A los cincuenta años del primer Gobierno Suárez: sobre la edición revisada de la biografía de Suárez de Juan Francisco Fuentes

Javier Tajadura Tejada Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibersitatea

2 de julio de 2026

I. Coincidiendo con el quincuagésimo aniversario del nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno -un hito decisivo en nuestro proceso de transición a la democracia- Juan Francisco Fuentes ha publicado una versión revisada, abreviada y actualizada de la brillante y sugerente biografía del primer presidente del Gobierno de nuestra democracia que vio la luz en 2011. En Adolfo Suárez. La opción más difícil (Madrid, Taurus, 2026), el autor advierte que, en los quince años transcurridos desde la primera edición, ha tenido acceso a documentos y testimonios que ayudan a comprender mejor algunos episodios de la vida de Suarez y de la Transición. Entre ellos, destaca especialmente la transcripción manuscrita que el profesor Juan Linz hizo de la intervención de Adolfo Suárez en el seminario sobre la Transición que la Fundación Ortega y Gasset organizó en Toledo en 1984.

Se trata de una obra fundamental para la cabal comprensión del proceso democratizador que vivió España tras la muerte del dictador Franco. Como subraya el autor –que lo es también de otras esplendidas biografías (Francisco Largo Caballero, Luis Araquistáin, José Marchena)- la entidad historiográfica de la biografía no requiere ya ninguna justificación: “la condición humana y la psicología de los personajes desempeñan, como en toda crisis histórica, un papel fundamental” (pág. 16). Ello no implica, en modo alguno, negar la relevancia que otros factores colectivos y toda una serie de circunstancias sociales, económicas y culturales, tuvieron para que se produjese el cambio político. Ahora bien, junto a todo ello, resulta imprescindible examinar con el rigor y la profundidad con que lo hace Juan Francisco Fuentes, la biografía y la personalidad de los grandes artífices de nuestra democracia actual: “Entre ellos destacan el rey Juan Carlos I y Adolfo Suárez, a quien correspondió tomar las principales decisiones en unos años de constante aceleración histórica” (pág. 16).

El libro de Juan Francisco Fuentes es un magistral retrato psicológico que ilumina tanto las facetas más enigmáticas de la personalidad de Suárez como el episodio nunca del todo aclarado de su dimisión en vísperas del golpe del 23 de febrero de 1981. Sobre este golpe, Juan Francisco Fuentes publicó en 2020 un libro imprescindible en el que pone de manifiesto todas las contradicciones, insuficiencias y, en última instancia tergiversaciones y manipulaciones, de aquellos que ponen en duda el papel que el Rey desempeñó en aquel dramático episodio (23 de febrero de 1981: el golpe que acabó con todos los golpes. Madrid, Taurus, 2020). Que la relación del Rey con Suárez se había deteriorado mucho en el segundo semestre de 1980 es algo que queda muy bien explicado y reflejado en el libro, pero no menos claro es que don Juan Carlos nunca se planteó el relevo del presidente por cauces distintos a los previstos en la Constitución.

Conviene subrayar aquí las advertencias que formula Fuentes (en el citado libro sobre el 23 F) a quienes la existencia de cabos sueltos o enigmas sin respuestas les conduce a fabular historias sin fundamento ni consistencia: “El error consiste en considerar que un relato solo puede ser veraz cuando explica un acontecimiento en su totalidad y no deja resquicio por esclarecer, cuando lo cierto es que esa reconstrucción integral solo está al alcance de la ficción, de la mentira y de aquellos géneros seudohistóricos que proporcionan una narración acabada y completa, sin fisuras, ni puntos ciegos, de un oscuro episodio del pasado. El problema de estos relatos alternativos (…) es que obligan a forzar los límites de la realidad más allá de lo razonable, porque no hay acontecimiento histórico que se preste a un revelado completo de sus luces y sombras. De ahí la imposibilidad de contar ‘toda la verdad’ sobre el 23F, o de cualquier otro gran acontecimiento histórico. Es aconsejable, por tanto, romper con una inercia mental que nos lleva a creer que la existencia de preguntas sin respuesta denota la falsedad de na historia, cuando la realidad es exactamente la contraria: si todas las piezas encajan, si no queda ni una sombra de duda, podemos tener la seguridad de que la historia que se nos cuenta es falsa” (pág. 164). Es evidente que el general Armada se llevó muchos secretos a la tumba, pero podemos aventurar –por todo lo que sabemos ya como cierto- que ninguno de ellos refutaría la reconstrucción de aquellos hechos realizada por la historiografía más solvente.

