann, Traverso, Jessop, Mosse, Hall, Griffin, Gentile o Costa Pinto han contribuido a complejizar el análisis del fascismo mediante la incorporación de factores institucionales, ideológicos, culturales, geopolíticos y subjetivos que difícilmente pueden reducirse a una única lógica causal.
En este contexto, el presente trabajo propone una relectura crítica de la teoría del fascismo elaborada por Poulantzas. La pregunta que orienta el análisis es en qué medida su conceptualización continúa ofreciendo herramientas para comprender la relación entre estructuras sociales, dinámicas estatales, ideologías políticas y formas de movilización colectiva en el estudio del fascismo. Más específicamente, se examina si la noción de autonomía relativa del Estado permite captar la especificidad política de los movimientos y regímenes fascistas o si, por el contrario, permanece limitada por una lógica funcional que dificulta comprender la interacción contingente entre relaciones de clase, actores estatales, culturas políticas y procesos de radicalización ideológica.
La hipótesis que guía este artículo es que la principal contribución contemporánea de Poulantzas no reside tanto en sus explicaciones concretas sobre el fascismo histórico como en la formulación de un problema teórico que continúa siendo fundamental: cómo articular el análisis de las estructuras sociales y estatales con la autonomía relativa de los procesos políticos e ideológicos. Desde esta perspectiva, los límites de su interpretación no derivan únicamente de una insuficiente atención a las dimensiones culturales o simbólicas del fascismo, sino también de su tendencia a integrar fenómenos heterogéneos dentro de una lógica funcional relativamente unificada. La historiografía posterior mostró la necesidad de comprender el fascismo mediante una articulación compleja entre relaciones de clase, dinámicas estatales, culturas políticas, experiencias de guerra, procesos de movilización de masas e imaginarios ideológicos. En este sentido, el artículo busca situar a Poulantzas como una figura de transición entre los grandes modelos estructurales del marxismo de posguerra y los enfoques históricos, relacionales y pluricausales que dominaron los estudios posteriores sobre el fascismo.
Para desarrollar este argumento, el trabajo se organiza en cinco apartados. En primer lugar, se reconstruyen los principales elementos de la teoría del Estado desarrollada por Poulantzas que sirven de fundamento para su interpretación del fascismo. En segundo término, se examinan sus tesis centrales acerca de la génesis y función política del fascismo. Posteriormente, se analizan los principales aportes de este enfoque, así como sus límites conceptuales y empíricos. Finalmente, se pone esta interpretación en diálogo con debates historiográficos y teóricos contemporáneos, con el propósito de evaluar tanto su vigencia como sus limitaciones para el estudio del fascismo y de las formas contemporáneas de radicalización autoritaria.
II. EL FASCISMO COMO FORMA DE ESTADO EXCEPCIONAL[Subir]
La teoría del fascismo en Poulantzas se articula dentro de su concepción general del Estado capitalista. Recordemos algunos de sus conceptos fundamentales. En su teoría, uno de los ejes fundamentales es la relación entre poder político, clases sociales y Estado. En Poder político y clases sociales en el Estado capitalista (2012, en adelante PPyCS), Poulantzas se distancia de las concepciones instrumentalistas que concebían al Estado capitalista como un mero instrumento en manos de la clase dominante. Contra esa visión reduccionista, Poulantzas sostiene que el Estado posee autonomía relativa: no se limita a ser una simple correa de transmisión de los intereses inmediatos de la clase capitalista, sino que funciona como un mediador institucional que organiza la hegemonía, regula los conflictos entre fracciones sociales y produce formas de consentimiento y cohesión social. Esta doble función —arbitrar intereses y reproducir condiciones institucionales e ideológicas— hace que el Estado desempeñe un papel más complejo en la reproducción de las relaciones sociales de dominación.
El Estado capitalista es, en esta perspectiva, una condensación material de una relación de fuerzas entre clases. Su función principal es garantizar las condiciones generales de reproducción del modo de producción capitalista, lo cual implica articular intereses contradictorios en el seno de la propia burguesía y organizar la hegemonía de clase. Por este motivo, el Estado puede incluso enfrentarse coyunturalmente a sectores de la clase capitalista —por ejemplo, imponiendo regulaciones o medidas que afectan intereses inmediatos de la clase capitalista—, en tanto ello resulta necesario para preservar la dominación de clase a largo plazo.
Este enfoque permite comprender que la relación entre Estado y clase capitalista no es mecánica ni lineal, sino mediada por la lucha de clases y por las contradicciones internas del bloque en el poder. El Estado no pertenece a la clase capitalista, sino que funciona estructuralmente en su beneficio, ya que organiza las condiciones de dominación y asegura la reproducción ampliada del capital.
En FD, Poulantzas procura aplicar este marco al análisis concreto de los regímenes fascistas en Italia y Alemania, desarrollando una teoría política del fascismo que se aparta deliberadamente del determinismo económico y del reduccionismo de clase.
Inicia su análisis situando al fascismo en el marco del período histórico general en el que emerge. Lo define como un momento decisivo de la transición hacia el predominio del capitalismo monopolista —o imperialista— y del correlativo fortalecimiento del Estado intervencionista. En este sentido, el período fascista se caracteriza por la agudización de las contradicciones y crisis propias del imperialismo, así como por aquellas derivadas de una fase histórica de transición.
Desde esta perspectiva, el fascismo no aparece como una simple herramienta de la burguesía ni como un reflejo mecánico de la infraestructura económica, sino como una respuesta política a una crisis orgánica dentro del bloque en el poder, particularmente del capital monopolista. Esta respuesta adopta la forma de un régimen excepcional, caracterizado por la suspensión de los mecanismos representativos y democráticos, la centralización del poder y la movilización de masas en función de una reorganización del orden social y político. Según Poulantzas, «el fascismo constituye una forma específica del Estado de excepción, cuya función es reorganizar la hegemonía del capital monopolista en un contexto en el que esta no puede imponerse mediante el juego parlamentario» (Poulantzas, 1976: 57).
Entre los elementos estructurales que definen al fascismo, Poulantzas subraya en primer lugar la transición del capitalismo liberal al capitalismo monopolista de Estado, proceso que implica el surgimiento de nuevas formas de intervención estatal y una profunda reconfiguración de las alianzas de clase. Esta transición no es meramente económica, sino que supone la emergencia de una nueva forma estatal capaz de imponer un nuevo orden político y social. En este sentido, el fascismo aparece como expresión de un bloqueo político al proceso de transformación estructural del Estado capitalista de tipo liberal hacia el capitalismo monopolista. Para Poulantzas, «no se puede analizar el fenómeno político preciso del fascismo sino proponiendo, al mismo tiempo, una teoría del Estado de excepción y de la crisis política» (ibid.: 2).
Este bloqueo se manifiesta, en particular, en aquellos países definidos por Poulantzas como eslabones débiles de la cadena imperialista, entre los que destacan Alemania e Italia: «El lugar más o menos débil o fuerte en la cadena no se reduce a una evolución cronológica de adelanto o de retraso, como tampoco el desarrollo desigual se reduce a un simple ritmo económico» (ibid.: 18). Alemania e Italia, con sus diferencias, eran países en los que se combinaban procesos de industrialización tardía, persistencia del atraso agrario, ausencia de reformas sociales estructurales y una profunda crisis de representación política.
Alemania era una potencia industrial en ascenso. La fisura se produce «en el período de transición del feudalismo al capitalismo, a la naturaleza y al proceso de su revolución democrático-burguesa» (ibid.: 20). Esta «revolución» fue tardía y no la encabezó la burguesía, sino Bismark, por medio de una alianza particular de la burguesía con la nobleza rural, los grandes propietarios rurales de Prusia, que conservaron durante mucho tiempo una preponderancia política decisiva. Poulantzas destaca que la forma política del Estado, una federación con amplia autonomía local de Gobiernos y Parlamentos, se hallaba muy retrasada en relación al canon burgués del Estado centralizado, expresando una debilidad hegemónica de dicha burguesía.
