Javier Tajadura Tejada Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibersitatea
18 de marzo de 2026
El profesor Sosa Wagner ha publicado una brillante y sugerente biografía intelectual y política de un “profesor, político socialdemócrata y escritor”, Carlo Schmid, que por su destacado y decisivo papel en el singular proceso constituyente alemán posterior a la hecatombe nazi, puede ser justamente considerado -como reza el subtítulo de la obra- “padre de la Ley Fundamental de Bonn”. El libro nos permite realizar un recorrido por la historia de Alemania de la mano del personaje estudiado. Con él, Sosa Wagner continúa rescatando del inmerecido olvido que muchos de ellos sufren en nuestro país a los maestros del Derecho Público alemán. La talla política del biografiado se resume perfectamente en la cita con la que el autor inicia la obra: “yo no debo decir como político lo que las gentes quieren oír de mí sino solo lo que es bueno para Alemania. Nadie debe ver en mí a un empresario que vende un producto”.
Carlo Schmid nació el 3 de diciembre de 1896 en Perpiñán, de padre alemán y madre francesa. Combatió vistiendo el uniforme alemán en el Ejército del Segundo Reich y tras el derrumbe vivió con preocupación la pugna política en torno a la disyuntiva entre la República parlamentaria o la República de consejos según el modo soviético. Estudió con tenacidad en la Facultad de Derecho de Tubinga e inició su vida profesional compatibilizando una ayudantía en la cátedra de Derecho Internacional con una plaza de juez. Por lo que se refiere a sus referencias intelectuales, Sosa Wagner señala que Max Weber y Hermann Heller fueron los maestros espirituales de Schmid.
Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Schmid fue enviado a Lille. Como oficial y consejero administrativo de guerra su misión fue vigilar el funcionamiento de los tribunales franceses y asesorar en materias de Derecho Internacional. Sobre su actuación en la guerra Schmid es muy claro en sus memorias: “por mucho que odiara a los nazis nunca haría nada que se pudiera considerar una traición que condujera a la derrota de Alemania. Mi actividad se contraía a evitar salvajadas”. Cuando viajaba a París visitaba a su buen amigo Ernest Jünger, ya entonces crítico con el nazismo. Concluida la guerra Schmid se convirtió, en un territorio ocupado por los franceses, en un valioso personaje apto para mediar entre las nuevas autoridades y la población de Tubinga. “Ventajosa era ciertamente su condición de medio francés -escribe Sosa Wagner- pero también embarazosa porque dio lugar a que fuera calificado como ‘hombre de los ocupantes’ y por tanto ‘no fiable’”.
Schmid formó parte de los primeros gobiernos de Württemberg-Hohenzollern entre octubre de 1945 y 1950, año en que fue elegido diputado en el primer Bundestag constituido tras la aprobación de la Ley Fundamental. Participó también decisivamente en la elaboración de la Constitución de Württemberg-Baden. Nuestro autor la configuró como un precedente de lo que habría de ser una Constitución para Alemania. Las constituciones de los territorios serían las columnas que permitirían construir en el futuro el edificio de la Constitución alemana. Sosa Wagner subraya el decidido antipositivismo del autor, que siempre defendió que la Constitución debía reflejar un mundo de valores y ser instrumento a su vez de pedagogía política. La novedad principal de este texto es el voto de censura constructivo que luego pasó a la ley fundamental de Bonn de 1949: “Schmid -destaca Sosa Wagner- se sentía muy orgulloso de haber patrocinado la estabilidad de los gobiernos porque estos deben disponer de años seguros para desarrollar su programa y si hay dificultades, para allanarlas están las conversaciones y los contactos entre quienes dirigen las fuerzas políticas”.
En febrero de 1946, Schmid participó en el Congreso del Partido Socialdemócrata alemán y pronunció un discurso en favor de la libertad de pensamiento. ¿Por qué entró Schmid en el Partido Socialdemócrata?, se pregunta Sosa Wagner, quien nos remite a las memorias del biografiado: “estaba convencido de que ningún partido en Alemania era capaz de construir un estado ideal pero el SPD con su tradición era el que mejor podía acercarse a lo que según yo creía podía hacer realidad lo que las circunstancias y la hora histórica nos exigía. Por otro lado, sin el respaldo de un partido no sería posible tener influencia en los acontecimientos que se avecinaban”. Sosa Wagner recuerda cómo Schmid rechazó siempre el dogma de la lucha de clases y sostenía igualmente que un cristiano podía ser socialdemócrata. Pese a su militancia libremente asumida, nunca fue Schmid un entusiasta de los partidos políticos. Solía repetir que la política no es una religión y que los partidos no son iglesias. Desde el primer momento, sus enfrentamientos con los compañeros de la vieja guardia del partido fueron constantes. Su obsesión fue atraer al partido a personas jóvenes y bien formadas para asumir responsabilidades políticas y administrativas delicadas.