Desde esa acertada perspectiva, en la biografía que comentamos, a la pregunta ¿qué secretos de la Transición se llevó Suárez a la tumba?, Fuentes responde recordando como el Estado moderno es mucho menos dado al secretismo de lo que muchas veces se piensa: “No hay secretos, pues, o no se guardan bajo siete llaves, y desde luego no existe esa Piedra Rosetta que nos permita descifrar los enigmas pendientes de la Transición española y hacerlo en el sentido que desearían sus detractores: demostrando que aquello fue un engaño” (pág. 17).

Esta edición actualizada lleva por subtítulo “la opción más difícil”. Se trata de una expresión sacada de una frase de Suárez: “La vida siempre te da dos opciones: la cómoda y la difícil. Cuando dudes, elige siempre la difícil”. Fuentes ha escogido este subtítulo por entender que resume la concepción que Suárez tenía de la política: “como un ejercicio de audacia permanente que le llevó a afrontar con inteligencia e imaginación los grandes retos de aquel momento crucial”. La opción más difícil fue llevar a cabo la liquidación del régimen franquista en un plazo record. Ahora bien, para ello fue preciso que –hace ahora cincuenta años- don Juan Carlos –el otro gran artífice e impulsor decisivo del proceso de democratización- adoptara también otra muy difícil decisión: nombrar a Suárez presidente del Gobierno.

II. Fuentes comienza el libro con el relato de la llegada de Suárez a Madrid en 1958, al Colegio Mayor Francisco Franco, cuyo rector era Eduardo Navarro, un personaje clave en la vida de Suárez. Huérfano de la Guerra Civil, falangista y excelente jurista que atesoraba una formidable cultura y erudición, redactó los discursos, intervenciones y cartas de Suárez hasta incluso cuando aquel ya no fue capaz de hilvanar sus propios recuerdos. Navarro desempeñó cargos relevantes, pero no llegó a ser ministro. El relato de estos primeros años en Madrid –el aprendizaje de “la difícil asignatura de Madrid”- resulta fundamental para comprender una de las claves de la personalidad de Suárez: su aversión a lo que estando ya en el poder llamó “la cloaca madrileña”. Y ello porque siempre se consideró a sí mismo como un outsider, un desclasado. El primer capítulo del libro revela los orígenes modestos y republicanos de Suárez en Cebreros (Ávila), su mediocre rendimiento escolar, su intensa fe religiosa y, sobre todo, su temprana ambición política. Suárez “nunca dejó de lamentar unas carencias que llamaban más la atención por contraste con la clase política con la que tuvo que codearse, formada por todo tipo de lumbreras” (pág. 30). Obtuvo la licenciatura en Derecho por libre en Salamanca e ingresó en Acción Católica. Su incorporación al mundo laboral y político vino de la mano de Fernando Herrero Tejedor (fiscal de carrera y miembro del Opus Dei) que en 1956 lo nombró su secretario al ser designado gobernador civil de Ávila. Herrero llenó también el vacío dejado a Suárez por su padre, que había abandonado a la familia. El puesto duró poco porque Herrero fue trasladado a Logroño y después a un alto cargo en la Secretaría General del Movimiento en Madrid. Allí volvió a contar con Suarez.