Poulantzas discute directamente la tesis del capitalismo monopolista de Estado defendida oficialmente por los partidos comunistas, señalando que exagera la subordinación directa del Estado al gran capital y no permite captar la lógica interna del régimen fascista ni su capacidad de atraer apoyo social más allá de las clases dominantes.
A diferencia de las explicaciones economicistas, Poulantzas sostiene que las crisis económicas no son suficientes para engendrar fascismo. Este solo emerge cuando coinciden determinadas coyunturas en la lucha de clases y por factores internos, como el colapso del sistema representativo, la crisis de hegemonía y la incapacidad de las clases dominantes para mantener el orden político por medios democráticos. El fascismo, entonces, fue un producto de la crisis política en los países en transición a la etapa del capitalismo monopolista y reducible a consideraciones económicas solo «en última instancia».
Por último, el fascismo es definido por Poulantzas como un fenómeno de masas que requiere un movimiento popular organizado, un Estado burocrático-policial y una estructura ideológica que articule elementos pequeño-burgueses, nacionalistas y antiparlamentarios. Es precisamente esta dimensión de masas la que permite al fascismo llevar adelante la reestructuración del Estado, superando a los viejos partidos del orden. En este sentido, el fascismo constituye una forma específica de Estado distinta tanto de la dictadura militar como del personalismo autoritario, orientada a eliminar los obstáculos institucionales a la dominación del capital concentrado, incluso al precio de destruir las formas tradicionales de representación política.
III. APORTES E INNOVACIONES TEÓRICAS DEL ENFOQUE DE POULANTZAS[Subir]
La teoría del fascismo elaborada por Poulantzas constituyó, en su momento, una ruptura significativa con los modelos explicativos predominantes en el marxismo del siglo xx, especialmente aquellos derivados de la Tercera Internacional. Su contribución fue relevante por al menos tres motivos: la crítica al economicismo, la centralidad que otorga a la política como dimensión relativamente autónoma y su capacidad para articular una teoría del Estado que propone integrar causas económicas, políticas e ideológicas en una explicación integral del fascismo.
Uno de los aportes más duraderos de Poulantzas fue su crítica a las versiones que reducen el fascismo a un simple instrumento del capital monopolista. En ese sentido se delimita de todas las corrientes que ven al fascismo exclusivamente como el arma de guerra del capital contra el trabajo. Sostuvo que el fascismo no puede considerarse como una simple respuesta a una amenaza revolucionaria. Por el contrario, aparece cuando esa amenaza ha sido derrotada y la burguesía busca una reorganización autoritaria de su dominio.
Al subrayar el carácter político del fenómeno, introdujo una lectura en la que el fascismo no representa tampoco una respuesta «lógica» a la crisis económica, sino el resultado de una coyuntura específica, marcada por el colapso del régimen democrático-burgués. En ese sentido, se esfuerza por comprender las fuentes de inestabilidad provenientes de la arquitectura institucional, pero relacionadas con las fuerzas vivas en pugna, evitando los análisis centrados exclusivamente en las modalidades institucionales.
Otro de sus méritos fue la inclusión del papel de las clases intermedias, en particular la pequeña burguesía, no como simples apéndices de las fracciones dominantes, sino como actores con capacidad de iniciativa. Al identificar sus vínculos ideológicos y organizativos con el fascismo, Poulantzas otorgó a estas clases una función estratégica en la construcción del consenso de masas, reconociendo así el papel de la ideología y del aparato estatal en la producción de legitimidad. La pequeña burguesía no es solamente una clase oscilante: su articulación con el fascismo le otorga una relativa autonomía, convirtiéndola en la base social del movimiento: «El proceso de fascistización y el fascismo corresponden a una situación de crisis política de la pequeña burguesía y a su constitución en auténtica fuerza social por el medio indirecto de los partidos fascistas» (ibid.: 289).
En tercer lugar, un aporte de Poulantzas a la teoría del fascismo reside en su rechazo a la idea de una clase dominante homogénea y unificada. En lugar de ello, concibe la dominación capitalista como estructurada en torno a un bloque de poder compuesto por fracciones de clase diferenciadas, cuyas relaciones están atravesadas por contradicciones económicas, políticas e ideológicas. Esta lectura abre un espacio estratégico para pensar las políticas de alianza en tanto la heterogeneidad del bloque dominante implica que la lucha antifascista no se reduzca a una confrontación binaria entre clases, sino que puede articular estrategias de frente único y frente democrático orientadas a intervenir sobre las fisuras internas del poder, disputar fracciones intermedias y construir correlaciones políticas alternativas capaces de bloquear la salida fascista.
Uno de los aportes más importantes es el análisis de la destrucción de los mecanismos de representación política burguesa. El fascismo vacía de contenido y, finalmente, liquida al Parlamento, a los partidos tradicionales y a las formas liberales de mediación, sustituyéndolas por una representación directa y plebiscitaria. La democracia parlamentaria deja de ser funcional para la reproducción del poder capitalista en condiciones de crisis profunda y es reemplazada por una forma estatal que prescinde de la negociación política institucionalizada. De esta forma, Poulantzas ofrece un marco teórico basado en la noción del carácter «excepcional» del estado fascista, derivado del análisis de Marx sobre la dictadura bonapartista en El 18 Brumario y aplicado al fascismo en los años treinta por Otto Bauer, León Trotsky y August Thalheimer.
A diferencia de las dictaduras militares, la arquitectura del Estado fascista no puede comprenderse como resultado del movimiento de dominación de arriba hacia abajo. Se apoya en una movilización activa de las masas, en particular de la pequeña burguesía, específicamente en el primer período de ascenso y toma del poder, canalizando su ideología, sus miedos y su resentimiento en una forma autoritaria y nacionalista de integración política.
Finalmente, es necesario destacar la fertilidad teórica de la noción de autonomía relativa del Estado. Esta noción, formulada inicialmente en PPyCS, se aplica en FD al caso de los regímenes fascistas, permitiendo analizar cómo el Estado puede organizar alianzas, excluir fracciones del bloque dominante y movilizar sectores populares, incluso cuando estas acciones no coinciden de manera inmediata con los intereses económicos del gran capital. El fascismo es una forma de Estado de excepción, pero distinta tanto del bonapartismo como de la dictadura militar clásica. Su especificidad reside en que combina coerción reforzada, movilización de masas y reestructuración institucional.
En conjunto, estos aportes permiten afirmar que la lectura de Poulantzas fue pionera en la politización del análisis del fascismo, anticipando enfoques posteriores que pondrían el foco en la ideología, las instituciones, la cultura o la geopolítica.
IV. LÍMITES Y CONTRADICCIONES DEL ENFOQUE DE POULANTZAS[Subir]
A pesar de sus aportes, la teoría del fascismo desarrollada por Nicos Poulantzas presenta una serie de límites conceptuales y empíricos que han sido señalados por múltiples autores. Estos límites no solo afectan la comprensión del fenómeno fascista, sino que reflejan algunas tensiones internas de su marco teórico general, especialmente en relación con su enfoque epistemológico, la teoría del Estado y la ideología.
