RESUMEN

El presente artículo examina la teoría política de Anselm Jappe, Bob Jessop y John Holloway en torno al problema de la crítica del capital, su forma de dominación o poder social y la posibilidad de agencia en algunas de sus principales obras. Estos tres exponentes contemporáneos de la crítica marxista elaboran comprensiones diferenciadas de la política y de la agencia, vinculadas a tradiciones teóricas y niveles de abstracción distintos. A partir de un análisis comparado, el artículo identifica las principales tensiones entre enfoques que enfatizan la dominación abstracta, las relaciones estratégicas y el antagonismo social, así como los distintos modos en que cada autor problematiza la acción política en la sociedad capitalista. El trabajo destaca las divergencias y puntos de contacto entre estas perspectivas, subrayando tanto sus aportes como sus límites para pensar la política y los intentos contemporáneos de renovación del pensamiento marxista y crítico.

Palabras clave: John Holloway; Bob Jessop; Anselm Jappe; Estado; estructura; agencia; política.

ABSTRACT

This article examines the political theory of Anselm Jappe, Bob Jessop, and John Holloway in relation to the problem of the critique of capital, its forms of domination or social power, and the possibility of agency in some of their major works. These three contemporary exponents of Marxist critique develop differentiated understandings of politics and agency, linked to distinct theoretical traditions and levels of abstraction. Through a comparative analysis, the article identifies the main tensions between approaches that emphasize abstract domination, strategic relations, and social antagonism, as well as the different ways in which each author problematizes political action within capitalist society. The article highlights both the divergences and points of contact among these perspectives, underscoring their contributions and limits for thinking about politics and contemporary attempts to renew Marxist and critical thought.

Keywords: John Holloway; Bob Jessop; Anselm Jappe; State; structure; agency; politics.

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Penaglia Vásquez, Francesco y Vargas Muñoz, Roberto (2026). El problema de la agencia y la política en las interpretaciones contemporáneas de la crítica del capital: Anselm Jappe, Bob Jessop y John Holloway. Revista de Estudios Políticos, 213, 73-‍102. doi: https://doi.org/10.18042/cepc/rep.213.03

I. INTRODUCCIÓN[Subir]

El marxismo no constituye una crítica unitaria de la modernidad. Sin embargo, supone una tradición intelectual común: sus acentos, categorías, oposiciones y tesis han variado con cada época a lo largo del siglo xx y lo que va del xxi, pero mantienen una continuidad, a saber, la crítica del capital y, al mismo tiempo, una autocrítica de esa crítica. En palabras de Perry Anderson, «el marxismo es una teoría de la historia que pretende ofrecer a la vez una historia de la teoría» (‍1986: 7). Esta caracterización general, todavía pertinente, pone de relieve una actitud —aunque no siempre continua— del marxismo tanto respecto de sus propias interpretaciones de la obra de Karl Marx como de aquellas desarrolladas a partir de las transformaciones del capital y sus formas históricas de actualización y realización.

Si bien una de las preocupaciones políticas del historiador británico en aquella época fue la separación entre la política y los intelectuales en el marxismo occidental, esta cuestión —a propósito de la crisis del marxismo— le permitió volver sobre otro problema conceptual fundamental, la clásica tensión entre estructura y sujeto en el debate francés. Este problema teórico y político con un amplio alcance en la sociología, la filosofía y la antropología de mediados del siglo xx encontró un antecedente temprano en la obra de Marx. Según Anderson (‍1986: 36), El manifiesto comunista y la Contribución a la crítica de la economía política representan dos momentos disímiles (o de «permanente oscilación») en la obra de Marx. Mientras en el primero se enfatiza el papel de la agencia de las clases, en el segundo se subraya la primacía de las estructuras y el carácter autónomo que rige la sociedad moderna. Como señala Anderson, el debate trasciende al fundador del comunismo moderno, se convierte en una verdadera antinomia política en el marxismo y encuentra diversas expresiones dentro del marxismo occidental de la segunda mitad del siglo xx, por ejemplo, en Jean-Paul Sartre, Louis Althusser y Claude Lévi-Strauss.

Este debate resulta fundamental para comprender la discusión abierta dentro del marxismo en torno a la política —y lo político—, ya que despliega miradas diversas y, en ocasiones, antagónicas, ya sea desde una perspectiva que en líneas gruesas privilegiaría las determinaciones del capital, o desde un enfoque que resaltaría el papel de la lucha de clases. Bajo estas miradas, la política en el marxismo tuvo al menos tres grandes nudos particularmente influyentes en la segunda parte del siglo xx.

En primer lugar, desde lo que se ha interpretado como la tradición del marxismo estructuralista, se utilizó la metáfora espacial del edificio (base y superestructura), en la que la política es concebida primordialmente como un aparato ideológico del Estado, determinado en última instancia por la base económica (‍Althusser, 2008: 17). En este marco, la atención se centró no solo en indagar al Estado como articulación de aparatos represivos —únicos, vinculados a lo público y operativos mediante la violencia—, sino también como un conjunto de aparatos ideológicos de Estado —plurales, pertenecientes al ámbito privado y operativos mediante la ideología—, orientados a reproducir en su totalidad el modo de producción capitalista (‍Althusser, 1968). En esta perspectiva, el Estado se presenta como objeto y lugar de la lucha de clases (‍Althusser, 2008: 28). Sin embargo, queda abierto de qué manera en la política —entendida como expresión del conflicto de clases— podría operar algún grado de capacidad de agencia; si la historia, en la síntesis que Marx retoma de Hegel, según la interpretación del filósofo francés, se concibe como un «proceso sin sujeto»[2] (‍Althusser, 1992: 20).

En segundo lugar, el marxismo historicista —desde Antonio Gramsci en adelante— puso el acento en la unidad dialéctica entre la voluntad humana y la estructura económica (‍Gramsci, 1972: 99). De esa articulación se desprende un entramado de relaciones y mediaciones entre sociedad política y sociedad civil que, en conjunto, configuran la hegemonía y el Estado (‍Gramsci, 1980: 58). Siguiendo esta línea, autores como Thompson (‍1981) desarrollaron una crítica al estructuralismo althusseriano, subrayando que la historia vivida, los datos empíricos de la historia real, deben pensarse reconociendo la doble condición de los seres humanos, agentes dotados de voluntad y, al mismo tiempo, sujetos atravesados por procesos involuntarios que los condicionan (‍1981: 145).[3]

Como un esfuerzo por resolver este debate, y en oposición al instrumentalismo[4] de autores como Miliband (‍1970), Poulantzas, luego de una primera etapa con mayor influencia del estructuralismo althusseriano[5], transita hacia una mayor influencia gramsciana en trabajos como Las clases sociales en el capitalismo o Estado poder y socialismo, textos en los que se aproxima a la comprensión del Estado como una relación social compleja. Crítico del determinismo económico, sostiene que las determinaciones estructurales no son únicamente económicas, sino también un conjunto de relaciones políticas e ideológicas (‍Althusser, 1976: 21). Con ello sienta las bases para el desarrollo del enfoque estratégico-relacional (EER), en el cual Poulantzas asigna a dichos componentes una autonomía relativa[6], evitando así su reducción unilateral a la lógica del capital, además de incluir una conceptualización del Estado como condensación y materialización de las relaciones de clases (1967: 25).

En tercer lugar, el derivacionismo alemán —surgido como un esfuerzo por superar el dualismo entre estructuralismo e instrumentalismo, y en oposición al keynesianismo y a la socialdemocracia—, en la versión de Hirsch (‍2017), sostiene que el Estado, como forma derivada de las relaciones de capital, es constitutivamente capitalista y que, por ello, aun cuando pueda ser un terreno de disputa entre facciones y otorgar concesiones, no puede convertirse en un instrumento de emancipación social.