A través del seguimiento de los inicios de la vida política de Suarez nos adentramos también en la historia del franquismo y en la pugna sostenida entre las denominadas “familias políticas” que lo integraban, especialmente los falangistas y los tecnócratas del Opus Dei. Suárez gracias a su trabajo en la Secretaría General del Movimiento pudo conocer a fondo no solo el funcionamiento de los engranajes del Estado sino también a la mayor parte de la clase política del régimen. Ese conocimiento resultó crucial después para poder desmantelarlo. La afinidad al Opus Dei que le vino de su relación con Herrero se acentuó a lo largo de los años sesenta y de esa forma se deslizó a la órbita de López Rodo y de Luis Carrero Blanco, ministro subsecretario de presidencia que en Castellana 3 encarnaba el núcleo duro del poder. “Cada vez resultaba más evidente su alejamiento del sector azul del régimen y su adscripción a los tecnócratas, que bajo el tándem Carrero-López Rodó no dejaban de ganar influencia en el aparato del poder. No era ningún secreto quiénes eran por entonces los amigos políticos de Adolfo Suárez” (pág. 45). Suarez entró a trabajar en Televisión Española y en 1965 fue ascendido a director de programas. Aunque se le seguía considerando un hombre del Movimiento, fue entonces cuando ingresó en el Opus Dei. En 1967 vivió su primera experiencia electoral al ser elegido procurador por el tercio familiar. Un año después fue nombrado gobernador civil de Segovia.

Juan Francisco Fuentes subraya la relevancia que tuvo el que se considera primer encuentro de Suárez con don Juan Carlos cuando este realizó una visita turística a Segovia acompañado con su familia política: “Aquel 7 de enero de 1969 empezó una relación de amistad entre ellos cimentada en la simpatía mutua y en una plena compenetración sobre el futuro del país. Se parecían en muchas cosas, empezando por la edad, que actuaba como una ideología vital capaz de subsanar las carencias, bien visibles, en la formación de uno y otro. Al Príncipe le cautivaron el entusiasmo contagioso de su nuevo amigo, su simpatía desbordante, su claridad de ideas, su optimismo. En el ambiente adusto que rodeaba a don Juan Carlos en su vida oficial, Adolfo era un soplo de aire fresco que le permitía respirar mejor y ver el futuro con más confianza (...) En Adolfo Suárez vio desde el principio un alma gemela (…) Hablaban del pasado como de una pesadilla urdida por la generación anterior y estaban convencidos de que el futuro les pertenecía” (págs. 54-55). Ambos tenían una gran confianza en sí mismos. Uno quería reinar; el otro gobernar. Como subraya Fuentes: “Estaban condenados a entenderse, pero tenían que apoyarse el uno al otro” (pág. 55).

Tras la crisis provocada por el escándalo Matesa, Suárez, que aspiraba a suceder a Fraga como ministro de Información y Turismo, tuvo que conformarse con la dirección general de RTVE: “la razón de ser de su nombramiento era la promoción de la imagen del Príncipe en los telediarios” (pág. 63). Suárez respondía directamente ante Carrero y chocó abiertamente con el excéntrico ministro Sánchez Bella. En ese tiempo se produjo también su distanciamiento de López Rodó “que serían causa o consecuencia –destaca Fuentes- de su progresivo distanciamiento del Opus Dei”. En todo caso, a la altura de 1973 mantenía una relación privilegiada tanto con el almirante Carrero como con el príncipe Juan Carlos. Con todo, no fue nombrado ministro en el Gobierno de Carrero de 1973. “Para él –escribe Fuentes- las cosas estaban meridianamente claras: no le habían hecho ministro porque la élite política no le reconocía como uno de los suyos” (pág. 66).