1. Funcionalismo político y ausencia de contradicciones reales[Subir]
Uno de los principales cuestionamientos es el carácter excesivamente funcionalista de su interpretación. Recordemos, como ya lo mencionamos, que para Poulantzas el fascismo es la forma política mediante la cual se recompone una nueva unidad de dominación de clase bajo el liderazgo del capital monopolista. Pero esta aserción no explica cómo se relacionaron en la práctica las distintas fracciones del capital con el movimiento fascista ni cómo interactuaron sus intereses con las estrategias del aparato del Estado. En el análisis estructural parece que esa conexión ya está resuelta de antemano por la función general del Estado, antes aun que pueda ser moldeado por la lucha viva de las clases y los grupos sociales. En definitiva, y aunque Poulantzas quiso que FD sea la expresión empírica de su análisis teórico, reproduce la misma herramienta cognitiva que PPyCS, donde las estructuras siempre parecen definir el rango y modalidad de las prácticas. Estas últimas aparecen como manifestaciones subordinadas o portadoras de dichas estructuras. En todo caso, esa tensión entre estructura y práctica siempre escora en beneficio de la primera. Como se lo había señalado de manera aguda su contemporáneo Caplan en una fecha tan temprana como 1977: «Las estrategias de las fracciones del capital respecto del fascismo no fueron ni homogéneas ni estáticas, y su relación con los movimientos fascistas estuvo marcada por ambivalencias, temores y ajustestácticos, más que por una decisión política coherente de apoyarlos como solución a la crisis» (Caplan, 1977). Esto permite entender la naturaleza contingente, conflictiva e incluso contradictoria de estas relaciones durante el período de ascenso fascista, y no su carácter funcional o su rol estructural. Dicho de otro modo, entender estas relaciones contradictorias y cambiantes entre el fascismo y la clase dominante evita caer en la trampa funcionalista que le asigna al fascismo la tarea prescrita de la resolución de la crisis en la transición hacia el capitalismo monopolista. Pero la respuesta estructuralista siempre se sobrepone a los conflictos prácticos, históricos entre las clases y los grupos políticos. En última instancia, las contradicciones entre actores pueden muy bien ser el teatro de sombras detrás del cual la estructura hace su trabajo.
En última instancia, FD adolece del mismo problema que PPyCS, donde cualquier manifestación histórica, por más contradictoria que parezca con los objetivos e intereses de la clase capitalista, puede ser presentada como funcional a ella. Así, las categorías son proporcionadas por la lógica de la estructura que las precede. El material historiográfico solo sirve para validarla. Los eventos solo son importantes en la medida en que son componentes funcionales de la estructura en su conjunto.
Si bien Poulantzas insiste en que el fascismo no es un mero instrumento del capital, en la práctica su análisis tiende a subordinar todos los movimientos del régimen a una «función global» de reorganización de la hegemonía del capital monopolista. Esto lo lleva a postular, por ejemplo, que incluso las contradicciones entre el Estado fascista y ciertas fracciones del capital pueden explicarse como parte de esa funcionalidad más amplia. Como advierte Jessop: «El concepto de función política global opera de manera puramente subsumida si no se fundamenta en un análisis coyuntural concreto. Así, el funcionalismo reemplaza al análisis empírico» (Jessop, 1985: 254).
El problema de fondo radica en que esta lógica tiende a neutralizar el conflicto interno del aparato estatal fascista, pasando por alto las luchas entre burocracias, partidos, militares, empresarios y liderazgos personales. La idea de que el fascismo logra resolver la crisis mediante un nuevo bloque histórico omite la dimensión caótica, improvisada y muchas veces disfuncional que muestran los estudios empíricos sobre el Tercer Reich. Por eso no es casual que, a pesar de los compromisos y concesiones asumidos por el fascismo, del papel protagónico de la pequeña burguesía al interior del aparato del Estado y del partido, Poulantzas sostiene que su función principal era fomentar la dominación económica, política e ideológica del capital monopolista.
El fascismo es explicado en términos de lo que «hace» (reorganizar la dominación del capital concentrado) y no tanto cómo se configura históricamente en su multiplicidad. Jessop (ibid.) observa que, pese a sus avances frente al estructuralismo clásico, la teoría de Poulantzas no desarrolla una concepción suficientemente reflexiva de la acción estratégica, lo que conduce a que las formas históricas del fascismo sean explicadas principalmente en términos de su función dentro de una lógica estructural más amplia.
Este funcionalismo estructural da la base de una teoría del desarrollo. Como lo advirtió Rabinbach (1976) para Poulantzas, «el fascismo es un purgante de las restricciones al desarrollo capitalista» cuya función era «exorcizar la estructura social tradicional que representaba un obstáculo para el desarrollo de la hegemonía capitalista en Italia y Alemania». Pero el análisis se detiene en su etapa de estabilidad 1933-1934 y no se cuestiona la catástrofe económica, militar y social de la aventura fascista.
En textos posteriores, como Estado, poder y socialismo (2005), Poulantzas toma cierta distancia del funcionalismo estructuralista al afirmar que el Estado no es un sujeto ni una cosa: es una relación social, una condensación material de una relación de fuerzas entre clases y una arena de disputas. Esta nueva lectura habilitaba una profundización de las contradicciones y conflictos entre actores y podía moderar la taxativa definición de la función del fascismo que se expresa en el libro de 1970.
Al inscribir el fascismo como forma de Estado en la transición al capitalismo monopolista, Poulantzas tiende a clausurar otras posibles interpretaciones del fenómeno que incluyen aspectos irreductibles a dicha explicación, como las derivas irracionales (como el exterminio nazi), las dinámicas culturales, raciales, sexistas o coloniales que atraviesan el fascismo o la desatención a las contradicciones internas que ya hemos mencionado entre la industria pesada, el capital financiero, las clases medias, la burguesía y la pequeña burguesía agraria, etc.
Su modelo tiende a ver el fascismo como una solución más que como un campo abierto y contradictorio de luchas. Al intentar encajar al fascismo dentro de una función estructural precisa y generalizable, Poulantzas corre el riesgo de esencializarlo, a pesar de que —paradójicamente— él mismo dirá después que el Estado no tiene esencia, sino que es un campo abierto de lucha, en contradicción evidente con su principio rector de función social.
FD concede un lugar relevante al debate sobre la estrategia política, en particular al análisis crítico de la línea de la Comintern y de los errores cometidos por el movimiento obrero frente al fascismo, lo que supone reconocer un margen de eficacia a las decisiones y prácticas de los actores. Sin embargo, esta problematización de la estrategia se formula de manera fundamentalmente ex post, como explicación de derrotas ya consumadas, mientras que la estructura opera ex ante, delimitando lo posible y lo necesario en la transición al capitalismo monopolista. De este modo, el análisis queda atrapado en un dualismo no resuelto entre un fatalismo estructural —que presenta al fascismo como solución funcional— y un voluntarismo político retrospectivo, cuya eficacia el propio marco teórico tiende a restringir.
Aun así, Poulantzas desplaza el eje de la lucha de clases desde el antagonismo entre proletariado y burguesía hacia las disputas internas del bloque dominante. A diferencia de amplios sectores del marxismo de la época —y de buena parte de la historiografía posterior— que consideraban que la confrontación entre socialistas, comunistas y fuerzas reaccionarias permanecía abierta al menos hasta 1933 en Alemania, Poulantzas da por sellada la derrota estratégica de la clase obrera ya hacia 1923: «Ni en Alemania ni en Italia el advenimiento del fascismo correspondió a una crisis política de equilibrio en cualquier sentido del término. La clase obrera estaba ya vencida en el momento de su advenimiento, y esta derrota no le había costado a la burguesía el precio de un equilibrio catastrófico» (Poulantzas, 1976: 62).
En este punto se abre una tensión difícil de resolver: por un lado, exige con fuerza que el fascismo sea pensado desde la lucha de clases y denuncia con vehemencia los errores estratégicos del movimiento comunista; por otro, su propio marco teórico clausura de antemano la eficacia histórica de esa lucha al considerar que el proletariado había dejado de ser un actor capaz de disputar la hegemonía política.
El resultado es una concepción en la que el fascismo aparece simultáneamente como respuesta a una amenaza comunista ya neutralizada y como instrumento necesario para la reorganización del poder capitalista. De este modo, la lucha de clases se redefine de hecho como una lucha intracapitalista, mediada por el Estado y sus aparatos, mientras que la intervención autónoma del movimiento obrero queda reducida a un objeto de crítica retrospectiva más que a un factor explicativo del proceso histórico mismo.