Con Shumacher, líder de la socialdemocracia alemana hasta su muerte en 1952, compartió la idea fija de que el comunismo no representaba el interés de Alemania sino el de Moscú y que su objetivo era instaurar un nuevo totalitarismo. Sus divergencias residían en que para Schmid el socialismo era sobre todo una revolución cultural mientras que para Schumacher los objetivos económicos tenían prioridad absoluta. Otra divergencia profunda y fundamental fue la relativa a Europa. Para Schmid era fundamental unir a Europa por medio de unas instituciones que la alejaran del pasado bélico.
Los presidentes de los territorios acordaron con los generales de las fuerzas de ocupación la elaboración de un Estatuto que contuviera la organización legislativa, ejecutiva y judicial básica de las zonas occidentales y que tendría por nombre Ley Fundamental. El texto sería adoptado por un Consejo parlamentario compuesto por las personas designadas por los parlamentos de los territorios. El 22 de julio de 1948 se acordó que el 1 de septiembre se reuniría el citado Consejo parlamentario y se aceptó que antes una comisión de expertos desbrozara su trabajo. A propuesta del presidente bávaro se seleccionó como lugar de encuentro un largo cercano a Múnich, el Chiemsee.
Sosa Wagner subraya como los disgustos y sinsabores que Schmid vivió a lo largo de todas estas negociaciones trajeron para él un premio, pues pudo acudir primero al Chiemsee como experto iuspublicista y después participar como miembro político en el Consejo parlamentario. Esta doble participación -subraya Sosa- le convirtió “en uno de los padres más cualificados de la Ley Fundamental de Bonn y es como aparece realzado en esta pequeña obra”.
En Chiemsee se elaboró un proyecto articulado que sería el presentado ante el Consejo parlamentario. Schmid fue uno de los principales protagonistas de aquel cónclave. Sostuvo que el Reich alemán no había desaparecido y defendió la existencia de un pueblo con soberanía que solo podía ser ejercida en una parte del territorio y de una forma limitada derivada de la ocupación. Ello implicaba la inexistencia, por ejemplo, de atribuciones para definir una política exterior o de defensa propia. Esa parte de soberanía que subsistía no era suficiente para constituir un Estado, pero sí algo que se le pareciera bastante a un fragmento de Estado según la expresión del Jellinek. El mayor oponente de Schmid en esos debates fue Anton Pfeiffer, ministro bávaro anfitrión y presidente elegido por los allí los reunidos, que defendió una solución confederal para Alemania. Como no existía un pueblo alemán había que aceptar que solo los länder eran sujetos de Derecho capaces de crear una nueva comunidad federal que debiera llamarse Federación de los Länders alemanes. Está posición resultó finalmente minoritaria, pero contó con el aval de uno de los grandes de Weimar: Hans Nawiasky.
En la elaboración del Preámbulo la pluma de Schmid se impuso y quedó claro que se trataba de un texto provisional concebido para el territorio de los länders occidentales pero abierto a recibir a la parte ausente de Alemania. Schmid defendió -sin éxito- que el Senado estuviera compuesto por miembros elegidos por los parlamentos de los territorios y “con autoridad para conformar por su independencia y excelencia una especie de nobleza política”. Esta propuesta de Schmid -subraya Sosa Wagner- revela un rasgo determinante de su personalidad: “la del político elitista que creía en el poder de una aristocracia capaz de enriquecer el funcionamiento del Estado”. En lo que sí tuvo éxito fue en introducir el voto censura constructivo que ya había conseguido incluir previamente en las constituciones de Württemberg. Sobre todos los expertos sobrevolaba el fantasma de Weimar y la forma caótica e irresponsable con que se derribaron sus sucesivos gobiernos. Por ello todos aceptaron que el parlamento solo podía retirar la confianza al canciller si previamente había elegido a su sucesor.