Tras el asesinato de Carrero, el Gobierno de Arias Navarro predominantemente azul fue visto con aprensión desde la Zarzuela y Suárez no tuvo ninguna opción de entrar en él ni siquiera en un puesto de segundo nivel. Hubo que esperar a la remodelación del Gobierno llevada a cabo en marzo de 1975 para que tras el nombramiento de su antiguo mentor Herrero Tejedor como ministro secretario general del Movimiento, este promoviera a Suárez a la vicesecretaría general. El objetivo principal de ambos era relanzar las asociaciones políticas e impulsaron la Unión del Pueblo Español (UDPE). A la hora de ubicarse ideológicamente, Adolfo, escribe Fuentes “pensaba en un centro político con un cierto aire social y populista que entroncara con la tradición más aprovechable –y electoralmente más rentable- del Movimiento Nacional. Le interesaba también la socialdemocracia (…), le atraía la idea de un centro superador del eje derecha/izquierda” (pág. 75). Tres meses después, el 12 de junio de 1975, Herrero Tejedor fallecía en accidente de tráfico y con su muerte Suárez perdía a su segundo padre. Algunos vaticinaron entonces el fin de su carrera. Al fin y al cabo, “marcado por su proximidad al carrerismo, ni siquiera los jóvenes turcos del Movimiento –los azules más dinámicos y aperturistas- lo reconocían como uno de los suyos” (pág. 77).

Tras la muerte de Franco vio cumplido su sueño de ser nombrado ministro. En los convulsos días posteriores a la proclamación del rey se produjeron diversos movimientos políticos relevantes. A Arias –visceralmente antimonárquico y que despreciaba al rey- le quedaban tres años de mandato y el Consejo de Reino -que era el encargado de proponer al rey una terna de candidatos a la Presidencia del Gobierno- estaba controlado por los inmovilistas. En ese contexto, el rey tuvo que mantener a Arias, pero logró a cambio situar a su antiguo profesor de Derecho Político, Torcuato Fernández-Miranda, en la Presidencia de las Cortes y del Consejo del Reino. En el nuevo Gobierno de Arias el rey consiguió también una significativa cuota de ministros afines, entre ellos Adolfo Suárez, que entró gracias a Fernández Miranda: “El monarca y su principal consejero ya tenían a su hombre en el Gobierno, y Adolfo su ministerio”, la Secretaría General del Movimiento (pág. 83).

Enseguida se vio que la situación de Arias, cuya política fue calificado por el monarca como un “desastre sin paliativos”, era insostenible. Tras la dimisión forzada de aquel se planteó la cuestión de quién le sucedería. Fuentes relata aquí otro episodio crucial en la biografía de Suarez, que explica el distanciamiento con otro de los protagonistas de la Transición, Fernández-Miranda. Tras una cena conjunta de los matrimonios Suárez y Fernández Miranda, Adolfo le dijo a Torcuato, “hay que sustituir a Arias y el único posible eres tú (…) No hay otro”. Torcuato le respondió con una pregunta directa: “¿Por qué no tú?”. Su protegido ni siquiera por cortesía rechazó lo que aquel consideraba un ofrecimiento extemporáneo. Al contrario, se calló: “A Torcuato –advierte Fuentes- le impresionó especialmente la mirada en aquel trance, ‘como si en el fondo de ella estallara el sueño de una ambición’” (pág. 87). Ahora bien, a pesar de la desazón que le produjo la mirada de Suárez, Fernández Miranda siguió adelante con su plan para colocar a su protegido aun sin decírselo abiertamente.

Suárez defendió en las Cortes en nombre del Gobierno la Ley del Derecho de Asociación Política. Allí pronunció una de las frases que sintetizaba la concepción y objetivos de su acción política: “Vamos a elevar a categoría política de lo normal lo que a nivel de calle es simplemente normal”. Para Suárez, subraya Fuentes, “el ejercicio responsable del poder consistía en legalizar la realidad, no en negarla o destruirla. Y en esa realidad estaban los partidos políticos como parte de un pluralismo ciudadano organizado al margen de la legalidad” (pág. 90). La ley obtuvo 338 votos a favor frente a 91 en contra.