Esta redefinición tiene consecuencias explicativas problemáticas. Si la clase obrera había sido derrotada tempranamente y las clases medias aparecen como una base social mayoritariamente proclive al fascismo, se produce una ausencia de fuerzas sociales capaces de bloquear efectivamente la transición al capitalismo monopolista de Estado. Resulta difícil comprender, por lo tanto, por qué dicha transformación adoptó una forma tan radical, violenta y movilizadora y sea caracterizada como de Estado excepcional, «caso límite» y «forma patológica» (ibid.: 57). La explicación corre entonces el riesgo de presentar al fascismo como una solución estructural sobredimensionada, cuya brutalidad excede largamente los obstáculos que debía remover.
Este vacío analítico ha sido señalado implícitamente por buena parte de la historiografía posterior, que ha mostrado que el fascismo no respondió simplemente a una necesidad funcional del capital, sino a una combinación contingente de factores políticos, culturales y sociales: la herencia de la violencia de la Primera Guerra Mundial, la humillación nacional, el miedo a la revolución, la movilización plebeya, el antisemitismo radical y la lógica expansiva de la guerra total. Al no integrar plenamente estas dimensiones, el análisis de Poulantzas termina por explicar la forma estatal del fascismo sin lograr dar cuenta de la intensidad histórica y simbólica de su violencia.
2. Subestimación de la autonomía política[Subir]
En su análisis del fascismo, Poulantzas busca deliberadamente una posición intermedia entre el economicismo —que reduce al Estado a un simple instrumento del capital— y las interpretaciones bonapartistas, en particular la de Gramsci, que subrayan la primacía de la política y la autonomía del poder estatal frente a las clases dominantes. Su rechazo del bonapartismo responde, en primer lugar, a la voluntad de evitar toda concepción decisionista del Estado fascista, entendido como una instancia capaz de imponerse soberanamente por encima de las relaciones de clase. Pero también se apoya en un diagnóstico histórico específico: dado que el fascismo emerge, según Poulantzas, tras la derrota política de la clase obrera, el Estado fascista no podría desempeñar un rol de arbitraje entre clases en conflicto, condición central de las interpretaciones bonapartistas.
Sin embargo, aunque este razonamiento no carece de fundamento, el modo en que Poulantzas lo elabora revela una opción teórica más profunda: el rechazo sistemático de toda explicación que atribuya al fascismo una primacía política efectiva. En su esfuerzo por preservar la determinación estructural en última instancia, la autonomía estatal queda subordinada a una lógica funcional orientada a la reproducción del bloque en el poder, lo que conduce a una subestimación de la capacidad del régimen fascista para imponer decisiones propias una vez en el poder. En este sentido, puede afirmarse que Poulantzas rechaza el bonapartismo para evitar una teoría de la primacía de la política, pero el precio que paga es una concepción de la autonomía estatal que ya no puede explicar la primacía efectiva de la política allí donde históricamente se manifestó con mayor fuerza.
Como señala Caplan, aunque uno de los aportes más relevantes de Poulantzas es su insistencia en la autonomía relativa del aparato estatal bajo el fascismo —en oposición a las concepciones instrumentalistas—, dicha autonomía aparece en su formulación como un rasgo estructural casi inmutable más que como el resultado de procesos históricos específicos. En consecuencia, el análisis no logra dar cuenta ni de la evolución de esa autonomía ni de sus modalidades diferenciadas según contextos nacionales o coyunturas políticas concretas. Esta limitación se vuelve especialmente problemática en la medida en que, como observa Jessop, es precisamente en el terreno conceptual de la autonomía relativa —noción que Poulantzas reivindica como central— donde su explicación del fascismo resulta más vulnerable, ya que la autonomía estatal queda definida por su función estructural antes que por su capacidad efectiva de decisión política.
Esta insuficiencia aparece con claridad si se atiende a la trayectoria histórica concreta del nacionalsocialismo. Durante la fase de lucha por el poder, el movimiento nazi no se presentó como un instrumento dócil del gran capital: articuló una retórica nacionalista y anticapitalista, integró temporalmente a su ala izquierda y se apoyó de manera significativa en la pequeña burguesía, lo que generó desconfianza en amplios sectores empresariales. Solo tras la liquidación violenta de esa ala y la consolidación del régimen, el Estado fascista se volvió más aceptable para el capital, en particular por su capacidad para destruir al movimiento obrero organizado. Sin embargo, incluso en esta fase, la relación estuvo lejos de reducirse a una mera instrumentalización.
La historiografía clásica sobre el nazismo ha mostrado que el Estado fascista distó mucho de constituir un aparato unificado y coherente. Autores como Franz Neumann (Behemoth), Ernst Fraenkel (El Estado dual) y Martin Broszat (The Hitler State) demostraron que se trató más bien de una constelación de poderes en competencia en la que la primacía de los aparatos represivos y de las élites ideológicas del régimen entró reiteradamente en conflicto con los intereses del capital privado. Bajo la economía de guerra, el Estado nazi impuso prioridades productivas, controles y asignaciones de recursos que subordinaban la lógica de la rentabilidad a objetivos políticos y militares, generando tensiones persistentes con sectores empresariales e, incluso, perjudicando los intereses de largo plazo del capital. Como sintetiza Traverso, «el fascismo no puede reducirse a un simple instrumento de clase. En el poder, adquirió una lógica autónoma, incluso contradictoria con los intereses del gran capital» (Traverso, 2012: 104).
Finalmente, el modelo teórico de Poulantzas tiende a desatender el papel de las élites estatales, militares y burocráticas, que fueron actores centrales en la construcción y radicalización del régimen fascista. Su rechazo a las teorías elitistas —tanto en su versión clásica italiana como en la tradición weberiana— se funda en la necesidad de evitar toda reificación del Estado como sujeto autónomo. Sin embargo, esta precaución teórica lo conduce a minimizar el peso específico de los actores estatales concretos como portadores de intereses propios, no reducibles de manera inmediata a las determinaciones económicas de clase. En consecuencia, la autonomía relativa del Estado queda formulada como una propiedad estructural, pero carece de una teoría de los sujetos encargados de ejercerla. Tal como señalaron autores neoestatistas, como Michael Mann o Fred Block —este último en su debate explícito con Poulantzas en «Más allá de la autonomía relativa» (Block, 2020) —, la acción de las burocracias estatales, los mandos militares, los aparatos policiales y diplomáticos introduce lógicas organizacionales, trayectorias profesionales y proyectos políticos que pueden entrar en tensión tanto con las fracciones del capital como con el propio bloque en el poder. La ausencia de esta dimensión impide explicar procesos decisivos del fascismo histórico, como la radicalización ideológica de los aparatos represivos, las luchas internas dentro delejército o la dinámica propia de la política exterior y la economía de guerra. De este modo, aun reconociendo la autonomía relativa del Estado, el marco de Poulantzas termina por reinscribirla en una lógica funcional que limita su potencial explicativo para dar cuenta de las luchas, desplazamientos y contradicciones internas del Estado fascista.
3. Las instituciones importan[Subir]
El análisis de Nicos Poulantzas tiende a interpretar la crisis de la República de Weimar fundamentalmente como una crisis de hegemonía y de recomposición del bloque en el poder, subordinando los procesos político-institucionales, jurídicos y culturales a una lógica estructural-funcional: la reorganización autoritaria de la dominación burguesa en el contexto de la transición al capitalismo monopolista de Estado. Desde este enfoque, Weimar aparece ante todo como una forma estatal inestable, atravesada por contradicciones de clase que, una vez clausurada la amenaza revolucionaria obrera, preparan el terreno para el fascismo como solución estructural a la crisis de dominación.