Schmid fue uno de los 65 miembros del Consejo parlamentario elegido por el Parlamento de Württemberg-Hohenzollern. Integrado por 61 hombres y 4 mujeres (dos del SPD, una de la CDU y otra del centro), 27 pertenecían a la Democracia Cristiana, 27 a la socialdemocracia, los liberales tenían 5, dos el comunista, dos el partido alemán de derechas y dos el centro, el viejo partido católico (a quienes hay que añadir 5 parlamentarios procedentes de Berlín sin derecho a voto). Aunque en sus memorias nada dice de ello, Sosa Wagner nos recuerda que esta elección fue el resultado de un acuerdo, porque al Partido Socialdemócrata no le correspondía ningún representante en ese parlamento. Sin embargo, la Unión cristianodemócrata entendió que la presencia de Schmid era fundamental y por ello cedió uno de sus puestos al SPD (es decir, a Schmid) a cambio de que el SPD hiciera lo propio con la CDU en Hamburgo.
Entre los nombres relevantes de los miembros de aquel Consejo cabe destacar dos: Konrad Adenauer y Carlo Schmid. Ambos llevaron el peso de las negociaciones en las sucesivas redacciones del texto con los aliados, con los partidos y con los länder. En sus memorias Adenauer siempre se refiere a nuestro autor como “el profesor Carlo Schmid” y reconoce que como presidente de la comisión principal “participó de forma determinante en la redacción de los artículos”. Añade que a todos les guiaba al principio fundamental de aprender de los errores de Weimar. Sosa subraya que allí se pronunciaron discursos de gran altura, especialmente en relación con el preámbulo, cargado de una fuerte polémica y que tuvo mucho eco sobre la opinión pública. ¿Se estaba construyendo un estado cristiano o un estado secular? Schmid tenía claro el carácter laico del Estado, pero se ocupó de llevar a Dios al preámbulo al admitir que “el pueblo alemán con la conciencia clara de su responsabilidad ante Dios y los hombres se dota de esta ley fundamental porque está impregnado del deseo de asegurar su unidad nacional y estatal y de servir como miembro con plenos derechos a una Europa unida y a la paz del mundo”. Sosa nos recuerda que para Schmid ese Dios sería el que cada ciudadano entendiera por tal (el que le hubieran enseñado en la escuela o el gran arquitecto del universo); de ahí que la fórmula tuviera gran éxito. Más relevancia atribuyó Schmid al concepto de la dignidad de la persona, en virtud del cual cada uno debe respetar la libertad del prójimo y conducir su vida de forma que nunca dañe la de los demás. En ese proceso complejo de alumbramiento del texto fundamental de Bonn Carlo Schmid destacó en sus discursos, acudiendo en ellos a citas cultas, ofreciendo auténticas explicaciones de cátedra y en la exposición de sus concepciones.
Schmid y Adenauer compartían una idea fundamental: la importancia de asegurar la vinculación de la nueva Alemania al mundo occidental. Ello llevó a Schmid a adherirse al movimiento europeo y a enfrentarse a sus compañeros del SPD. Apostó desde un primer momento por una Europa federal, no por una simple organización para coordinar los intereses nacionales, porque comprendió que el tiempo del Estado nacional estaba superado: “Si Europa -dijo en uno de sus discursos- quiere cumplir las funciones que debe cumplir, si los pueblos europeos no quieren destruirse, entonces no basta con un órgano que coordiné los intereses nacionales, sino que se necesita una verdadera unidad económica política y constitucional”. Son ideas -recuerda Sosa- que repetirá una y cien veces, pero no que lograron convencer a sus compañeros para quienes el proyecto europeo, en palabras de Shumacher, era conservador, clerical, capitalista y monopolístico. Schmid fue un dirigente socialdemócrata claramente europeísta y enfrentado a la mayoría. Y en otro ámbito también se distinguió de sus compañeros: Schmid subrayó siempre la necesidad de instaurar estrechas relaciones con las iglesias mientras su jefe de filas calificaba a la Iglesia Católica con gran imprudencia como la quinta fuerza de ocupación Schmid fue durante mucho tiempo el único dirigente socialdemócrata católico.
Conservó su escaño de diputado hasta 1972. Como presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores intentó desarrollar siempre una política cercana a la del canciller Adenauer e instaurar lo que podría llamarse una gran coalición en la política exterior. Tropezó a menudo con el personalismo de Adenauer, siempre reacio a compartir decisiones en este ámbito y con las salidas de tono de su jefe Schumacher. Schmid coincidió en lo básico con el europeísmo declarado y abierto del canciller Adenauer.