Las tres posiciones previamente descritas representan tres respuestas históricas al problema estructura-agencia; sus consecutivos debates, lejos de resolverse, abrieron un espacio a nuevas elaboraciones que, retomando algunos de estos hilos argumentales, dieron lugar a nuevas propuestas. En esta línea, por ejemplo, aunque exponentes de la llamada «crítica del valor», como Anselm Jappe y Robert Kurz, han formulado una crítica explícita al estructuralismo de Althusser —o, más precisamente, a lo que entienden por él—, en sus obras es posible encontrar una teoría del poder/violencia o de la dominación social con fuertes rasgos estructuralistas. Al mismo tiempo, sin ser althusserianas, nuevas lecturas de Marx —sobre todo en el ámbito del debate alemán— han puesto el acento — como previamente lo hiciera Marx en los Grundrisse y El capital o G. Lukács en Historia y conciencia de clase— en la noción de personificación/personalización (‍Heinrich, 2012) o en las estructuras del valor como fundamento de la socialización moderna (‍Postone, 1993). Por otra parte, autores como Jessop, siguiendo algunos postulados de Poulantzas y del regulacionismo francés, se han centrado en construir una teoría del Estado, entendiéndolo como cristalización contingente —histórica y conflictiva— resultantede la interacción estratégica entre actores. A su vez, teóricos como John Holloway, iniciado en el derivacionismo, expandieron algunas de sus premisas —como la imposibilidad de construir emancipación desde la estatalidad— y las articularon con ideas consejistas, autonomistas y anarquistas, dando lugar a una línea argumental que concibe la política como la constitución de espacios de antipoder desde fuera y contra los aparatos del Estado.

En esta línea, como un esfuerzo por sistematizar y problematizar dicho debate, Facundo Nahuel Martín (‍2024) señala que es posible dividir las corrientes marxistas que abordan la subjetivación política en dos planos antagónicos: inmanentistas y antagonistas. En el primer grupo ubica a Postone, Arthur, Starosta y Jappe; en el segundo, a Bonefeld, Negri, Dussel, Echeverría y, por supuesto, Holloway. Frente a estas dos salidas, Martín esboza una propuesta que matiza y reconoce la codependencia de ambos registros, evitando caer en lo que denomina normativismo, y sostiene que «la estrategia política solo tiene sentido si hay posibilidades de agencia reales, pero estructuradas en un marco objetivo. La razón estratégica se opone tanto a la autonomía radical de la política como al determinismo estricto». Esta posición intermedia —que busca conciliar agencia y estructura—, aun cuando constituye una aspiración recurrente dentro del marxismo, que sigue siendo normativa en lo que respecta a su crítica del capital, ofrece un marco esquemático útil para distinguir algunas de las posiciones marxistas contemporáneas.

En este artículo abordaremos algunas de las posiciones previamente descritas —aunque no de manera lineal— a partir del análisis de tres autores marxistas contemporáneos: Jappe, Jessop y Holloway, dos de los cuales sostuvieron un debate abierto a comienzos de los años noventa. Con distintos niveles de abstracción y, en ocasiones, influencias teóricas ajenas al marxismo, sus obras permiten reconstruir respuestas divergentes a problemas clásicos de la tradición marxista vinculados a la relación entre capital, agencia, política y Estado. Su selección responde a que, aun partiendo de preocupaciones teóricas distintas, sus trabajos ofrecen formulaciones particularmente influyentes sobre estos debates y permiten examinar cómo diferentes concepciones de las relaciones sociales capitalistas producen distintas lecturas sobre la acción política, el Estado y la transformación social.

Como hipótesis de trabajo, sostenemos que las diferencias entre estos autores no remiten únicamente a distintas concepciones del Estado o de la acción política, sino también a diagnósticos divergentes acerca de la naturaleza del capital y de los mecanismos fundamentales de reproducción de la sociedad capitalista, cuestión que tiene dos implicancias: la imposibilidad de una síntesis teórica que integre estas miradas y el impacto que estas tensiones teóricas implican en términos de proyectos y estrategias de acción política. Así, mientras en Jappe el sujeto pareciera ser el capital, con un espacio ambiguo para el antagonismo y la agencia, en Holloway el capital se entiende como lucha de clases —es decir, antagonismo puro—, y en Jessop el capital, carente de capacidad de autoreproducción y autogeneración, requiere de marcos extraeconómicos en los que se establece una agencia situada. En este artículo se examinará la propuesta teórica de estos tres autores, destacando, en la amplitud de sus obras, sus nociones sobre agencia y política en la sociedad capitalista.

II. JAPPE Y LA CRÍTICA DEL VALOR[Subir]

En este primer apartado presentaremos una parte de la obra de Jappe, filósofo alemán, teórico del valor y especialista en el pensamiento de Guy Debord. Aunque su obra está influenciada por diversos autores, se le reconoce principalmente por su papel en la difusión de la corriente crítica del valor liderada por Robert Kurz. En este trabajo, por razones de espacio, nos centraremos únicamente en una parte de su producción teórica y lo presentaremos como un autor individual, original e independiente, a pesar de que él mismo, en algunas de sus obras, se define como un difusor de las tesis desarrolladas en las revistas alemanas Krisis y Exit!.

Para continuar, lo que prosigue lo abordaremos en este orden: la sociedad moderna y su crítica en el marxismo tradicional, la interpretación de la política (y el Estado) y, finalmente, el lugar de la transformación social en Anselm Jappe.

En primer lugar, si existen vestigios que permitan sostener un enfoque estructuralista en la obra de Jappe, resulta pertinente comprender cómo interpreta la configuración de la sociedad moderna lo cual, en su caso, se hace a partir del concepto marxiano de valor. El valor es la forma social total (‍Jappe, 2016: 24) y automática que rige la sociedad moderna, cuya comprensión no se funda en una teoría basada en la distinción entre estructura y superestructura. A diferencia de otras sociedades que también han operado de manera ciega, la modernidad se caracteriza por el dinamismo de su mediación fetichista, expresado en un proceso continuo de expansión e incremento de la riqueza abstracta, sustentada en el trabajo abstracto (ibid.: 113). En este sentido, el valor no es solo una forma de producción o un problema meramente económico, sino también una forma de conciencia. Pero no se trataría simplemente de la relación entre un modo de producción y sus correspondientes formas de conciencia, sino de una estructura previa que determina la experiencia.[7]

En la explicación de la sociedad moderna, el socialismo real no constituyó una alternativa a la forma social total, pues buscó regular de manera consciente el automovimiento del valor y del dinero, pero sin romper con su lógica fundamental. El conflicto entre capital y trabajo es, en este marco, un conflicto interno al capitalismo, inmanente: ambos son comprendidos como parte de una misma sustancia en la medida en que constituyen la sustancia del valor y posibilitan la realización de la sociedad burguesa, cuyo funcionamiento descansa en leyes ciegas e impersonales. Así, lo que Jappe denomina marxismo tradicional —base del socialismo real— terminaría defendiendo, en última instancia, una tesis distributiva fundada en la explotación de una clase por otra. La explotación es una relación de dominación en tanto expresión del valor, ya que detrás de este se oculta aquel, y no se trataría de una explotación personal, sino de una dominación social abstracta e impersonal que Jappe elabora siguiendo los planteamientos de Postone en Tiempo, trabajo y dominación social (2013: 254).