Sin embargo, este marco explicativo, aunque teóricamente potente, presenta límites importantes cuando se lo confronta con la especificidad histórica de la crisis weimariana. El colapso del régimen no puede explicarse únicamente por la dinámica de clase ni por una necesidad estructural abstracta, sino también por la deslegitimación interna del orden constitucional republicano, erosionado por una combinación de factores históricos concretos: la derrota en la Primera Guerra Mundial, el impacto político y simbólico del Tratado de Versalles, la hiperinflación, el descrédito de los partidos parlamentarios y, de manera decisiva, la persistencia de estructuras autoritarias dentro del propio aparato estatal —el poder judicial, la burocracia y el ejército— donde continuaban predominando élites vinculadas al viejo orden imperial prusiano.
En este sentido, como ha señalado Mann (2012), la República de Weimar estuvo marcada por la coexistencia conflictiva entre dos lógicas democráticas distintas: por un lado, una democracia liberal-representativa débil, basada en el parlamentarismo, la negociación partidaria y el Estado de derecho formal; por otro, una forma de «democracia orgánica» o plebiscitaria, que apelaba a la movilización directa del «pueblo» concebido como un cuerpo homogéneo y que tendía a otorgar a las élites políticas una amplia autonomía para hablar en su nombre, suprimir divisiones sociales, étnicas o religiosas y legitimar prácticas autoritarias. Esta tensión estructural se vio agravada por la continuidad de una cultura política profundamente marcada por la experiencia de la guerra, así como por la persistencia del poder de los Junkers y de las élites estatales tradicionales —en particular en el ejército, la burocracia y el poder judicial—, resistentes a una democratización efectiva del Estado.
Ya en el propio contexto de Weimar, Max Weber había advertido en La política como vocación (1919) sobre la fragilidad de la cultura parlamentaria alemana, la debilidad de los partidos políticos y la autonomía persistente de una burocracia tecnocrática escasamente sometida al control democrático. Esta fractura institucional fue conceptualizada de manera temprana por Ernst Fraenkel en El Estado dual (1941), escrito durante el exilio y en pleno desarrollo del régimen nazi, donde describió la coexistencia entre un Estado normativo, regido formalmente por el derecho, y un Estado de prerrogativa, orientado por la lógica de la excepción, la violencia y la decisión discrecional. Mann (2004, 2012) retoma esta noción para subrayar que dicha dualidad no fue una anomalía exclusivamente nazi, sino que hundía sus raíces en las ambigüedades institucionales heredadas de la República de Weimar. Desde esta perspectiva, la institucionalidad misma —con sus zonas grises, continuidades autoritarias y déficits de legitimación democrática— aparece como un factor activo del proceso de fascistización, y no como una mera envoltura formal o un reflejo pasivo de las relaciones de clase.
Estas perspectivas se inscriben en una tradición más amplia —que incluye tanto el institucionalismo histórico de orientación neoestatista (Skocpol, 1985; Hall y Taylor, 1996) como por el institucionalismo discursivo (Schmidt)— que insiste en que las instituciones importan: no solo como estructuras formales, sino como configuraciones atravesadas por ideas, discursos y marcos de sentido que condicionan la acción política (Schmidt, 2008). En una línea convergente, Jessop (1990, 2008), al desarrollar su enfoque estratégico-relacional del Estado, reelabora críticamente a Poulantzas y sostiene que las instituciones estatales no son ni reflejos mecánicos de la estructura de clase ni esencias fijas, sino configuraciones estratégicamente selectivas, que favorecen ciertas estrategias políticas y bloquean otras sin predeterminar completamente los resultados históricos.
Desde esta perspectiva, resulta insuficiente explicar el colapso de Weimar exclusivamente en términos de recomposición del bloque en el poder. La crisis fue también —y quizás en primer lugar— una crisis del régimen político en su arquitectura institucional concreta. En consecuencia, si bien la perspectiva de Poulantzas conserva su fuerza para anclar el análisis del fascismo en las relaciones estructurales de poder, su lectura tiende a esencializar el fenómeno al inscribirlo en una narrativa funcional única, reduciendo la complejidad de sus mediaciones institucionales, sus efectos ideológicos y su contingencia política.
4. IDEOLOGÍA COMO REFLEJO DE CLASE
Un tercer límite del análisis de Poulantzas se manifiesta en su concepción de la ideología. Aunque FD dedica amplios pasajes al estudio de la ideología fascista —en particular en el capítulo V, «Fascismo y pequeña burguesía», y en los apartados referidos a la «crisis ideológica»—, el enfoque continúa siendo tributario de una tradición marxista que concibe las ideologías como expresiones paradigmáticas de posiciones de clase previamente dadas. En este marco, solo las clases fundamentales —burguesía y proletariado— serían capaces de producir ideologías coherentes, mientras que la pequeña burguesía, debido a su posición contradictoria en las relaciones de producción, carecería de una ideología propia y se caracterizaría por una oscilación permanente entre polos ideológicos ajenos (Poulantzas, 1976: 273-333).
Esta premisa estructura el modo en que Poulantzas conceptualiza la ideología fascista. Aunque menciona el impacto popular del fascismo y la utilización de la bandera de la unidad nacional por parte del fascismo (ibid.: 66-69; Poulantzas, 2024b: 85-96), el nacionalismo, el militarismo y la ideología de guerra no son analizados como significantes políticamente disputables, sino como componentes funcionales de la ideología burguesa del capital monopolista en condiciones de crisis, orientados a la reorganización autoritaria del bloque en el poder. En este sentido, la ideología fascista no aparece como una construcción contingente ni como una articulación hegemónica novedosa, sino como una recomposición específica de elementos ideológicos ya existentes, sobredeterminada por las necesidades estructurales de la dominación de clase.
El mismo esquema se reproduce al abordar la adhesión de sectores obreros al fascismo. Poulantzas la explica como el resultado de una desviación ideológica, producto de la penetración de elementos pequeño-burgueses en una clase obrera previamente derrotada, lo que remite implícitamente a una lógica de falsa conciencia. Desde esta perspectiva, la posibilidad de una identidad obrera fascista solo puede ser pensada en términos negativos —bloqueo, distorsión o ausencia de conciencia de clase—, quedando excluida toda consideración de la ideología como terreno activo de disputa política.
Esta dificultad para pensar la ideología como un terreno relativamente autónomo de articulación política contrasta con algunas corrientes heterodoxas del propio marxismo. En Herencia de esta época (Bloch, 2024), Ernst Bloch sostuvo que el éxito del fascismo no podía explicarse únicamente por la posición de clase de sus adherentes ni por mecanismos de falsa conciencia. Su análisis de la Ungleichzeitigkeit (no contemporaneidad) destacaba la persistencia, en la sociedad capitalista moderna, de tradiciones culturales, imaginarios colectivos y aspiraciones heredadas de contextos históricos diversos. Lejos de constituir simples residuos ideológicos, estos elementos podían ser rearticulados políticamente en direcciones opuestas. Según Bloch, una de las claves del ascenso del fascismo residió precisamente en su capacidad para apropiarse de símbolos, mitos y expectativas arraigados en la cultura popular y convertirlos en componentes de un proyecto político de regeneración nacional. Desde esta perspectiva, la ideología fascista no operaba simplemente como expresión de intereses de clase previamente constituidos, sino también como una práctica de articulación simbólica capaz de movilizar identidades y horizontes colectivos heterogéneos.
Esta clausura de la lucha ideológica se expresa con particular claridad en el modo en que Poulantzas evalúa ciertos debates estratégicos al interior de la Internacional Comunista. En FD, retoma críticamente la intervención de Karl Radek en 1923 —la llamada «línea Schlageter»—, cuando este propuso disputar el lenguaje nacionalista en el contexto de la ocupación del Ruhr, intentando articular una retórica comunista capaz de interpelar a sectores nacionalistas y pequeño-burgueses. Poulantzas desestima este intento como una forma de desviación ideológica, en la medida en que implicaría introducir elementos estructuralmente burgueses —el nacionalismo— en la ideología proletaria, concebida como portadora de contenidos propios y no contaminables. Este límite teórico lo hemos señalado explícitamente en el prólogo a Nicos Poulantzas. Escritos políticos, donde advertimos que Poulantzas «carece de una teoría de la interpelación y rechaza el concepto de Freischwebende Intelligenz (inteligencia libre o flotante), de Karl Mannheim», lo que conduce a que la autonomía relativa —columna vertebral de su razonamiento— «encuentre un límite invisible» (Orovitz Sanmartino y Gorriti, 2024: 21-38). Esta crítica revela el límite conceptual de su enfoque: la imposibilidad de pensar el nacionalismo como un terreno legítimo de lucha hegemónica y no como un atributo ideológico fijo de clase.