En un libro de ágil y muy agradable lectura, Sosa Wagner aborda las múltiples facetas de nuestro autor: “En Bonn tenía tiempo para escribir, para traducir, para leer y releer a Dante, a Hölderlin, a Stefan George, consiguió que se representara una obra de Lope de Vega por él traducida. Todo ello, al tiempo que vicepresidía el Bundestag, presidía varias comisiones, entre ellas, la muy importante de Asuntos Exteriores, era miembro activo del partido, habitual ponente de sus reuniones más delicadas, profesor en Tubinga (seis horas en coche para llegar a clase). Un volcán ciertamente era este hombre con una salud quebradiza por su obesidad, por su afición al tabaco y al alcohol, por sus viajes constantes por Alemania y el extranjero (Estados Unidos, Rusia, Israel, etc.)… nadie sabía cómo se las arreglaba”. Schmid fue un político singular y excepcional. No fue un hombre de partido. Siempre se dedicó a desarrollar su idea según la cual el Partido Socialdemócrata como partido no debía preocuparse por tener una concepción general de la vida sino ocuparse de las reformas concretas a proponer a la sociedad alemana. Sosa destaca como Schmid se dedicó a estudiar a Lasalle, sobre el que escribió lúcidas páginas para coincidir con él no solo como político sino como persona. Schmid se resistió a juzgar los acontecimientos con una mirada binaria de derecha a izquierda. Por ello sintió una gran decepción cuando De Gaulle cerró la puerta de la Comunidad Europea a la Gran Bretaña. Sentía una gran admiración por De Gaulle -que compartía con Willy Brandt- y que indignaba a sus compañeros socialdemócratas. Para Schmid -y llevaba toda la razón- De Gaulle fue un gran modernizador de su país. Sus ideas sobre la educación y la universidad eran muy lúcidas y provocadoras y tampoco encontraban eco en el SPD. Quien no es mortificado en clase no aprende, decía, y era calificado de reaccionario. “Siendo como era un enemigo de los privilegios de clase en la sociedad -subraya Sosa- para él tenía prioridad la formación elitista sobre la igualdad social demócrata. Criticaba el énfasis que se ponían a aprender únicamente cosas útiles y despreciar por ejemplo las lenguas clásicas y los saberes inútiles”.
Su relación con Willy Brandt fue buena. Schmid se alegraba de que entre las novedades impuestas por aquel se hallara el interés por trabar estrechas relaciones con las grandes corporaciones, con las iglesias y con los círculos de intelectuales y científicos tal y como él llevaba años preconizando. Cuando en 1966 se forma la primera gran coalición con Kiesinger como canciller y Brandt como vicecanciller y ministro de Asuntos Exteriores, Schmid fue nombrado ministro “para los asuntos del Bundesrat”: “Con 70 años recién cumplidos -advierte Sosa- era un triste empleo para quien tanto había significado”. Mayor satisfacción le reportó la concesión al año siguiente -en la famosa Paulskirche de Frankfurt- del premio Goethe. Sosa subraya cómo siendo ministro continuaba dando clases en Frankfurt sin cobrar. En noviembre de 1967 minorías radicales boicotearon su clase. Schmid se resistió e intentó impartir algo parecido a una clase, pero sus palabras apenas se pudieron oír. Aquel suceso le llevó a reflexionar sobre su papel en una universidad que ya no entendía, que se deslizaba por una pendiente de democratización que suponía establecer la paridad entre catedráticos, ayudantes y alumnos. A él le horrorizaba la supresión del principio jerárquico y por supuesto le parecía oír hablar en chino cuando se defendía “el necesario ocaso de los catedráticos”. Compartió con su amigo Helmut Schmidt el temor de que en Alemania se extendiera una democracia callejera que tanto les recordaba a ambos lo vivido en los años treinta. Sospechaban con razón que tras aquellas agitaciones se hallaba el apoyo económico de la RDA.
El 3 de diciembre de 1979 -el día que cumplió los 85 años- participó en el Congreso del SPD en Berlín. Todos los delegados se pusieron en pie cuando entró en la sala y le prodigaron un largo aplauso. Falleció una semana después (el 11 de diciembre). Se le rindieron homenajes oficiales y a sus exequias asistieron las máximas autoridades del Estado que el contribuyó decisivamente a levantar. Está enterrado en la Ciudad Universitaria de Tubinga.
La lectura de esta breve pero enjundiosa obra de Sosa Wagner nos permite descubrir a un jurista y político excepcional, el profesor Carlo Schmid: padre de la Ley Fundamental de Bonn (por partida doble), artífice de la democracia alemana, defensor de una Europa Federal, humanista y socialdemócrata. Y la ágil pluma de Sosa Wagner nos describe también magistralmente el complejo y convulso contexto histórico al que Schmid tuvo que enfrentarse y que es el que le permitió, a su vez, destacar como uno de los más cualificados hombres de Estado de la Europa del siglo XX.