Según Jappe, las clases sociales que expresan el antagonismo entre trabajo y capital no constituyen un antagonismo absoluto (‍2016: 84), pues ambas forman la unidad del capital. El capital y el obrero no aparecen como sujetos absolutamente antagónicos, sino como personificaciones contradictorias del capital (ibid.: 96). En este punto, vale preguntarse ¿qué lugar tiene la política en la obra de A. Jappe? ¿Es la política un espacio para el agenciamiento?

Al ser el valor una totalidad social, la política y la economía no aparecen como esferas separadas, sino como subsistemas complementarios dentro de una misma estructura (ibid.: 140). Son complementarios en tanto forman parte de esa totalidad social. El valor no constituye una categoría meramente económica sobre la cual se superpone la política, sino que es la forma misma que estructura la sociedad. Dado que el intercambio de mercancías es impersonal y, por lo tanto, no implica relaciones sociales directas, se requiere de una esfera que organice dichas relaciones y permita la realización de intereses universales (ibid.: 141).

En esta representación categorial, la política es un concepto moderno que no existía en las sociedades precapitalistas. Desde una teoría de la sociedad donde el valor opera como una pulsión impersonal y tautológica que gobierna abstractamente la vida moderna, Jappe sostiene que la política es un sistema secundario (ibid.: 141). En la sociedad del valor no existe un sujeto (o individuo) autónomo y consciente, sino únicamente fragmentos de un sujeto en formación (ibid.: 143). Entonces, en este momento del discurso ya no es suficiente preguntarse, siguiendo el argumento de Jappe, ¿cuál es el lugar asignado a la política? Sino que también, ¿cómo se sale de la sociedad mercantil —en el contexto de la crisis del neoliberalismo—? Según el filósofo alemán, los discursos históricos de la izquierda del siglo xx predominantemente argumentaron la necesidad de un retorno al keynesianismo y a un nuevo papel del Estado. Es decir, han buscado insertar la economía en la sociedad mediante reformas impulsadas por aquello que irónicamente Jappe denomina «agentes de buena voluntad» (ibid.: 208). El problema, señala el teórico del valor, es que este enfoque se limita a confrontar el neoliberalismo sin cuestionar la mercancía, el dinero, el valor y el Estado. Aunque estos proyectos introducen modificaciones en los cimientos del sistema, no alcanza a rozar la raíz de los problemas porque lalógica de la mercancía permanece ausente en el análisis. Se trata, en última instancia, de una lucha contra la mercancía sin reconocer la mercantilización de la vida misma.

En consecuencia, la política no constituye una esfera de libre arbitrio ni de deliberación y decisión en común. Según Jappe, la izquierda ha elaborado una crítica general sustentada en la democratización de la vida política y en la imposición de límites a la economía. Sin embargo, como se señaló anteriormente, es un subsistema secundario cuyo propósito consiste en impedir que los sujetos del mercado caigan de inmediato en una guerra de todos contra todos. En el proyecto liberal, cada sujeto aparece como representante de mercancías; en consecuencia, no puede relacionarse con otros sin la mediación del valor, lo que imposibilita la formación de una comunidad (ibid.: 141). Desde esta perspectiva, el Estado moderno se presenta como la otra cara de la mercancía; es decir, como una creación de la lógica del capital. Son polos inseparables: tanto el Estado como el mercado son consecuencias o expresiones de esa lógica. En este marco, el capital no manifiesta ninguna aversión hacia el Estado (ibid.: 141) sino que su despliegue y posibilidad.

Según Jappe, la democracia es la otra cara del capital (ibid.: 143). Su concepto presupone que la sociedad está compuesta por sujetos dotados de libre arbitrio. Sin embargo, Jappe argumenta que no existe una verdadera libertad de decisión. Los sujetos no se encuentran fuera de la lógica de la mercancía y no pueden disponer del valor como si fuera un objeto externo a ellos. La ley del valor está fuera del alcance del libre arbitrio de los individuos; por tanto, no hay (en el presente del capital) o no puede haber (en el futuro del capital) verdadera voluntad política. La lógica fetichista siempre está presupuesta (ibid.: 144).

A pesar de toda la argumentación previa, Jappe señala que la lógica del capital no ocupa completamente la vida y que nunca podrá hacerlo. Surge entonces la pregunta: ¿cómo se relaciona esta afirmación con la tesis del capital dominándolo todo? Según el autor, siempre hay una parte del individuo que no está formada por la mercancía, aunque esta intente colonizar tanto la vida cotidiana como las estructuras psíquicas. No obstante, en Jappe no existe un sujeto en sí ontológicamente opuesto al capitalismo, sometido solo de forma externa. Si así fuera, argumenta, ese sujeto podría tomar conciencia y desplegar un para sí, es decir, un sujeto anticapitalista. Sin embargo, en el capitalismo solo existe un sujeto automático, el cual debe ser abolido, no desarrollado (ibid.: 146). En el marxismo tradicional, en cambio, el sujeto automático aparece como un derivado del verdadero sujeto: las clases sociales (ibid.: 146-147).

Por consiguiente, para Jappe el capitalismo no es el resultado de la voluntad de los capitalistas ni su abolición la consecuencia de la voluntad del proletariado. Critica, en este sentido, la tesis temprana de Lukács en Historia y conciencia de clase, según la cual el proletariado es el sujeto-objeto de la historia. En este esquema, el proletariado aparece como un sujeto enajenado, pero capaz de reconocer el carácter fetichista de las relaciones capitalistas (ibid.: 147). El problema de esta perspectiva, como otras de lo que denomina marxismo tradicional de carácter antagonista, es que presupone la existencia de un sujeto externo a las relaciones capitalistas o cuya participación en ellas sería meramente superficial. Sin embargo, para Jappe los obreros no son más que vendedores de fuerza de trabajo. En la sociedad fetichista no existe una clase de la conciencia. Por lo tanto, no se trata de una subjetividad de los explotadores frente a una subjetividad de los explotados: en el capitalismo no puede nacer una auténtica subjetividad social (ibid. :148) y, al mismo tiempo, el sujeto automático tampoco puede gobernar las dinámicas que él mismo ha desencadenado, de ahí que el diagnóstico lógico en este proyecto sea la crisis.

El alcance de la propuesta de Jappe radica en comprender la agencia como una dimensión históricamente constituida por las formas fetichistas del capital. No obstante, al reducir considerablemente la autonomía de la acción política y de los sujetos, su enfoque deja abierta la pregunta por las mediaciones concretas mediante las cuales podría producirse una trasformación social emancipadora.

III. LA POLÍTICA EN JESSOP: AGENCIA ESTRUCTURALMENTE SITUADA[Subir]

A diferencia de Jappe, Jessop no centra su análisis en una teoría del capital que se sustente en la lógica del valor. Influido por la teoría de la regulación[8], Jessop es crítico de la concepción del capital como un proceso «autogenerado» y «autoestabilizado» que se reproduce únicamente a partir de dinámicas internas o inmanentes. Tal como plantea el regulacionismo, el capitalismo se estabiliza mediante arreglos institucionales en los que coexisten regímenes de acumulación y modos de regulación. Para el autor, la reproducción del capital depende de un entramado más amplio de instituciones, relaciones políticas, escalas territoriales y procesos culturales que configuran las condiciones de acumulación.