III. El 1 de julio tras la dimisión (forzada) de Arias se reúne el Consejo del Reino y, bajo la dirección de Fernández Miranda, comienza a elaborar la terna de candidatos para sucederle. El 3 de julio, tras el descarte sucesivo de veintinueve de los 32 nombres iniciales, en la terna quedan un representante democristiano, Silva Muñoz, un tecnócrata, López Bravo y un azul, Suárez. Entonces Torcuato formuló una frase que hizo historia: “Estoy en condiciones de llevar al Rey lo que me ha pedido”. A última hora de la tarde del sábado 3 de julio, el rey llamó a Suarez para decirle: “Te quiero pedir un favor: que aceptes la presidencia del gobierno” (págs. 93-94).

El nombramiento de Suárez fue recibido casi unánimemente como un error incomprensible. Por todos, el celebérrimo artículo de Ricardo de la Cierva (que después sería ministro de Suárez) publicado el 7 de julio: “¡Qué error, qué inmenso error!”. Por eso llamó la atención el editorial de El Socialista –órgano del todavía ilegal PSOE- redactado por Alfonso Guerra. Con una perspicacia y lucidez extraordinarias, el dirigente socialista subrayó la importancia de tres cualidades de Suárez que podían resultar muy beneficiosas para la evolución del proceso político: su bajo perfil político, sin episodios que le comprometieran en exceso; su relativa juventud –43 años-, que le haría más sensible al deseo de cambio de las nuevas generaciones; y su pertenencia al aparato político del Movimiento y, por tanto, su conocimiento de los engranajes del poder.

La mala sensación que causó su nombramiento se vio contrarrestada por la buena impresión de su discurso televisado del 6 de julio. “Suárez –escribe Fuentes- irradiaba una imagen completamente nueva, que podía identificarse fácilmente con una clase media deseosa de alcanzar un cambio tranquilo y superar los viejos traumas del pasado. También con una generación que, como recordó el presidente, ‘sólo ha vivido la paz’ y ha hecho suyo ‘un lenguaje moderado, de concordia y conciliación’” (pág. 97). El gobierno se proponía como finalidad de su actuación: “Que los gobiernos del futuro sean el resultado de la libre voluntad de la mayoría de los españoles”. En definitiva, “que el pueblo español sea dueño de su destino”. En el primer Consejo de Ministros el rey les animó a “obrar sin miedo”. Todo estaba por hacer y no había hoja de ruta o plan para ello. Ahora bien, desde hacía años, tanto el rey como Suárez estaban compenetrados para conducir a España hacia la democracia. En ese contexto, el Gobierno se comprometió a celebrar unas elecciones generales (libres) antes del 30 de junio de 1977.

Tras haber logrado su nombramiento como presidente, el siguiente episodio decisivo en la vida de Suárez y en la Transición es el relativo a la elaboración y aprobación de la Ley para la Reforma Política. “Reformar las Leyes Fundamentales –escribe Fuentes- había sido el nudo gordiano de la política tímidamente emprendida por el primer gobierno de la Monarquía, que Suárez se proponía ahora acelerar y culminar. Las Cortes Orgánicas debían dar luz verde a un proceso que terminaría con ellas” (pág. 100). Al final prevaleció el proyecto elaborado por Torcuato Fernández-Miranda, pero su gestación fue bastante azarosa. El Gobierno debía asegurarse la colaboración de las instituciones del régimen y, singularmente, de las Fuerzas Armadas. Fuentes describe el complejo proceso que condujo a la aprobación de la Ley para la Reforma Política, primero por las Cortes el 18 de noviembre de 1976 (425 votos a favor frente a 59 en contra) y después en un referéndum nacional celebrado el 15 de diciembre en el que, a pesar de que la oposición pidió la abstención, se produjo una participación del 77 %, imponiéndose el sí por una aplastante mayoría del 94,2 %. “La Transición democrática –subraya Fuentes- avanzaba a un ritmo vertiginoso” (pág. 122). El 1 de abril de 1977 se suprimió la Secretaría General del Movimiento y el 9 del mismo mes se legalizó al Partido Comunista.