Como ha señalado Jessop, incluso cuando Poulantzas reconoce la existencia de una lucha ideológica, esta queda excesivamente estructurada por la matriz de clases, lo que dificulta explicar los procesos concretos de articulación simbólica y la capacidad del fascismo para construir consenso activo más allá de la coerción y de la derrota obrera (Jessop, 1985: 191-228). La ideología aparece así menos como una práctica política contingente que como un reflejo funcional de la estructura social.
Es precisamente este punto el que Jean-Pierre Faye había problematizado en Langages totalitaires y con el que Poulantzas polemiza agriamente (2024a). Lejos de reducir el fascismo a una lógica puramente cultural, Faye mostró cómo el nazismo fue capaz de reorganizar el campo del lenguaje político mediante la articulación ambigua de vocabularios nacionalistas y socialistas, resignificando términos como socialismo, pueblo, comunidad o trabajo para interpelar simultáneamente a obreros, clases medias y sectores de la pequeña burguesía (Faye, 1974). La eficacia del fascismo residió, en este sentido, no en la imposición de una ideología homogénea, sino en su capacidad para operar sobre significantes disponibles y dotarlos de nuevos sentidos políticos.
La crítica de Poulantzas a este tipo de enfoques —desestimados como «ideologicistas» o «culturalistas»— revela nuevamente su desconfianza frente a toda teoría que reconozca una autonomía significativa a la lucha ideológica. Sin embargo, como subrayó Laclau en Política e ideología en la teoría marxista (1977), la noción de ideologías paradigmáticas de clase impide comprender la ideología como una práctica articulatoria capaz de producir identidades políticas transversales. Desde esta perspectiva, conceptos como nación, pueblo o socialismo no poseen una pertenencia clasista intrínseca, sino que funcionan como significantes disputados en el marco de luchas hegemónicas históricamente contingentes.
En consecuencia, al fijar de antemano los límites de lo ideológicamente posible para cada clase, el análisis de Poulantzas tiende a clausurar la comprensión del fascismo como proyecto hegemónico. Esto impide explicar por qué la pequeña burguesía solo se fascistiza bajo determinadas condiciones históricas y no en otras o por qué el nacionalismo puede funcionar tanto como recurso autoritario como emancipatorio.
Incorporar la perspectiva articulatoria desarrollada por Laclau —y anticipada empíricamente por los estudios de Faye— permite, en cambio, pensar la ideología fascista no como un simple reflejo estructural ni como una desviación cultural, sino como una construcción política contingente, fundada en la reorganización activa del campo simbólico y en la producción de nuevas identidades colectivas. Precisamente esta tensión entre condicionamientos estructurales, autonomía de la acción política y construcción ideológica constituye uno de los ejes centrales de los debates contemporáneos sobre el fascismo, que han buscado complejizar y reformular muchas de las preguntas originalmente planteadas por Poulantzas.
V. DEBATES CONTEMPORÁNEOS[Subir]
El marco teórico de Poulantzas sobre el fascismo ha sido objeto de múltiples revisiones y críticas por parte de historiadores, politólogos y teóricos sociales. En las últimas décadas, distintos enfoques han retomado o disputado sus hipótesis centrales, poniendo en primer plano el carácter contradictorio, policéntrico y a menudo contingente de los regímenes fascistas. Estos debates no solo actualizan el problema de la autonomía del Estado, sino que reabren la discusión sobre la racionalidad económica del fascismo, su lógica ideológica y su articulación con distintos actores sociales y estatales, desplazando la explicación desde modelos funcionales cerrados hacia enfoques más históricos y pluralistas.
Uno de los aspectos más señalados por la crítica reciente es que el fascismo, lejos de estabilizar el orden capitalista en términos funcionales, fue capaz de sacrificar racionalidad económica en nombre de objetivos ideológicos, militares y expansionistas. Mayer, por ejemplo, ha subrayado que el nazismo destruyó una parte significativa del capital europeo en su aventura imperial y genocida, incluso en contra de los intereses de sectores conservadores que inicialmente habían facilitado su acceso al poder (Mayer, 1981).
Esta línea de interpretación también es retomada por Paxton (2019), quien sostiene que los regímenes fascistas, una vez consolidados, adoptaron políticas —especialmente en el contexto de la economía de guerra y de la radicalización racial— que entraban en conflicto con los intereses inmediatos de amplios sectores empresariales, lo que cuestiona una lectura simple sobre el fascismo como agente del capital.
En un plano más general, estos cuestionamientos se inscriben en una crítica a las macroteorías explicativas del fascismo. Como indicaron Larsen et al. (1980), la proliferación de teorías de «una sola variable» —centradas en la estructura agraria, la modernización tardía o la configuración de clases— permite identificar elementos fundamentales del fenómeno, pero resulta insuficiente para explicar la diversidad de trayectorias fascistas y sus resultados disímiles. Para ellos, aunque autores como Barrington Moore o Luebbert no están «equivocados» desde el punto de vista lógico ni empírico, sus enfoques son incompletos, en la medida en que reducen la explicación a un único principio causal y descuidan la elección de actores, las mediaciones políticas y las contingencias históricas. De ahí la necesidad de «ir más allá de esa etapa» y descomponer el problema del fascismo en múltiples dimensiones analíticas.
En esta dirección, Mann (2004) ha propuesto comprender el fascismo como el resultado contingente de una articulación específica entre distintas redes de poder relativamente autónomas: ideológica, económica, militar y política. Desde esta perspectiva, el ascenso del fascismo en Alemania no puede entenderse sin atender al impacto duradero de la Primera Guerra Mundial, a la cultura del militarismo y del paramilitarismo, a la brutalización de la vida política, así como a la herida social y psicológica provocada por la derrota, el Tratado de Versalles y las guerras civiles larvadas del período de entreguerras. Estos elementos no operaron como simples «contextos», sino como fuerzas activas en la radicalización fascista.
Mann también enfatiza también la persistencia de estructuras autoritarias dentro del Estado alemán: la inserción de las élites Junker en la burocracia, el poder judicial y el ejército; la resistencia de sectores rurales, militares y eclesiásticos a la democratización del aparato estatal, y la coexistencia conflictiva entre un régimen parlamentario formal y aparatos estatales con lógicas propias. Esta configuración institucional —afín a la noción de Estado dual— debilitó la legitimidad del orden republicano y facilitó la captura autoritaria del Estado, permitiendo que el fascismo emergiera como una solución política radical a una crisis multidimensional, y no como la simple ejecución de una función económica predeterminada (Mann, 2012: 315-346).
Estas lecturas convergen con los planteamientos de Traverso (2012), quien ha criticado abiertamente el reduccionismo de clase y ha defendido una interpretación que restituya la lógica propia del fascismo como fenómeno ideológico, plebeyo y contradictorio. Para Traverso, el fascismo no puede reducirse a un mero instrumento de dominación burguesa: una vez en el poder, adquirió una dinámica autónoma, capaz de subordinar, disciplinar o incluso sacrificar intereses económicos en nombre de un proyecto político radical, fundado en el nacionalismo étnico, el racismo y la violencia.