La idea de fondo que subraya Jessop es que «el capitalismo no puede reproducirse solamente a través de la forma valor, sino que depende de otros sistemas y del mundo de la vida para que le ayuden a cerrar el circuito del capital y a compensar los fallos de mercado» (‍Jessop, 2008: 31). De este modo, distante de una mirada instrumentalista, las instituciones —entre ellas el Estado— son específicas y cambiantes en el tiempo. Además, como influencia del regulacionismo —y en desacuerdo con la obra de Holloway (como veremos más abajo) y Jappe—, para Jessop el capital y sus componentes (trabajo, mercancía y dinero) no se producen en y a través de las relaciones capitalistas de producción, sino fuera de ellas, a través de la familia, la educación, el derecho y el Estado (‍Jessop y Sun, 2006: 6). De esta manera, frente a la preocupación por el dualismo estructura-superestructura, y con el propósito de reconstruir la idea de totalidad[9], el regulacionismo —y en continuidad Jessop— entiende los procesos de acumulación o «lo económico» como insertos en un conjunto de relaciones económicas y extraeconómicas.

En la obra de Jessop, esta noción de articulación económica-política se conjugan a su vez con la influencia temprana de Poulantzas[10] a través de dos ideas: primero, la comprensión de una totalidad conformada por una relación no mecánica y mutuamente influyente entre capital, clases y aparatos del Estado (‍Poulantzas, 1976: 25); segundo, la aproximación a los aparatos, no desde una «esencia instrumental intrínseca», sino como la condensación y materialización de relaciones de clases. Es en esta línea, que el enfoque estratégico relacional (EER) se aproximaría al Estado como el resultado «contingente de un cambiante equilibrio de fuerzas que busca avanzar en sus respectivos intereses dentro, a través y contra el sistema estatal» (‍Jessop, 2017a: 99). El Estado, sin ser un sujeto ni tener una naturaleza y racionalidad predefinida, sería una relación social de «todas las fuerzas que operan en sociedades y coyunturas particulares (ibid.: 150).

Así, el Estado —«su ejercicio e impacto»— es desarrollado por agentes, grupos políticos y funcionarios situados en el aparato estatal, los cuales reflejan el equilibrio de fuerzas prevaleciente, tal como este se ha configurado tanto fuera como dentro del propio Estado (ibid.: 59). En este sentido, un Estado sin determinaciones cristalizaría distintos tipos de tendencias y principios enfrentados: la acumulación capitalista como uno de ellos, junto con otros como el racismo, el nacionalismo, el patriarcado, etc. De este modo, para Jessop el Estado moderno no es esencialmente capitalista, pudiendo adoptar formas militarizadas, teocráticas, democrático-liberales, de apartheid, entre otras configuraciones. En suma, el Estado es un espacio donde las relaciones de poder y las luchas se suceden (‍Jessop, 2014: 24). Adicionalmente, este equilibrio contingente de fuerzas cristaliza un conjunto «distintivo de instituciones y organizaciones cuya función socialmente aceptada consiste en definir y hacer cumplir las decisiones colectivamente vinculantes en una población dada en nombre de su “interés común” o “voluntad general”» (ibid.: 25). De esta manera, el Estado se devela con un doble carácter. Primero, como cristalización, esto es, el momento instituido de la política; y segundo, como equilibrio contingente, es decir, coyunturas de poder y conflictoespacial y temporalmente cambiantes (ibid.: 29).

Es en este lugar donde aparece nítidamente en la obra de Jessop la política como un momento de agencia, disputa y como la cristalización-equilibrio de esas relaciones, cuestión que si bien podría tener similitudes con algunas miradas funcionalistas y liberales[11], difiere de ellas en al menos tres puntos.

Primero, como él mismo lo detalla, su obra no es estatocéntrica[12] (‍Jessop y Morgan, 2022). Al igual que Gramsci y Poulantzas, Jessop hace referencia al Estado desde una concepción abierta que pudiera asimilarse conceptualmente con la idea de orden dominante o hegemonía, es decir, sociedad política más sociedad civil. Así, la visión de Estado no hace referencia al aparato estatal, sino a un entramado más amplio de actores e instituciones. A partir de ahí su agenda se cruza con el debate sobre gobernanza[13]. Para Jessop (‍2017a: 241), los actores conectan en diferentes redes socioespaciales que establecen distintas posibilidades de interacción. La gobernanza no se limita a lo público ni a lo privado, sino que integra jerarquías entrelazadas, redes paralelas y vínculos entre niveles y dominios. Su relación con el gobierno se da a través de prácticas de metagobernanza o «colibración» —en disputa— que reajustan el peso relativo de las diferentes formas de coordinación dentro y más allá del Estado, siempre condicionadas por la jerarquía. Con todo, el Estado tendría fronteras difusas, «una geometría variable y horizontes complejos» (‍Jessop, 2008), en la que los territorios, lugares, escalas y redes entre actores forman una polimorfia socioespacial. Así, el autor, no solo releva el carácter estratégico,agencial y político del Estado, sino que, desde la noción de gobernanza, profundiza la difusa delimitación entre sociedad civil y sociedad política y las múltiples posibilidades espacio temporales de interacciones agenciales que configuran lo instituido como un equilibrio contingente.

La segunda aclaración relevante es que, a diferencia del liberalismo, Jessop no está pensando en una interacción mediada por las instituciones políticas, sino que más bien, siguiendo una extensa tradición marxista, es crítico con la democracia liberal y el republicanismo[14]. De este modo, aun cuando hace referencia a conceptos como «interés común» o «voluntad general», señala que esta es en última instancia ilusoria porque su definición ocurre en un contexto estratégicamente selectivo. Allí, la articulación y agregación de intereses, opiniones y valores es desigual, de modo que el resultado es intrínsecamente asimétrico y algunos intereses quedan relegados mientras otros se ven favorecidos (‍Jessop y Morgan, 2022: 27).

Tercero, en relación con la idea de «estratégicamente selectivo», Jessop plantea su resolución al problema estructura-agencia a partir de la conceptualización de una «agencia situada», uno de los elementos centrales de su propuesta. La estrategia —siempre limitada— de los actores, además de no estar anclada en la elección racional, presenta dos constricciones. Por un lado, se desarrolla dentro de «los límites impuestos por la composición diferencial de las limitaciones estructurales» (‍Jessop, 2008: 29); por otro, se da en un contexto de sentidos y significados, es decir, imaginarios sociales y aprehensiones cognitivas, normativas y/o valorativas del mundo, los cuales también se enmarcan en límites espaciales, históricos y temporales. De este modo, se configuraría una evolución contingente de las formas de organización económica y dominación política.[15]

En suma, aun cuando no existe una referencia explícita, Jessop aborda el problema de la agencia de un modo similar a Thompson en el debate con el estructuralismo althuseriano. Así, resuelve la agencia como una capacidad estrategia social (no individual), enmarcada en significados y sentidos histórico, espaciales y temporales y estructuralmente limitada en términos de capacidad/poder. Por tanto, la política aparece como un pequeño margen entre constricción —de estructuras estratégicamente selectivas y no absolutamente restrictivas— y la capacidad de acción, de identidades, intereses, recursos estrategias y tácticas que, si bien serían estructuralmente limitados, tendrían la capacidad de modificar dichos límites y oportunidades (‍Jessop, 2017a: 10).

En este contexto toma relevancia el papel de las «coyunturas», entendidas como el momento «espaciotemporal» específico de crisis, contradicciones o antagonismos, en el que se abren mayores posibilidades de transformación o alteración de las estructuras según la capacidad de acción e intervención de las fuerzas sociales.

