Jorge Alexander Portocarrero Quispe Profesor de Derecho Constitucional, Universidad Nacional de Educación a Distancia
7 de julio de 2025
Una inquietud, una foto y un paseo por el Cementerio Civil de Madrid fueron los tres elementos que me ayudaron a dar con el lugar donde alguna vez estuvo enterrado quien fuera el creador de la famosa clausula “Estado social de derecho”: Hermann Heller. La inquietud por la obra de Heller me surgió con ocasión de la preparación de un artículo sobre las obligaciones positivas del Estado en materia de derechos sociales de prestación. ¿Es tarea del Estado garantizar el bienestar de sus ciudadanos, llegando incluso a tener que realizar acciones positivas y brindar prestaciones para paliar la desigualdad social? ¿Cómo justificar algo así en el marco de la tradición liberal del constitucionalismo occidental? ¿Hay alguna clausula o principio constitucional transversal a las constituciones en sentido moderno al cual aferrarse? Estas eran las preguntas que me asediaban al intentar plantear el marco teórico del artículo. Fue un colega, el profesor Guillermo Escobar, de la Universidad de Alcalá, quien llamó mi atención sobre Hermann Heller y la cláusula “Estado social de derecho”. Durante una conversación me recomendó dar una mirada al libro de Heller Ensayos políticos, publicado en los años ochenta por Alianza y cuyo editor era el profesor Antonio López Pina, para poder dotar de una base teórica y contemporánea a las respuestas a mis preguntas. Así lo hice, di con la iluminadora idea de Heller de que el Estado social de derecho es un Estado material de derecho en el que se atiende a los fines existenciales de sus miembros. Este tipo de Estado se preocupa por “tomar al hombre como totalidad psico-física, condicionado por sus posibilidades sociales, especialmente económicas e individuales” (Heller, 1985; 304). La democracia social que subyace a este Estado social de derecho está “orientada a la realidad y concede la mayor importancia a la organización equitativa de las relaciones socio-económicas” (Heller, 1985; 304). ¡Eureka! Era lo que estaba buscando para mi artículo. Y no solo eso, estaba tratando con el creador de la clausula “Estado social de derecho”, presente en distintas constituciones de países pertenecientes a la tradición constitucional liberal. Yo era consciente de que los derechos a acciones positivas por parte del Estado ya eran reconocibles en la Constitución mexicana de 1917, pero ni en esa constitución ni en la de Weimar de 1919 existía aún tal cláusula, en el sentido en el que hoy la conocemos. Fue Heller en su artículo “Estado de derecho y dictadura” (incluido en el referido libro Escritos políticos) quien en 1928 acuñó para la posteridad constitucional esta fórmula.
También fue curiosidad lo que me llevó a enterarme cómo es que uno de los gigantes de Weimar habría terminado sus días en la España de la II República. Heller llega a España a invitación del ministro de Instrucción Pública, Fernando de los Ríos, en el año 1933, luego de haber perdido su cátedra de Frankfurt am Main en favor de Ernst Forsthoff debido a las leyes raciales contra los judíos en la Alemania nacionalsocialista. La Segunda República española quería atraer a los intelectuales que migraban a causa del nacionalsocialismo, por lo que se invitó a Heller como profesor extraordinario a la Universidad Central de Madrid (hoy Universidad Complutense de Madrid). Durante el primer seminario de derecho que brindaba en el semestre de otoño de 1933, en medio de una clase (a la que asistía un joven Manuel García-Pelayo), sufrió un ataque cardiaco que lo alejó definitivamente de las aulas universitarias. Heller moriría unos meses después en su casa de la calle Claudio Coello, siendo enterrado el 5 de noviembre de 1933 en el Cementerio Civil de Madrid.
¿Sería posible que en algún rincón del Cementerio Civil estuviese la tumba olvidada de Hermann Heller? Pronto me di cuenta que ello no era posible, pues, como habían contado Gutiérrez Gutiérrez (2017) y Meyer (1967), la tumba de Heller no había sido asignada en propiedad, sino solo por un plazo de 5 años, al cabo de los cuales había que renovar el contrato. Pasados esos 5 años, en 1938, ante la falta de renovación y en plena Guerra Civil, algún empleado habría echado diligentemente los huesos de Hermann Heller a un osario donde ya sería imposible ubicarlos. Sin embargo, quizás aún era posible dar con el sitio original donde estuvo la tumba de Heller, lugar donde probablemente habría otra persona enterrada. Me puse en contacto con el profesor Ignacio Gutiérrez, colega de la Facultad de Derecho de la UNED, para preguntarle si podía facilitarme el correo electrónico del profesor López Pina, a lo cual accedió gentilmente. López Pina respondió mi correo electrónico invitándome a visitarle en su casa para una tertulia sobre el maestro Heller.