Una preocupación convergente puede encontrarse en los trabajos de Hall sobre el denominado «populismo autoritario». Retomando críticamente algunas categorías de Poulantzas, en particular la noción de estatismo autoritario, Hall sostuvo que las transformaciones del Estado capitalista avanzado debían analizarse junto con los procesos de construcción hegemónica del consentimiento. Sus estudios sobre el thatcherismo mostraron cómo proyectos políticos conservadores podían articular demandas sociales heterogéneas, valores morales, imaginarios nacionales y discursos de orden en torno a nuevas configuraciones políticas (Hall, 1988). Aunque desarrolladas en un contexto histórico diferente, estas reflexiones permiten señalar una limitación más general del enfoque de Poulantzas: la relativa subestimación de los mecanismos simbólicos y discursivos mediante los cuales se construyen adhesiones políticas duraderas.
La preocupación por los mecanismos ideológicos de producción de consenso y movilización política ocupó un lugar creciente en la historiografía posterior sobre el fascismo. Roger Griffin (2020), en su discusión crítica de las interpretaciones marxistas, ha sostenido que los enfoques centrados en las relaciones de clase, la crisis del capitalismo o las funciones políticas del fascismo resultan insuficientes para captar su núcleo ideológico específico. A su juicio, el fascismo debe entenderse como una forma de «ultranacionalismo palingenésico», es decir, como un proyecto político orientado a la regeneración de una comunidad nacional percibida como decadente mediante la promesa de un renacimiento colectivo. En una dirección parcialmente convergente, Gentile (2005) analizó el fascismo como una religión política capaz de movilizar adhesiones a través de mitos, rituales, símbolos y procesos de sacralización de la nación. Sin invalidar los aportes de Poulantzas para comprender la crisis del Estado liberal y las condiciones estructurales del ascenso fascista, permiten iluminar aspectos relativamente poco desarrollados en su obra, particularmente aquellos vinculados con la construcción de identidades colectivas, imaginarios de regeneración nacional y formas de movilización de masas.
Estos enfoques desplazaron la atención desde las estructuras sociales y las relaciones de clase hacia las dimensiones culturales, simbólicas y afectivas de la movilización fascista. Si bien este giro permitió iluminar aspectos relativamente poco desarrollados en la obra de Poulantzas —particularmente aquellos vinculados con la construcción de identidades colectivas, imaginarios de regeneración nacional y formas de movilización de masas—, algunos de sus críticos han señalado el riesgo de relegar a un segundo plano las condiciones estructurales, institucionales y socioeconómicas que hicieron posible el ascenso de los movimientos fascistas. Más que perspectivas excluyentes, ambas tradiciones pueden entenderse como aproximaciones complementarias que destacan dimensiones diferentes de un fenómeno histórico particularmente complejo.
Desde otra perspectiva, Costa Pinto (2011) ha cuestionado el modelo de Poulantzas por tender a convertir al fascismo en una forma excepcional del Estado capitalista sin atender suficientemente a su especificidad histórica y política. Sus estudios comparativos muestran que las distintas experiencias fascistas —Italia, Alemania, Portugal— exhibieron grados variables de autonomía política, distintos modos de relación con el capital y configuraciones ideológicas irreductibles a un único patrón funcional. Esto impide generalizar a partir de un solo modelo estructural y obliga a atender a las dimensiones nacionales, institucionales e ideológicas del fenómeno.
En el plano teórico, Jessop (1985) ha sido uno de los lectores más atentos de Poulantzas. Si bien reconoce el valor de su crítica al economicismo y su conceptualización relacional del Estado, Jessop ha señalado que el uso del concepto de función global del fascismo corre el riesgo de vaciar de contenido empírico las contradicciones internas del régimen. Una comprensión más concreta del fascismo, sostiene, exige analizar las formas específicas de gestión estatal, las disputas entre fracciones del aparato de Estado y los modos de articulación ideológica que median entre estructuras y prácticas políticas.
Los debates contemporáneos sobre el fascismo han contribuido a complejizar muchas de las preguntas formuladas originalmente por Poulantzas. Su obra es hoy reconocida como una pieza clave de la teoría marxista del Estado y como una de las formulaciones más ambiciosas del problema de la autonomía de lo político en el análisis del fascismo. Sin embargo, los desarrollos historiográficos y teóricos posteriores mostraron la necesidad de articular esa perspectiva con enfoques capaces de integrar las dimensiones ideológicas, culturales, institucionales, militares y afectivas involucradas en los procesos de fascistización. Lejos de clausurar el debate, Poulantzas abrió un campo de problemas —la autonomía del Estado, la crisis de hegemonía, la relación entre estructura y acción política, la movilización de masas desde arriba— que las generaciones posteriores han reformulado desde perspectivas más históricas, relacionales y pluricausales, atentas a la complejidad y diversidad de las experiencias fascistas concretas.
VI. CONCLUSIONES[Subir]
El análisis de Poulantzas parte de un supuesto fundamental: el fascismo no puede comprenderse si se lo separa de las contradicciones internas del modo de producción capitalista y de las relaciones de clase que estructuran el Estado moderno. Desde esta perspectiva, el fascismo no constituye un simple «desvío» autoritario ni una anomalía irracional, sino una forma específica de Estado de excepción que emerge en contextos de crisis orgánica del Estado capitalista parlamentario. En este sentido, su aporte resulta decisivo para desplazar explicaciones psicologistas, moralizantes o meramente coyunturales del fascismo, restituyéndole densidad estructural y política.
Sin embargo, la fortaleza del marco poulantziano es también su principal límite. Si bien Poulantzas rechaza explícitamente toda lectura economicista o instrumental —según la cual el fascismo sería una reacción mecánica a variables económicas o una simple «dictadura del capital monopolista»—, su conceptualización tiende a subordinar la dinámica política e ideológica a una lógica funcional de dominación de clase.
El precio de esta coherencia estructural es una reducción de la complejidad histórica concreta. En particular, el marco de Poulantzas presenta dificultades para captar dimensiones centrales del fascismo histórico: la especificidad de sus ideologías, el peso del nacionalismo étnico y del racismo, la centralidad del mito, del imaginario imperial y del culto a la violencia, así como el papel de instituciones y actores estatales relativamente autónomos —el ejército, la policía, la iglesia, la diplomacia, la burocracia— en la radicalización del régimen. Estas limitaciones se vuelven especialmente visibles cuando se intenta explicar el carácter extremo y genocida del nazismo.
Desde esta perspectiva, el Holocausto constituye un punto ciego particularmente significativo para cualquier interpretación funcionalista del fascismo. El exterminio de los judíos europeos no responde a una racionalidad económica ni puede ser explicado como un simple medio subordinado a la reproducción del capital. Por el contrario, numerosos estudios posteriores —como los de Bauman, Bergen o Browning— han mostrado que el genocidio fue, en muchos aspectos, económicamente disfuncional: implicó el desvío de recursos estratégicos durante la guerra, la eliminación de fuerza de trabajo potencialmente útil y una inversión masiva en infraestructura de exterminio.
Estos enfoques han introducido dimensiones analíticas ausentes o marginales en el marco de Poulantzas. Bauman (2011) subrayó la «burocratización del mal», mostrando cómo una racionalidad administrativa moderna, fragmentada y aparentemente neutral permitió industrializar el exterminio. Browning (2002) entendió que la «solución final» fue el resultado de la «radicalización acumulativa» y conflictos al interior de la jerarquía nazi. Otros autores han insistido en el antisemitismo como núcleo ideológico constitutivo del nazismo, y no como un mero recurso discursivo contingente; en el papel de la cultura política alemana —marcada por el autoritarismo, el nacionalismo étnico, el militarismo y la obediencia—, y en la noción de una guerra total racial concebida como proyecto político, simbólico y civilizatorio. Desde esta óptica, el Holocausto no fue un medio para otro fin, sino una finalidad político-ideológica inscrita en la lógica radical del nazismo, más allá de las necesidades del capital monopolista.