Con estos elementos, Jessop cierra su perspectiva sobre la política. La inestabilidad, la tendencia a las crisis y el carácter relacional mismo del capital —incapaz de cerrarse en sí mismo y autocontenerse— requieren de soluciones temporales que abren coyunturas en las cuales intervienen actores estructuralmente situados y estratégicamente limitados (momento instituyente). Estos arreglos espaciotemporales se constituyen como cristalizaciones (momento instituido) que permiten desplazar o diferir las contradicciones generadas en el sistema económico. Este último, si bien ejerce un dominio ecológico sobre otros sistemas, también es coconstruido a partir de los arreglos institucionales contingentes en los que intervienen actores con diferentes capacidades de poder. Con ello aparece el momento de la política, entendida no como la mera interacción mediada por las instituciones democráticas (sistema de partidos, sistema de gobierno, sistema electoral), sino como un conjunto de interacciones (gobernanza) que configuran un Estado extendido: el enfoque estratégico-relacional.

La principal contribución de Jessop consiste en desarrollar una teoría relacional capaz de superar las visiones más deterministas de la tradición marxista, incorporando al análisis las mediaciones institucionales, regulatorias, espaciales y discursivas que intervienen en la reproducción y transformación de las sociedades capitalistas. Desde esta perspectiva, la política no aparece como una mera expresión de la acumulación ni el Estado como un simple instrumento de clase, sino como ámbitos estratégicamente selectivos donde actores desigualmente posicionados disputan la orientación de relaciones de fuerza históricamente contingentes. Sin embargo, este desplazamiento también plantea una tensión teórica relevante. En la medida en que la explicación se concentra crecientemente en las mediaciones que hacen posible la reproducción social, el capital tiende a perder centralidad como principio organizador de la totalidad social, adquiriendo un estatuto más próximo al de una condición o entorno de procesos políticos, institucionales y culturales relativamente autónomos. De este modo, permanece abierta la pregunta acerca de cómo se articulan dichas mediaciones con las formas específicamente capitalistas que les dan origen y delimitan sus posibilidades de desarrollo.

IV. HOLLOWAY Y LA CONCEPCIÓN DEL CAPITAL COMO LUCHA DE CLASES[Subir]

Una entrada que nos permite situar las particularidades del pensamiento de Holloway es remitir al debate recogido en el libro Post-Fordism and social form: A marxist debate on the Post-Fordist State (‍1991), donde sostiene que el capital es lucha de clases. En esta obra colectiva, editada por Bonefeld y Holloway, se reúnen cuatro artículos en los que intercambian consideraciones teóricas y críticas con Jessop.

Holloway sostiene que Jessop concibe el valor y las formas fetichizadas como autónomas o cuasi autónomas, en las cuales el capital —entendido como una forma particular de relación social— tendría una lógica institucional y una direccionalidad propias (‍Holloway, 1991b: 173). A su juicio, Jessop desarrolla un «sofisticado» determinismo funcionalista, en el que la lucha de clases quedaría relegada a los orígenes del capitalismo, en la acumulación primitiva entendida como una fase superada. Esto tendría una segunda consecuencia: al reducir la lucha y enfatizar en el marco estructural cuasi autónomo del capital y de la dominación, el marxismo se convierte en una teoría destinada a comprender y explicar la reproducción del capital, pero no su ruptura (ibid.: 173).[16]

Con todo esto, la obra de Holloway propone una comprensión de la política como expresión de la negatividad, la ruptura y el grito. Inspirado en la tradición del debate alemán de la derivación del Estado, su enfoque rechaza la separación entre economía y política como una operación fetichista propia del modo de producción capitalista, que disocia las formas sociales para ocultar la explotación y naturalizar el orden dominante. Desde esta perspectiva, como en A. Jappe, la política no se ubica en un campo autónomo o específico, sino que atraviesa las relaciones sociales constitutivas del capitalismo. Pero, en lugar de ser un subsistema, lo político[17] aparece como una dimensión dispersa, fragmentada y cotidiana de lucha, expresada en formas múltiples y a menudo invisibles, cuestión que teóricos como Scott (‍2000) ampliarían a partir del concepto de infrapolítica.

La acumulación capitalista es para Holloway un proceso inacabado que permanentemente intenta expandirse, fetichizar, dislocar, clasificar y objetivar, provocando permanentes y heterogéneas formas de resistencias. De allí surge su concepto clave: el grito, entendido como negación, ruptura subjetiva y posibilidad de emancipación, es decir, lo político. Para entender esta concepción centrada en el grito y la política en lo cotidiano es necesario desarrollar cuatro nudos centrales de su obra.

En primer lugar, inspirado en el debate alemán de la derivación, las primeras elaboraciones significativas de Holloway tienen como eje central el Estado y el problema de la política. Para Holloway, la separación entre lo político y lo económico constituye una expresión del fetichismo, orientada a fragmentar y desvincular la política de las relaciones de clase, lo que resulta fundamental para asegurar la reproducción del capital. Siguiendo a Hirsch, ello cumpliría la función de abstraer las relaciones de fuerza y la explotación, enmarcando a la política en una esfera específica orientada a «procesar las relaciones sociales en categorías políticas particularizadas» (‍1980: 23). Años más tarde, en Cambiar el mundo sin tomar el poder (CMSTP), Holloway sería aún más gráfico al sostener que la dominación equivale a un robo a mano armada cuya particularidad en el capitalismo radica en que quien porta las armas está separado de quien ejecuta el robo, limitándose este último a vigilar que todo se cumpla «conforme a la ley». La separación entre lo económico y lo político provoca que lo político aparezca como el ámbito exclusivo del poder, mientras lo económico se naturaliza y queda fuera de cuestionamiento (‍Holloway, 2011a: 54-‍55).

No obstante, Holloway, al igual que la escuela alemana de la derivación, mostró que esta separación entre política y economía no constituía únicamente un problema del liberalismo moderno, sino que permanecía presente y sin resolución dentro del propio marxismo. Así, en Holloway (‍1993) la tensión entre política y economía se manifiesta tanto en las corrientes deterministas, economicistas y estructuralistas —que abordan los fenómenos a partir de la separación entre base y superestructura, relegando lo político a un reflejo funcional y mecánico de las tendencias del capital— como en las corrientes politicistas, que enfatizan el concepto de autonomía relativa y, con ello, profundizan la separación.[18]

El problema, tanto para Holloway como para los derivacionistas es que las categorías de El capital no habrían sido diseñadas para la comprensión de lo «económico», sino para estudiar «la estructura del conflicto de clases en la sociedad capitalista» (‍Holloway y Picciotto, 2017: 86). Con ello, contrario a las acusaciones de economicismo, el desafío para Holloway estaría no en una teoría económica para estudiar la política, sino en una teoría materialista para estudiar la totalidad (incluidas la economía y la política).

Esta perspectiva, centrada en las relaciones sociales capitalistas como materialidad de la totalidad, tendrá una repercusión significativa en la concepción del Estado. En esta línea, si desde las polis griegas hasta el liberalismo moderno el Estado ha sido el escenario central de la política, en Holloway —al carecer de autonomía relativa y presentarse como una forma derivada de las relaciones capitalistas— su importancia para comprender los fenómenos políticos resulta limitada. Así, más allá de la reconocida posición estratégica autonomista y antipoder que desarrolla[19] a partir de CMSTP, en Holloway se advierte también una posición en la cual el Estado pierde centralidad y relevancia, constituyendo —de un modo semejante a como lo plantea Jessop— una forma rigidizada de las relaciones sociales (‍1993:13).

Perdiendo relevancia analítica el Estado, prima en Holloway una centralidad en las relaciones sociales dentro del capitalismo, las cuales también dejan de tener una caracterización nacional. Para Holloway (ibid.: 15), lo político aparece en el capitalismo a escala global, pero no a partir de la constitución de un Estado mundial, sino desde múltiples estados nacionales aparentemente autónomos. Por esta razón, lo político estaría fracturado y fragmentado en una aparente correlación entre Estado y sociedad. En suma, la política en Holloway no aparece fijado ni institucional ni territorialmente, encontrándose, como será visto más adelante, en los procesos de acumulación.