La relación de Suárez con el rey era excelente y su intervención en la campaña electoral, aunque limitada, fue “extremadamente efectiva”. Se trató de una campaña más presidencialista que partidista. La UCD de Suárez consiguió 168 escaños y el 17 de junio el rey le confirmó en su cargo. Fuentes describe con detalle los acontecimientos transcurridos entre 1978 y 1979, el proceso constituyente, el restablecimiento de la Generalitat de Cataluña, los pactos de la Moncloa, la presión terrorista y la amenaza golpista. En ese contexto, Fuentes pone de manifiesto como una de las principales debilidades de Suárez residió en su propio partido y en la incapacidad de aquel para cohesionarlo eficazmente. Así lo reconoció el mismo: “No he sabido hacer un partido” (pág. 146). Suárez, advierte Fuentes, “nunca superó del todo los prejuicios antipartido que formaban parte de su educación política en el Movimiento Nacional (…) no pudo evitar ver en los partidos, especialmente en el suyo, un mal endémico del sistema, que asumió con resignación” (pág. 146). Pretendió establecer con UCD una relación de sometimiento absoluto a su liderazgo que era inviable. Si a ello se suma que UCD, como se señaló con toda razón, integraba todas las opciones políticas representadas en el Parlamento alemán, nada de extraño tiene su posterior implosión. Sea lo que fuere, lo cierto es que Suárez albergaba una concepción muy personalista de la política, lo que se tradujo también en una comprensión presidencialista de la democracia que contrastaba con la forma parlamentaria de gobierno establecida en la Constitución de 1978.

IV. “Las elecciones del 1 de marzo de 1979 representaron el cénit político de Adolfo Suárez, principal artífice del vuelco favorable que experimentó en el último momento el apoyo electoral a UCD. Sin embargo, casi sin tiempo para celebrar su triunfo (…) su prestigio inició un rápido declive por motivos que él mismo nunca acabó por entender. A lo largo del año siguiente, una profunda melancolía se apoderó de Suárez, consciente de estar viviendo su ocaso político, pero incapaz de abandonar aquello que con tanto ahínco personal había perseguido durante toda su vida” (pág. 192). El curso político iniciado en 1979 (con el escándalo de su investidura como presidente sin debate previo) resultó peor de lo previsto. Al deterioro de su imagen contribuyó también el libro de Gregorio Morán en el que lo retrataba como un ambicioso sin límites. A ello se sumó la desconfianza creciente que marcó sus relaciones con el rey. El año 1980 aun fue peor y ello tuvo su reflejo en la moción de censura presentada por el PSOE en mayo, que, si bien fue derrotada en el Congreso, resultó victoriosa en el campo de la opinión pública. “De la moción de censura –escribe Fuentes- sacó el Rey sus propias conclusiones, en el fondo no muy distintas de las portadas de muchos periódicos”. A través de terceros hizo llegar a Suarez el mensaje de que “no hay que cambiar a Adolfo, pero Adolfo tiene que cambiar” (pág. 225). En septiembre configuró el que sería su quinto y último Gobierno, para el que pidió la confianza de la cámara, obteniendo el respaldo de 180 diputados. A partir de entonces todo eran rumores de golpes de timón, de gobiernos de gestión, de salvación o de concentración. Frente a ellos, Suárez se mantuvo firme rechazando cualquier tipo de presión: “No aceptaré este tipo de presiones, aunque tenga que salir de la Moncloa en un ataúd” (pág. 239). Como destaca Fuentes, no eran alucinaciones de Suárez, puesto que hasta Enrique Múgica sondeaba la posibilidad de que UCD apoyara un gobierno presidido por Armada. En ese contexto, ¿cuál era la posición del rey? Un informe del G-II para el gabinete presidencial exponía como la configuración de un gobierno de salvación presidido por una personalidad independiente solo podría llevarse a cabo si contaba con el beneplácito del rey, que podría jugar una última carta, más allá de los poderes que le confiere la Constitución, y hacer valer su ‘irrepetible ascendiente’ sobre el jefe del gobierno para solicitarle ‘privadamente’ su dimisión. “Nada indica –escribe Fuentes- que Juan Carlos utilizara su irrepetible ascendiente sobre Suárez para requerir su renuncia, pero consta que empezó a tratarle con una ostensible frialdad” (pág. 240). 1980 fue un año aciago con el paro en ascenso y 124 personas asesinadas víctimas de atentados terroristas. En las navidades, el rey advirtió seriamente a Suárez del riesgo de un golpe de Estado.