Es así que una tarde de marzo de 2025 a las 17:30 llamaba a la puerta del domicilio de López Pina. Nos embarcamos en una conversación de más de tres horas sobre Heller, derecho constitucional, filosofía del derecho y actualidad política. Me comentó que, en la década del 50, Carl Schmitt, acompañado del profesor Carlos Ollero, habían tratado de dar con el lugar donde estuvo la tumba de Heller, pero los intentos de ubicarla por referencias que tenían no dieron resultado. Unos días después de esta visita, López Pina me envió un correo electrónico en el que adjuntaba una foto tan opaca como enigmática: era una tenue imagen en blanco y negro de una tumba de granito, con abetos y otros elementos de fondo, sobre la cual apenas se podía leer: Hermann Heller: Geb. 17. Juli 1891 – Ges. 5. November 1933. ¡Nuevamente Eureka! ¡El mapa del tesoro! En su correo electrónico, López Pina mencionaba que era la única foto conocida de la tumba de Hermann Heller, copia entregada que le había sido entregada por la viuda de Heller. Con una versión mejorada de la foto y acompañado de mi buen amigo Juan Jesús Campos, funcionario del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, me dirigí al Cementerio Civil de Madrid dispuesto a encontrar dónde estuvo esa tumba, aunque, ciertamente, consciente que solo buscaba un espacio que ya no pertenecía a Heller.
Quien haya estado alguna vez en el Cementerio Civil de Madrid habrá notado que no es un cementerio muy grande, sobre todo si se lo compara con su vecino de enfrente, el Cementerio de la Almudena. El Cementerio Civil recibe al visitante con mausoleos principalmente de la época de la Segunda República española que flanquean su sendero central, mismo que termina en una suerte de capilla ardiente. También se puede observar que tiene una ligera inclinación por estar adosado a una suave colina, siendo la parte nueva la que está más elevada y casi desprovista de vegetación, mientras que la parte más antigua está en la mitad inferior de la colina y dotada de frondosos abetos. Esta observación fue la que me ayudó a reducir la extensión de espacio en donde buscar la extumba de Heller. Según la foto, la tumba estuvo en un área poblada de jóvenes abetos; se veía también un parapeto de ladrillo cocido que bajaba por la colina detrás de la tumba, misma que aparecía flanqueada por lápidas típicas de la época. En la foto resaltaba especialmente la posición de un joven abeto que estaba a pocos centímetros del lado derecho de la tumba; también llamaba la atención que entre las lápidas que se podían apreciar a unos 10 metros tras la tumba de Heller había una cuya forma vertical parecía la de un tambor de hojalata. Con estos datos y tras deambular por una hora, dimos con una tumba ya sin lápida que tenía a unos centímetros a un, ahora frondoso, abeto y detrás, a unos 10 metros, a una tumba con un tambor de hojalata por cabecera. ¡Tercer Eureka! Este era el sitio que marcaba la foto del profesor López Pina. El esfuerzo por lo inútil había rendido sus frutos: habíamos dado con el sitio en el que alguna vez estuvo sepultado Hermann Heller. El incansable intelectual comprometido con sus ideas y que casi muere fusilado junto a su maestro Gustav Radbruch en 1920 en Kiel terminó sus días trece años después en un país ajeno que tampoco le dio descanso. La tierra le fue demasiado leve a Hermann Heller.
Luego de algunas fotos de rigor para perennizar el momento, regresamos en la línea 2 del Metro hacia el centro de Madrid para celebrar el hallazgo en el Sr. Vázquez, frente al Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. Me dejó un buen sabor de boca pensar que Carl Schmitt, quien alguna vez se refirió a Heller como un “parásito del que debemos de sacudirnos” (Mehring, 2009; 328), no hubiese podido dar con el lugar de la tumba de Heller y nosotros sí.
Referencias bibliográficas
GUTIÉRREZ GUTIÉRREZ, I. (2017). “Hermann Heller compromiso, exilio y memoria”, e-SLegal History Review 25
HELLER, H. (1985). Escritos políticos. Madrid, Alianza
LÓPEZ PINA, A. (1984). “Wiederbegegnung mit Hermann Heller. Ideologische Basis und materiell-ökonomische Bedingungen der Rezeption in Spanien und Lateinamerika”, en Müller, C.; Staff. I. (hrsg.): Der soziale Rechtsstaat: Gedächtnisschrift für Hermann Heller 1891-1933. Baden Baden, Nomos
MARTIN MARTIN, S. (2011). “Los fundamentos sociales, políticos y jurídicos del soziale Rechtsstaat”, Res Pública 25
MAYER, K. (1967). “Hermann Heller Eine biographische Skizze”, Politische Vierteljahresschrift 8
MEHRING, R. (2009). Carl Schmitt. Aufstieg und Fall. Eine Biographie, 2º. ed. München, C.H. Beck