En segundo lugar, y en continuidad con su crítica al determinismo, el estructuralismo y el funcionalismo, se pueden distinguir dos ejes conceptuales fundamentales en el pensamiento de Holloway. Por un lado, su elaboración sobre el fetichismo y la fetichización como procesos abiertos y en disputa; por otro, su concepción de la lucha de clases como una dinámica cotidiana, múltiple e indeterminada. Para Holloway (‍2011a), constituye un error comprender las formas capitalistas de relación social como estructuras cerradas y plenamente consolidadas desde el surgimiento del capitalismo. En oposición a enfoques como el althusseriano, sostiene que la acumulación es un proceso abierto e inacabado, dinamismo que implica que el capitalismo niega nuestra capacidad de hacer —elemento central de la naturaleza humana—. De este modo, la clase trabajadora es objetivada y cosificada, forzada a realizar lo que otros dictaminan: «La separación del hacedor respecto de lo hecho es, inevitablemente, la separación del hacedor respecto de sí mismo» (ibid.: 68).

Esta separación entre quién hace y lo que se hace no solo establece una distancia objetiva, sino que también produce una subjetividad fragmentada. El sujeto queda escindido de su hacer y del producto de su hacer, lo que da lugar a formas de enajenación: el hacer se subordina a lo hecho y el sujeto aparece como un complemento pasivo y alienado frente a ambos. En consecuencia, «el carácter social del hacer se quiebra, y con ello el reconocimiento mutuo y la validación social, factores que se transfieren a los productos en términos de intercambio expresados en términos de valor» (ibid.: 71).

Este proceso de separación no es estático, sino que se profundiza con la expansión del capital. Holloway sugiere que dicha lógica se proyecta hacia múltiples dimensiones de la vida social contemporánea: la experiencia del tiempo, el sistema de crédito, el predominio de la economía financiera, el despliegue de la inteligencia artificial e, incluso, la forma misma que adopta la política. «La acumulación es, simplemente, el proceso voraz y sin descanso de separar lo hecho respecto del hacer, y de volver lo hecho (como medios del hacer) contra los hacedores a fin de sujetar su hacer presenta al único fin de mayor acumulación» (ibid.: 72). Este fenómeno —denominado fetichismo[20]— atraviesa todas las relaciones sociales, formas de pensamiento y dimensiones de la vida humana. Aunque una parte de la tradición marxista optó por relegarlo, algunos autores, como Georg Lukács, lo reivindicaron como categoría central, aunque tendieron a concebirlo como un hecho cerrado y consumado.[21] En contraste, para Holloway el fetichismo es un proceso dinámico y permanente de separación entre el hacedor y lo hecho, un fenómeno inacabado que, lejos de clausurar el conflicto, abre múltiples frentes de lucha en lo cotidiano y posibilita, en esa misma fractura, formas de resistencia y autoemancipación.

Por otro lado, dado que la acumulación —y, por extensión, la fetichización— constituye un proceso continuo y abierto, la lucha de clases y las formas de resistencia que esta engendra configuran un campo múltiple, heterogéneo y en constante transformación. El sujeto de la historia, en esta perspectiva, no es una estructura abstracta —el capital— con una teleología determinada, sino la propia lucha de clases en sus diversas manifestaciones, atravesada por contextos históricos y configuraciones específicas. La acumulación, en tanto fuerza expansiva, tiene como contracara la resistencia, cuyos contenidos no pueden derivarse ni anticiparse de antemano. Por ello, la acumulación se convierte en el lugar mismo de lo político, al generar múltiples espacios de enfrentamiento abiertos e indeterminados.

En Holloway «la historia no es otra cosa sino el movimiento de la lucha de clases que define y redefine los frentes de batalla entre las clases. Al desarrollarse la relación entre las clases, la relación capitalista, también se desarrollan las formas en que se expresa la relación capitalista. Al desafiar la lucha de clases al capital mismo, se desafía a las formas del capital, estas tienen que ser constantemente restablecidas y redefinidas» (‍1980: 18). Esta noción de lucha de clases es presentada como abierta, no determinista y no esencializada. Se trataría de una lucha cotidiana por resistir a las tendencias del capital por ser fetichizados, a partir de la cual se configura lo que denomina en CEMSTP como grito, es decir, el momento de rebeldía, rechazo, ira, no quietud y movimiento. Ello sería el concepto articulador de su concepción de la política, entendida como rabia y esperanza orientada, por un lado, a la negación, y por otro al «hacer».

Para cerrar, conviene destacar algunos puntos adicionales. Como se ha señalado, para Holloway la política se manifiesta en múltiples espacios de resistencia, enfrentamiento y rebeldía. Estos espacios constituyen una oposición al hacer forzado y fetichizado propio de las relaciones de acumulación capitalista. La resistencia al capitalismo, en su lectura, no se expresa únicamente en términos materiales, sino también como rechazo a la clasificación identitaria. En este sentido, la identidad puede entenderse como una forma de fetichismo: una respuesta sustitutiva ante el quiebre del hacer social y la alienación del sujeto. Desde esta perspectiva antiidentitaria, Holloway retoma a Theodor Adorno, para quien la dialéctica no implica una búsqueda de síntesis, sino una «conciencia consecuente de la no identidad», es decir, un modo de pensar aquello que desborda y no encaja en las categorías establecidas (‍Holloway, Matamoros y Tischler, 2007: 12). Así, la lucha anticapitalista no se define por la afirmación positiva de una identidad alternativa, sino por el intento de preservar la potencia de lo que no puede ser capturado en ningún concepto fijo (‍Holloway et al., 2007: 14).

En esta línea, el autor advierte que incluso en los movimientos sociales o luchas identitarias persiste el riesgo de «positivizar» esa identidad, lo que conduciría a perder de vista el carácter relacional y conflictivo del capital (‍Holloway, 2011b: 124). De ahí que el momento político —entendido como ruptura, rechazo u oposición— sea también el momento en que emergen «zonas autónomas temporales», donde «se rechaza la autoridad externa y afirmamos aquí y ahora mandamos nosotros» (ibid.: 26). Para Holloway, el capital es lucha de clases y la agencia (y la política) aparecen como grito constante, como subjetividad antagónica que se enfrenta a la objetivación del capital. Se trata de una lucha cotidiana, contradictoria e indeterminada, pues el sujeto se encuentra fracturado, enajenado, angustiado y dañado, de modo que lo que emerge es un grito desgarrado (ibid.: 97).

La principal contribución de Holloway consiste en cuestionar los términos mismos en que suele plantearse el problema de la relación entre estructura y agencia. En lugar de concebir el capital como una estructura frente a la cual actúan sujetos externos, su propuesta entiende la sociedad capitalista como una relación social constituida simultáneamente por dominación y negación, subordinación y resistencia. Desde esta perspectiva, el antagonismo no aparece como una respuesta posterior a la dominación, sino como una dimensión constitutiva de ella, desplazando así buena parte de los dualismos tradicionales entre estructura y sujeto, reproducción y transformación. Sin embargo, la fuerte integración entre capital, antagonismo y resistencia deja menos desarrolladas aquellas mediaciones políticas e institucionales que intervienen entre los procesos de dominación y las dinámicas de negación. En este sentido, permanece abierta la pregunta acerca del papel que desempeñan el Estado, la institucionalización y otras formas de mediación en la configuración, articulación y proyección histórica de los conflictos sociales.