Resulta fundamental y esclarecedor el capítulo que Juan Francisco Fuentes dedica a la dimisión y al golpe de Estado. Fuentes subraya la trascendencia de una llamada del monarca a Suárez el viernes 23 de enero: “Todo indica que aquel brusco cambio de Suárez, de estar tan bien a presentar su dimisión, tuvo que ver con aquella misteriosa llamada desde la Zarzuela, motivada seguramente por la información que obligó al Rey a dejar su cacería en Sierra Morena y regresar en helicóptero a Madrid. El contenido de la conversación no se sabrá nunca, pero es probable que don Juan Carlos, además de informarle de lo ocurrido (había sido informado de una reunión en Madrid de altos mandos militares -al menos diecisiete con la graduación de general- dispuestos a tomar el mando por la fuerza), reprochara al presidente que la situación militar se le hubiera ido de las manos, a pesar de sus reiteradas advertencias del riesgo que estaba corriendo. Aquel fin de semana, Adolfo Suárez tomaba definitivamente una decisión, que, según su propio testimonio, llevaba barruntando desde el verano” (pág. 253). El lunes 26 la decisión está tomada y el martes 27 fue a la Zarzuela para el almuerzo y despacho semanal con el monarca con el propósito de presentar su dimisión. Dimisión que se hizo pública el jueves 27 de enero. En su mensaje televisado no da ninguna razón que explique su marcha. Al contrario, como subraya Fuentes, “incluye una retahíla de no razones: no se va porque está cansado, ni por temor al futuro, ni por haber sufrido una derrota que no puede encajar. No se va porque se lo hayan pedido. Al contrario de lo que han dicho de él, no es un político aferrado al poder, y la mejor prueba de ello es su renuncia al cargo”. Fue también muy comentada otra negación: “No quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la Historia de España” (pág. 258).

En última instancia, Suárez dimitió acosado por su propio partido en un contexto de grave crisis y amenazas para la democracia. Se marchó antes de que se lo pidieran o impusieran su salida por la fuerza. “Sobre la influencia que el Rey pudiera tener en su decisión–escribe Fuentes- queda poco por decir. No fue la razón de su renuncia, pero tampoco le dio el apoyo necesario para mantenerse en el cargo cuando la situación se hizo insostenible” (pág. 260). “El Rey –continúa Fuentes- temía que Suárez arrastrase a todos en su caída y procuraba desmarcarse, por lo menos en privado, de una política, a su juicio, cada vez más desatinada. Pero su margen de maniobra en un régimen constitucional era muy reducido y forzar ese margen entrañaba riesgos aún mayores que los que se pretendían evitar” (pág. 261). Sea como fuere, lo cierto es que la dimisión de Suárez no frenó los preparativos golpistas que culminaron el 23 F.