Este desplazamiento analítico se inscribe en un giro más amplio de los estudios sobre el fascismo. Como señala Costa Pinto (2011), durante las últimas décadas la historiografía comparada ha otorgado un peso creciente a las dimensiones ideológicas y culturales, pasando de una perspectiva predominantemente «sociológica» a una más propiamente «política». El llamado «giro cultural» permitió refinar enfoques anteriores e incorporar nuevos temas de investigación: la movilización simbólica y afectiva, la violencia y el genocidio, las relaciones de género, el papel de la religión y las formas de consentimiento y colaboración cotidiana bajo los regímenes fascistas.
Algunas de estas preocupaciones habían sido anticipadas tempranamente por Bloch, quien advirtió que el fascismo no podía comprenderse únicamente a partir de las posiciones de clase de sus adherentes, sino también por su capacidad para apropiarse de tradiciones culturales, imaginarios colectivos y aspiraciones de renovación o regeneración colectiva arraigadas en amplios sectores de la sociedad. Posteriormente, diversos autores desarrollaron esta problemática desde perspectivas diferentes, prestando creciente atención a los procesos de construcción hegemónica, la movilización simbólica, los imaginarios de regeneración nacional y las formas de sacralización de la política.
En conjunto, estos trabajos contribuyeron a ampliar el campo de análisis del fascismo más allá de las explicaciones centradas exclusivamente en las estructuras sociales o las funciones del Estado. La cuestión no consiste en reemplazar estos análisis por una explicación centrada exclusivamente en la cultura o la ideología, sino en integrar dimensiones que el propio Poulantzas tendió a subordinar a una lógica funcional de dominación de clase. El resultado podría contribuir a una comprensión más compleja del fascismo como fenómeno histórico multidimensional, en el que interactúan relaciones de clase, dinámicas estatales, culturas políticas, experiencias de guerra, identidades colectivas y procesos de movilización de masas.
Este cambio de paradigma también obliga a reubicar históricamente la obra de Poulantzas. Cuando escribe a comienzos de la década de 1970, su marco teórico está profundamente influido por el marxismo estructural de Althusser, por los debates sobre el Estado capitalista y sus formas de dominación y por la necesidad política e intelectual de confrontar interpretaciones liberales o psicologizantes del fascismo, que lo reducían a una patología colectiva o a un simple «desvío irracional». En ese contexto, su énfasis en las estructuras, en la crisis del Estado y en la autonomía relativa de lo político representó un avance teórico significativo.
No obstante, a partir de los años ochenta y noventa, el desarrollo de enfoques históricos, culturales y discursivos permitió complejizar sustantivamente el análisis del fascismo. Se comenzó a prestar mayor atención a las representaciones simbólicas, a los discursos y a las emociones colectivas; a la vida cotidiana bajo los regímenes fascistas; a las prácticas de violencia vecinal y a las formas de consentimiento social; a la dimensión performativa y afectiva del poder, tal como lo muestran los trabajos de Broszat (1981), quien a través de la corriente de «historia de la vida cotidiana» puso de relieve la naturaleza fragmentaria, negociada y a menudo contradictoria del dominio nazi, subrayando el papel de las prácticas cotidianas, las adaptaciones sociales y las iniciativas locales en la reproducción del régimen; de Mosse (2005), que analizó el fascismo como una revolución cultural y simbólica orientada a la nacionalización de las masas mediante mitos, rituales, estéticas corporales y una política de movilización emocional, o de Kershaw (2004), para quien el régimen nazi funcionó como un sistema policéntrico y radicalizado, en el que la iniciativa de actores estatales y la anticipación de la voluntad del líder produjeron una dinámica de poder difícilmente reducible a una lógica funcional de dominación de clase. En este nuevo escenario teórico, la obra dePoulantzas ya no puede ser leída como una explicación totalizante, sino como una intervención situada en una coyuntura específica de la teoría marxista.
En suma, la obra de Poulantzas debe leerse menos como un sistema cerrado que como un momento de transición en la historia de la teoría social y política contemporánea. Su principal aporte consistió en llevar al límite las posibilidades explicativas del marxismo estructural para pensar la autonomía relativa del Estado y la especificidad de las formas políticas, rompiendo tanto con el instrumentalismo economicista como con las lecturas voluntaristas o decisionistas del poder. Sin embargo, esa misma ambición teórica lo situó en una posición de frontera. Por un lado, permaneció vinculado a algunos supuestos característicos del estructuralismo de su época, como la primacía de la determinación «en última instancia», la búsqueda de una lógica global de reproducción del capitalismo y la tendencia a reinscribir los fenómenos políticos dentro de un marco funcional relativamente unificado. Por otro, su creciente atención a la autonomía de los aparatos estatales, a la complejidad de las relaciones de poder y a la especificidad de las luchas políticas anticipó preocupaciones que posteriormente serían desarrolladas por enfoques relacionales, históricos y menos teleológicos. Vista desde esta perspectiva, la obra de Poulantzas ocupa una posición bisagra entre las grandes teorías estructurales del marxismo de posguerra y un escenario intelectual posterior caracterizado por un mayor pluralismo explicativo, una atención más fina a la contingencia histórica y una comprensión máscompleja de las múltiples dimensiones —económicas, políticas, institucionales, ideológicas y culturales— que intervienen en los procesos de fascistización.
Esta reconsideración de Poulantzas remite, en un plano más general, al problema clásico de la relación entre estructura y agencia en la explicación histórica. Una de las virtudes duraderas de Fascismo y dictadura fue haber intentado pensar el fascismo más allá de las explicaciones voluntaristas o psicologizantes, inscribiéndolo en una teoría relacional del Estado y de las relaciones de clase. Sin embargo, las investigaciones posteriores mostraron que la génesis, consolidación y radicalización de los regímenes fascistas requieren ser analizadas a partir de la articulación de múltiples dimensiones causales: relaciones de clase, conflictos intraestatales, culturas políticas, experiencias de guerra, estrategias de actores colectivos y procesos de construcción ideológica. Desde esta perspectiva, el interés contemporáneo de Poulantzas reside menos en las respuestas específicas que ofreció que en el problema que formuló: cómo pensar la articulación entre condicionamientos estructurales, autonomía estatal y acción política sin reducir ninguno de estos elementos a un principio explicativo único.
Una relectura situada de Poulantzas no puede consistir, por lo tanto, en la repetición de sus fórmulas ni en la defensa de su coherencia interna como un valor en sí mismo. Por el contrario, exige llevar hasta el final las preguntas que su propia obra abrió y que no pudo resolver: cómo pensar una autonomía política que no quede inmediatamente reabsorbida por la función estructural; cómo conceptualizar a los actores estatales como portadores de intereses específicos sin recaer en teorías elitistas simplificadoras; cómo comprender la ideología no como reflejo ni «contaminación», sino como campo de disputa, articulación y producción de subjetividades, y cómo integrar, sin reduccionismos, las distintas formas de poder —económicas, políticas, militares, culturales, simbólicas y afectivas— que se condensan en los procesos de fascistización.
Leído de este modo, Poulantzas no aparece como un punto de llegada, sino como un momento de transición entre los grandes modelos estructurales del marxismo de posguerra y una agenda posterior más atenta a la contingencia histórica, la pluralidad de escalas, la autonomía de los actores políticos y la especificidad de los procesos ideológicos y culturales. Precisamente por eso, su legado conserva una vigencia crítica particular en el presente: no como un esquema explicativo a aplicar, sino como una advertencia teórica. Comprender las nuevas derechas radicales, los fenómenos neofascistas o autoritarios contemporáneos exige evitar tanto las teorías trascendentales y unicausales como las lecturas puramente descriptivas o moralizantes. Implica, más bien, tomarse en serio la heterogeneidad de las formas de poder que hoy se articulan —Estado, mercado, violencia, afectos, discursos, tecnologías— y reconocer que la pregunta por la autonomía de lo político sigue abierta, precisamente allí donde el fascismo histórico mostró, con mayor crudeza, hasta dónde puede llegar.