V. PUNTOS COMUNES, ANTAGÓNICOS, CONTRARIOS Y ANTINÓMICOS[Subir]

Jappe, Jessop y Holloway comparten al menos cuatro aspectos fundamentales: 1) una crítica del capitalismo basada en aspectos directos y/o indirectos en la obra de Karl Marx, articulada con un análisis de la sociedad moderna en lo que respecta a sus estructuras, instituciones y formas de subjetividad; 2) el rechazo a una identificación (completa) de la política con el aparato estatal o con la democracia representativa liberal; 3) la problematización de la separación o unidad moderna entre economía y política desde perspectivas marxistas heterodoxas, y 4) una interpretación crítica de la autonomía del sujeto moderno, concebido como condicionado, estructurado o afectado por la forma capitalista. Sin embargo, no son tanto estos puntos de convergencia los que interesa subrayar aquí, sino más bien sus divergencias, pues en ellas reside la clave que anuda la cuestión que, en última instancia, atraviesa el pensamiento de los tres autores. A continuación, se presentan dos divergencias centrales en el marco de la discusión previamente planteada: por un lado, respecto de un análisis marxista cuyo fundamento es el problema de la dominación abstracta; por otro lado, respecto de un análisis cuya fuente vuelca su atención hacia lo concreto o situado, dejando fuera la forma abstracta del poder o el modo moderno de dominación.

En primer lugar, abordaremos una de las divergencias entre Holloway y Jappe. Según Holloway, la separación moderna, tal como ha sido presentada por el marxismo en autores como Jappe, aparece como una falsa separación en la cual el dinero parece independiente (‍Holloway, 2016: 22). Habría en Jappe, según Holloway, un «fetiche del fetiche». La teoría de Jappe es, para él, una teoría cuya temporalidad corresponde al tiempo lineal del sujeto automático y que no contempla el antagonismo o la fractura como parte constitutiva del capital (ibid.: 23). En esta línea, Holloway sostiene que dichas posiciones —como las de Jappe y Postone, por ejemplo— son estructuralistas, no solo porque afirman una historia sin sujeto, sino porque la lucha de clases no es comprendida en la multitemporalidad que implica su relación antagónica con el capital (íd.). Además, Holloway critica que las categorías utilizadas por Jappe sean exclusivamente categorías de la dominación, sin considerar el antagonismo en su formulación teórica (ibid.: 24). Este punto se ejemplifica con la categoría de trabajo abstracto, concebida como forma de integrar todas las actividades humanas en el mundo y de someterlas a la lógica abstracta de la expansión del valor mediada por el dinero. En efecto, esta lógica, como interpretó Marx, es abstracta, no consciente, ciega y su voluntad no depende de una conciencia individual(íd.). Pero, al no considerar que la lógica del capital es intrínsecamente antagónica, Jappe —según Holloway— omite que la lucha de clases expresa una tensión constante por integrar toda la actividad humana bajo dicha lógica expansiva. Al relegar la centralidad de la lucha de clases, el concepto de capital se fetichiza (ibid.: 26).

En efecto, una lectura crítica del capital, tal como aparece en Marx, permite comprender la sociedad burguesa como una unidad de lo abstracto y lo concreto, cuya exposición (Darstellung) avanza en El capital según distintos grados de abstracción (por ejemplo, desde el capítulo de la mercancía hasta la teoría de la acumulación originaria y la colonización), vinculados por una necesidad interna. Previo a la publicación de dicha obra, en los manuscritos preparatorios escritos entre 1857 y 1858 ‒los apuntes conocidos como los Grundrisse‒, si bien Marx acentúa que «los individuos son ahora dominados por abstracciones, mientras antes dependían unos de otros» (‍Marx, 1975: 77), las abstracciones dominantes solo pueden ser tales si tienden constantemente a diversos modos de concreción y realización, es decir, la idea de que la sociedad burguesa constituye una unidad entre valor (abstracción) y clase (concreción) no contradice la tesis de que la sociedad moderna se funda en una forma (moderna) de dominación abstracta. De la misma manera que lo actos de concreción del valor no suponen una conciencia idéntica de los modos de valorización, sino que tensiones que expresan las derivaciones concretas de los usos del producto de la actividad humana.

Los teóricos del valor —con sus diferencias internas— han fundamentado sus interpretaciones del poder y de la dominación social del capital a partir de este núcleo de la abstracción. Sus posiciones han resultado especialmente fecundas para actualizar las discusiones en torno a la obra de Marx, particularmente en lo que respecta a la comprensión lógica y abstracta del capital. Es decir, han permitido esclarecer qué elementos se mantienen como estructura lógica de la modernidad y cuáles se reconfiguran histórica, geográfica y espacialmente, por ejemplo, en los distintos patrones de acumulación del capital. Sin embargo, también han evidenciado sus límites: una incapacidad de dar cuenta de la realidad social más allá de la forma mistificada de la mercancía.

Las posiciones mencionadas no son homogéneas y, en muchos aspectos, resultan disímiles. Tampoco se reducen a los autores aquí tratados. Hemos enfatizado en el caso paradigmático de Jappe, quien además ha elaborado una lectura sugerente de las sociedades premodernas, una reinterpretación de la antropología económica (‍2016), del sujeto en Freud (‍2019) y del hormigón y el plástico como concreción lógica de la abstracción del valor en el espacio urbano (‍2021). Con todo, Jappe ve en la modernización capitalista una homogenización absoluta: no hay espacio para la dialéctica, clausura las transformaciones y encuentra en cada proceso social únicamente un cambio en la realización del capital.

Junto a las lecturas que acentúan la forma abstracta, hay otras (también diversas y en ciertos aspectos contrarias, «antagónicas») que sitúan el énfasis en la clase —particularmente en la lucha de clases— como núcleo conceptual o empírico (‍Hanloser y Reitter, 2008; ‍Thompson, 2012). En buena medida, algunos de los aspectos de la obra de Holloway pueden ubicarse en este énfasis. En la actualidad, la perspectiva representada por autores como Søren Mau (‍2024) ha encontrado en la articulación entre valor y clase su unidad estructural en el análisis. Estos son solo algunos ejemplos de la diversidad teórica mencionada al inicio.

En segundo lugar, mientras Jessop recupera una noción de agencia estratégica estructuralmente situada, Holloway reivindica la negatividad del sujeto en lucha como potencia disruptiva. Así, ambos comparten la idea de agencia, pero difieren en su fundamentación ontológica y operativa. Jappe, en cambio, como hemos señalado, la considera una ilusión fetichista. En consecuencia, mientras en Jappe se niega el lugar de acción de la política moderna y se exaltan románticamente perspectivas premodernas, Jessop propone una noción de política situada, entendida como cristalización contingente de relaciones que pueden ser disputadas. De ahí que, mientras el Estado aparece en Jappe como una forma estructural derivada de la mercancía, en Jessop se concibe como una relación dinámica. No obstante, aunque Holloway también es crítico de la forma estatal rígida y la concibe como una derivación del capital, no le atribuye una centralidad ontológica, es decir, su crítica no es solo una cuestión de grado, sino también de fundamentos.