Aquel aciago día Suárez tuvo un comportamiento heroico que realzó su figura para la historia: “Toda la actuación de Suárez, primero en el hemiciclo y después en la Sala en la que permaneció aislado, obedeció al firme propósito de mantener la dignidad del presidente del gobierno y la dignidad de la democracia (…) Aguantó en el primer momento, tal vez el más difícil, por lo inesperado, cuando todo el mundo, menos él, Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo, se echó al suelo, y volvió a aguantar cuando ya de madrugada (…) desafío a Tejero en un cara a cara en el que el militar llegó a apuntarle con la pistola y Suárez, de pie, pronunció sin histrionismos, la palabra mágica: ‘¡Cuádrese¡’. Desconcertado, el militar se dio la vuelta y abandonó la sala”. Aquella escena reviste un valor incalculable y entraña un gran significado político. “Era la prueba incontestable –escribe Fuentes- de que el presidente del Gobierno seguía encarnando la suprema autoridad, aunque hubiera sido despojado del poder” (pág. 272).

Abortado el golpe, en la reunión de la Junta de Defensa Nacional celebrada en la Zarzuela el 25 de febrero, Suárez dio otra muestra de autoridad. Tras escuchar las conversaciones grabadas a Armada se comprobó su implicación en el golpe y Suarez ordenó al general Gabeiras que procediera a su destitución y arresto inmediato. El jefe del Estado mayor, amigo de Armada, puso algún reparo y dirigió su mirada al rey. Suárez cortó de inmediato aquel cruce de miradas y dijo a Gabeiras: “No mire usted al Rey. Míreme a mí. Destituya a Armada y proceda a su arresto inmediato”.

El 26 de febrero de 1981, el BOE publicó la concesión a Suarez del título de Duque en premio a su lealtad, espíritu de servicio, patriotismo y muestras de sacrificio. Con todo, Fuentes subraya que este gesto “no consiguió mejorar las relaciones entre ellos, muy deterioradas en los últimos tiempos” (pág. 278). Y en todo caso, el rey sobreentendía que con ello la vida política de Suarez había llegado a su fin. El nuevo duque no lo entendió así. Lo que si acabó es la etapa por la que Suárez ha pasado a la historia. Una etapa fundamental de la Historia de España, la del alumbramiento de un régimen democrático en la que Suárez jugó un papel crucial y decisivo.

V. La publicación de esta edición revisada y actualizada de la biografía de Suárez por Juan Francisco Fuentes -en el quincuagésimo aniversario de su nombramiento como presidente del Gobierno- es una meritoria y relevante contribución al conocimiento riguroso de una de las etapas más brillantes de nuestra historia: la transición a la democracia. La lectura de esta brillante y sugerente biografía de Suárez nos confirma cómo la ilimitada audacia y la genial intuición política del personaje resultaron cruciales y decisivas para el éxito del proceso democratizador. La biografía que comentamos nos muestra a un personaje multifacético, contradictorio, ambicioso, audaz, dotado de una indiscutible vocación de servicio público y que puso todas sus cualidades al servicio de la Política.

Entre todas las paradojas, ocupa un lugar central la de que quien fuera el ministro secretario general del Movimiento Nacional desempeñara un protagonismo indiscutible –junto con el rey- en la construcción del régimen democrático. Sin embargo, la paradoja es aparente porque como tempranamente advirtió en el citado editorial de El Socialista Alfonso Guerra, la pertenencia de Suárez al núcleo dirigente del Movimiento hizo de él un “buen arquitecto” capaz de demoler el edificio franquista y levantar en su lugar otra construcción mucho más habitable. Fuentes subraya la grandeza del personaje, que reviste en ocasiones dimensiones épicas (por ejemplo, el 23F). En este sentido, transmite a lo largo de toda la obra una comprensible empatía con el personaje biografiado. Es difícil sustraerse a ella. Con sus luces y sus sombras, el balance de la obra y el legado político de Adolfo Suárez son indiscutiblemente valiosos y positivos.

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Tajadura Tejada, Javier (2 de julio de 2026). A los cincuenta años del primer Gobierno Suárez: sobre la edición revisada de la biografía de Suárez de Juan Francisco Fuentes. Blog del CEPC https://www.cepc.gob.es/blog/los-cincuenta-anos-del-primer-gobierno-suarez-sobre-la-edicion-revisada-de-la-biografia-de-suarez-de