Jessop (‍1991a, ‍1991b), anclado en el regulacionismo, cuestiona en Holloway la idea de un «antagonismo puro» de la lucha de clases. Para Jessop, las estrategias (de lucha) siempre dependen de condiciones estructurales cambiantes y de un equilibrio de fuerzas en disputa. Así, la trayectoria de la acumulación emerge de su interacción situada en un terreno institucional concreto (regímenes y modos de regulación). Para él, cuando Holloway disuelve estructura y estrategia, corre el riesgo de incurrir en tautología y de construir un sujeto transhistórico (‍1991a: 101), sin mediaciones sociales ni materiales (‍Jessop, 1991b: 147). Como ha sido señalado, para Jessop el curso real de la acumulación se genera no solo en el régimen económico, sino en su regulación existente; por lo tanto, no puede existir una correspondencia directa entre estructura y estrategia (‍Jessop, 1991a: 80). Para él, los antagonismos existen no a partir de un esencialismo de clase, sino por la naturaleza antagónica del capital, argumentando que «el carácter dinámico y totalizador que Holloway atribuye a la lucha de clases como tal depende en realidad de las formas que estructuran esta lucha y determinan sus efectos direccionales y dinamizadores «a espaldas» de las fuerzas de clase activas» (‍Jessop, 1991b: 150).

VI. CONCLUSIONES[Subir]

No ha sido el objetivo central de este artículo elaborar una cartografía exhaustiva del marxismo contemporáneo, sino más bien situar, en el contexto de algunos de los problemas centrales del marxismo del siglo pasado, la continuidad y/o discontinuidad —en el siglo xxi— de aquellas discusiones previas a la llamada crisis del marxismo. Los tres autores analizados representan formas contemporáneas divergentes de la crítica del capital y de la política moderna, desde anclajes distintos, cuyos antecedentes directos e indirectos remiten al debate estructura/sujeto del siglo pasado. Sin embargo, es preciso señalar que estos antecedentes funcionan más bien como líneas discontinuas. Ello no solo porque los autores relevantes del marxismo del siglo xx están siendo hoy reinterpretados (como en el caso de G. Lukács y L. Althusser, por ejemplo), sino también porque los autores aquí considerados sitúan sus análisis en un nuevo contexto del capitalismo, casi cincuenta años después.

Para finalizar, nos interesa subrayar los nodos críticos previamente expuestos y presentar, de manera provisoria, algunos posibles cierres y aperturas analíticas.

Como hemos visto, Jappe desarrolla una crítica inmanente desde la teoría del valor y desde una ausencia de la agencia, centrada en una teoría de la dominación, del fetichismo y de la dominación sin sujeto. Pero su lectura (y la de Robert Kurz) no solo constituye una crítica del marxismo tradicional, sino también de la propia obra de Marx. Probablemente, su trabajo encuentra un anclaje en la interpretación del valor de uso como soporte fundamental del valor. Esto se refleja en su interpretación de los primeros capítulos de El capital: con Marx, y en ocasiones contra él —en especial contra lo que interpretan como el Marx liberal del Manifiesto comunista, al que denominan exotérico—, por ejemplo, al interpretar la imposibilidad de la autonomía del valor de uso para la construcción de alternativas (contrario a marxistas como Henri Lefebvre o Bolívar Echeverría, por ejemplo). De ahí que cualquier lectura que no cuestione desde el inicio las categorías básicas que organizan el capital aparezca en Jappe como una modernización capitalista más; a saber, distribucionismo, socialdemocracia o, en ciertos casos, fascismo.

Dicho de manera gruesa, en Jappe no hay una política porque la acción moderna ya estaría (a priori) capturada por la lógica del valor. Si bien este enfoque radicaliza el análisis del fetichismo, capturando toda la actividad humana en una abstracción automática, como la del capital, al acentuar la dinámica abstracta que en la actualidad tiende a ser disimulada en la inmediata diversidad de la diferencia o en la dimensión sensible del consumo, esta forma de la crítica del valor subraya un aspecto muchas veces ausentes en otras formas de la crítica marxista contemporánea.

Por otro lado, siguiendo la tipología de Martín (‍2024), las posiciones antagonistas rozan un normativismo que, aunque de signo opuesto al previamente descrito, resuelve la cuestión mediante otro apriorismo, una voluntad abstracta de transformación. Tal es el caso de Holloway, quien plantea una crítica materialista de la totalidad capitalista, pero centrada en la negatividad y en el hacer como praxis. Su posición rescata aspectos fundamentales del antagonismo y de la cotidianeidad —como la clase, por ejemplo— en tanto elementos centrales para comprender la ruptura de los procesos de abstracción propios del capitalismo.

Según lo anteriormente expuesto en el desarrollo del presente artículo, Jessop, desde un enfoque estratégico-relacional, no propone —ni necesariamente logra— una síntesis de las posiciones anteriores; más bien desarrolla una crítica que preserva la posibilidad de transformación, pero en el marco de las estructuras sociales. Es decir, sin rechazar de plano la política institucional (y su forma social), pero identificando la necesidad de situar y concretizar la agencia, evitando reducirla a las clases y promoviendo, en cambio, su articulación con otros modos de dominación.

Por último, estamos en condiciones de sostener que las diferencias entre las tres aproximaciones también se relacionan con las estrategias políticas en las que se enmarcan de manera más o menos explícitas. Las lecturas de énfasis en la forma social total se vinculan históricamente con las tesis del gran derrumbe, que suponen que las contradicciones internas del capital conducirían inevitablemente a su crisis terminal. Por el contrario, los enfoques inspirados en el enfoque estratégico relacional, como el de Jessop, han sido asociados a perspectivas reformistas, en la medida en que conciben al Estado como un terreno donde las correlaciones de fuerza pueden modificar —aunque no abolir— las formas de acumulación y regulación. Estas ideas han nutrido proyectos políticos, como el socialismo del siglo xxi, y los planteamientos de Álvaro García Linera, para quienes cristalizar reformas en el Estado es un camino necesario para la superación del neoliberalismo. En el extremo opuesto, posiciones como las de Holloway, centradas en el «grito» y en la multiplicación de espacios de autonomía y antipoder, plantean una crítica radical a toda forma de institucionalización, inspirando corrientes autonomistas y viendo el germen de la lucha anticapitalista en diversas experiencias contemporáneas (que han ido desde el zapatismo hasta los estallidos sociales y los chalecos amarillos).

La comparación realizada constituye nuestro principal aporte y permite observar que las divergencias entre Jappe, Holloway y Jessop respecto del Estado, la política y la agencia no son diferencias de énfasis dentro de un mismo marco teórico, sino que remiten a miradas incompatibles acerca de la naturaleza del capital, derivadas de presupuestos ontológicos (acerca de la naturaleza de la realidad) y epistemológicos (acerca de la relación sujeto/objeto moderno). Así, mientras Jappe sitúa el núcleo explicativo en la dominación abstracta ejercida por las formas fetichistas del valor, Holloway lo ubica en el antagonismo constitutivo que atraviesa las relaciones sociales capitalistas y Jessop en la articulación contingente de relaciones sociales e institucionales estratégicamente selectivas.

Si la dominación abstracta de la forma valor constituye el mecanismo central de reproducción del capitalismo, como sostiene Jappe, entonces la política aparece fuertemente subordinada a dicha lógica y el Estado constituye un momento interno de la totalidad social articulada por el valor. Por el contrario, si el capital se entiende como una relación de lucha y antagonismo permanente, como plantea Holloway, el conflicto deja de ser una consecuencia derivada de la dominación para transformarse en una dimensión constitutiva de ella, mientras que el Estado aparece como una forma fetichizada o cosificada. Finalmente, si el capitalismo es una configuración históricamente contingente de relaciones sociales, institucionales y espaciales, como propone Jessop, entonces la política adquiere una autonomía relativa y el Estado puede ser entendido como una condensación estratégica de relaciones de fuerza. De esta manera, en estas obras no hay una respuesta complementaria a un mismo problema, sino una controversia teórica que evidencia que debates clásicos del marxismo como agencia, determinación, política y Estado siguen abiertos.

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